Hay una frase que se repite como si fuera un escudo, como si solo decirla bastara para que se cumpla: “con los niños no”. Pero lo ocurrido este 1 de septiembre en Atizapán de Zaragoza nos golpea en el alma y nos grita una verdad dolorosa: en México, esa frontera se ha roto hace mucho tiempo, y la violencia no respeta nada, ni la inocencia, ni la ternura, ni la vida de quienes apenas empiezan a vivir.
En el fraccionamiento Grand Viure, un asesino entró a un hogar donde habitaba una familia de clase media alta. Era una tarde que parecía normal pero perdieron la vida Jonathan Meléndez, músico de la banda Camilo Séptimo, su esposa Ana Paula, con cuatro meses de embarazo, una pequeña hija de apenas tres años —una niña que apenas conocía el mundo—, y Aleyda Romero, la joven de 21 años que cuidaba de ellos y era parte de esa familia. También murió la mascota que compartía su hogar. El horror fue total, la crueldad absoluta.
El asesino, socio de Jonathan, llegó sin importarle nada. Iba decidido a matar. No sabemos por qué. No creo que exista motivo alguno para cometer esa masacre. Se dice que fue por dinero, pero ninguna cantidad, por grande que sea, justifica el crimen.
Entre tanta desolación, hay un acto de valentía y amor que nos parte el corazón: Aleyda, al darse cuenta del peligro, ordenó al niño de seis años que se escondiera, que guardara silencio, que no saliera.
Salió de la habitación y fue asesinada. Literal, dio su vida por salvar al pequeño.
Horas después, las autoridades lo encontraron allí, solo, escondido, rodeado del silencio más terrible: él fue el único que quedó con vida. Un niño de seis años, que hoy ya no tiene a nadie. Huérfano de golpe, víctima de una violencia que no le pertenecía pero que le robó todo.
El asesinato de Atizapan es solo una muestra de una realidad que vivimos a diario: en México, la violencia está arrebatando la vida a niños y niñas, y está dejando huérfanos a miles de ellos. Cada día, en cualquier rincón del país, hay familias que se desmoronan: hijos e hijas que pierden a sus madres, a sus padres, a sus abuelos, a quienes los cuidaban, simplemente por estar en el lugar equivocado, por vivir en cierta zona, o porque la delincuencia y la impunidad han tomado el control. No importa si son personas conocidas o anónimas, si viven en zonas populares o en fraccionamientos cerrados: la muerte no hace distinciones, y deja a su paso a menores que cargan con el dolor, la soledad y la marca imborrable de haber visto lo que ningún ser humano debería presenciar.
Cientos de niños y niñas se quedan sin hogar, sin el amor de quienes más los amaron, con un futuro incierto.
Crecen con miedo, con rabia o con la tristeza de saber que el mundo no es seguro.
A Jonathan, Ana Paula, su hijita, Aleyda y a toda su familia: nuestro recuerdo y nuestra indignación. Al niño que sobrevivió, y a todos los niños y niñas huérfanos por la violencia en México les debemos justicia, les debemos seguridad, les debemos un país donde de verdad, con los niños no se meta nadie. Esa es la deuda más grande que tenemos pendiente.




