Si partimos de una premisa básica, fundamental incluso, que consiste en el hartazgo que siente la población mexicana en general respecto de la demagogia de los políticos y sobre el predominio de la retórica en el ambiente nacional de los últimos años, podremos empezar a entender qué tipo de oposición necesitamos construir para encontrar ese equilibrio de fuerzas.
O quizá, como un amplio sector también lo desea, con ese anhelado viraje al centro progresismo o a la derecha moderada, tras este pronunciado letargo al que nos trajo la izquierda radical hecha gobierno, en sus casi ocho años de desempeño propedéutico en el poder y en algunos de sus rubros, de franco aprendizaje.
No, la población no disfruta del encono entre representantes de corrientes políticas o institutos políticos con registro o sin él; la gente común no se solaza con el pleito permanente entre protagonistas, porque sabe que en el fondo, son posturas tendientes a la búsqueda o a la conservación del “hueso”; actitudes propicias para la persecución del beneficio personal; para departir con otros ese privilegio discrecional que otorga el poder a los muy pocos convocados al reparto del botín público recaudado por obra y gracia de la legalización del despojo de ese porcentaje que da sentido a la existencia del Estado: el impuesto.
Los mexicanos, estamos francamente hartos, de que los partidos políticos sin excepción, se asuman como los “dueños” de la nación y de la narrativa y los argumentos mismos de sus ciudadanos.
De que sus discursos y sus propias discusiones en el parlamento y en general que ventilan en los medios de difusión masiva, sean todo, menos los que contengan la esencia misma del interés de la población.
La población mexicana está cansada de escuchar reproches absurdos sobre la naturaleza de una fuerza política que descalifica a la otra por resabios del pasado, por su condición de ser “de izquierda o de derecha” o por prejuicios entre ellas, algunos de los cuales nos podrían ayudar a deducir incluso que son una extensión del complejo de inferioridad (o superioridad, según sea) en el que fueron educados en sus hogares paternos, esos actores de la política de nuestro país.
Como bien lo citó recientemente Enrique Krauze, “un país dividido no puede avanzar […] es imperativo dejar atrás las descalificaciones internas para reconstruir el tejido social. […] se necesita construir un gobierno de unidad, para superar la polarización y el crimen organizado […] el objetivo de un gobierno de unidad debe ser representar la pluralidad de todos los mexicanos bajo un mismo propósito democrático”.
Y es que uno de los más reprochables saldos que deja hasta hoy la secuela de la 4T, es ese ambiente de encono y enfrentamiento permanente entre hermanos que nos deja a los mexicanos y que fueron construidos pacientemente a lo largo de sus ocho años de repetir incansablemente todos los días en cadena nacional, frases que nos dividen y profundizan las de por sí históricas diferencias (o diversidades) que como país tenemos.
Nos urge en este país, empezar a transitar de vuelta por la senda de la reconciliación nacional.
Por eso, el discurso pronunciado por el senador emecista Luis Donaldo Colosio Riojas, el pasado primero de septiembre, en que formalmente inició el periodo ordinario de sesiones del Congreso mexicano y en que, por mandato constitucional, el Poder Ejecutivo presenta su informe anual de actividades al Poder Legislativo, a fin de que sea revisado y sancionado legalmente, ese día y con esa intervención en tribuna de , aparentemente y de manera simbólica también, podríamos decir que se abrió la temporada de cacería política tras una misteriosa y también reprochable ‘veda declarativa’ en que la oposición habría permanecido muy modosita e inofensiva contra el poder formal ostentado por el gobierno de la 4T a nivel federal y en la mayoría de las entidades del país, así como por su desempeño.
A partir de entonces -ahora sí- vimos a un Luis Donaldo Colosio Riojas por fin echado pa´delante y articulando -sin eufemismos y con claridad de destinatario- con críticas feroces contra el Poder Ejecutivo y sus políticas, pero, sobre todo, contra la figura -en el plano casi personal- de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.
Y antes, ¿por qué fue tan parco en sus críticas hacia el gobierno en general ¿Acaso fue el consejo malintencionado y cargado de rencor y odio de Dante Delgado Rannauro quien, con su alta dosis de prejuicio hacia los partidos tradicionales y en específico hacia el PRI, que lo sentenció y lo procesó en el pasado a compurgar una pena corporal por supuestos delitos patrimoniales, el que se escuchó en tribuna en ese, por cierto, muy bien articulado discurso pronunciado por el hijo del desaparecido mártir de la democracia de origen sonorense?
Ciertamente, su intervención invita a la reflexión permanente y es, indiscutiblemente, una puntual síntesis de los errores de los últimos dos gobiernos del país.
Pero no es, por mucho, un discurso políticamente inteligente para los fines conducentes a recuperar el aprecio y la preferencia del elector en general.
La gente está más que consciente, que tanto el PRI, como el PAN y ahora en este caso Morena, una vez en el poder, han cometido en general errores del mismo tipo, provocados por la soberbia, la ambición desmedida, la ausencia de honradez como de principios y por la incapacidad profesional como por el desconocimiento de la técnica administrativa.
También el PRI, como el PAN, cometieron una vez investidos de autoridad, errores descomunales provocados por la falta de oficio político y la insensibilidad para las clases populares, a las que precisamente se debían: el aspecto más notable fue que en más de 30 años, el Salario Mínimo Nacional (SMN) resintió un plan de contención para que no se incrementara considerablemente, lo que provocó que una generación entera se sacrificara en sus niveles de consumo y consecuentemente, con una carga superior del trabajo asignado, para poder acopiar los famosos fondos de ‘contingencia económica’ que en menos de ocho años, en lo que va de las dos últimas administraciones, fueron ya dilapidados impunemente, a fin de sostener un sistema de becas y apoyos desordenados, que no tiene reglas de operación y que fueron establecidos con criterios meramente clientelares.
Tuvo ese discurso por cierto de Colosio Riojas, una puntual respuesta de quien fue uno de los hombres más allegados a su padre, hasta el último día de su productiva vida: el hoy gobernador de Sonora, doctor Alfonso Durazo Montaño.
Durazo prácticamente vio nacer a Luis Donaldo hijo; fue confidente de su padre y de su madre en los momentos más álgidos de la lucha por la candidatura presidencial del PRI y durante el desarrollo de la misma, con todos sus ‘avatares’, generados por grupos de opositores internos al interior del exinvencible y del ya para entonces viejo sistema de competencia política.
¿Qué no sabrá Durazo Montaño sobre la personalidad, y las potencialidades, del entonces niño y adolescente Luis Donaldo júnior?, de quien asumió de algún modo la responsabilidad moral de cuidar -al igual que de su hermana Marianita- al suceder el trágico desenlace que los situó en la penosa condición de orfandad.
¿Y qué no sabrá el gobernador Durazo de los anhelos y quizá proyectos profesionales o personales del hoy senador por Nuevo León?
Pues con toda esa autoridad moral que le provee su trato de toda la vida con el primogénito del desaparecido Luis Donaldo Colosio Murrieta, es que el mandatario sonorense, en un propósito enmarcado antes que nada en la moralidad y la buena voluntad, tuvo que salir a dar un mensaje a la opinión pública donde le reprocha a aquel su discurso que ni es inteligente políticamente hablando ni sirve a los propósitos actuales de la democracia en México.
Durazo, en su mensaje, pronunciado desde Hermosillo, le recordó que debe madurar para poder entender la complejidad de un cargo en el Poder Ejecutivo -sea a nivel federal o estatal- al que, por cierto, Colosio Riojas no ha arribado, pues solo ha sido diputado local por un distrito de Nuevo León, alcalde de Monterrey y senador de la República, cargos estos últimos dos, sobre los que Durazo hace consideraciones: “como alcalde dejó muchos pendientes por solventar en el rubro de los servicios públicos municipales y al cargo de senador llegó, no por haber ganado la elección, sino por su condición de mejor perdedor”.
Resulta necesario, dentro del análisis de coyuntura de este incidente político, el dejar asentado que el gobernador Alfonso Durazo -con su mensaje- se deslinda de Luis Donaldo Jr., a quien quiere y aprecia, pero a la vez demuestra que no está detrás de la aspiración de Colosio por Sonora, como algunos trasnochados e influyentes intrigantes de Morena que le temen, ya habían venido esparciendo la especie para afectarlo en términos de su lealtad política con el partido político, de cuyo Consejo Nacional es presidente.
Porque resulta que cada vez que la presidenta Claudia Sheinbaum elogia al gobernador de Sonora en sus conferencias del pueblo (mañaneras) al día siguiente le llueven ataques a Durazo y eso no es casual sino causal.
Por supuesto que Durazo quiere que quien resulte abanderado o abanderada de su partido, sea el triunfador en la elección del año próximo y así se lo ha hecho saber cara a cara al mismísimo hijo de Luis Donaldo Colosio Murrieta, quien fuera su hermano, en términos de fraternidad política.
Por eso, con todo y sus costos, asumió el texto que envió para el conocimiento público nacional y se expuso a la respuesta que Luis Donaldo hijo le envió por conducto de Joaquín López Dóriga diciendo: “de mi futuro me encargo yo (y no Durazo), […] no caeré en provocaciones”.
Así entonces, el mensaje de Durazo Montaño hacia Colosio Riojas es en el sentido de que le reconoce al vástago de Colosio Murrieta, talento, preparación y vocación para la política, solo que aun le falta experiencia y que esta no llega por generación espontánea; hay que adquirirla con la práctica, con los años, con la lucha diaria.
Y mucha razón tiene el mandatario sonorense, pues incluso la experiencia no tiene formas únicas de aparición; a veces llega de repente y a veces tarda en llegar, como el poder mismo llega de forma incierta.
Ahí están los casos de personajes como Keiko Fujimori, quien se convirtió en la primera mujer en llegar al poder en Perú, esta vez en segunda vuelta y por décimos de punto de diferencia frente a Roberto Sánchez, su más cercano competidor, siendo esta la cuarta ocasión en que buscó la presidencia de la nación sudamericana.
¿Y qué decir del caso mexicano más conocido en los últimos tiempos, el de Andrés Manuel López Obrador?
Que hasta en la tercera ocasión en que compitió pudo llegar al poder.
El emecista senador tiene mucha juventud aún para intentar muchas veces su sueño de ser el primer magistrado de la nación.
Y consecuentemente, también mucho tiene qué reflexionar Luis Donaldo júnior en su desenfrenada carrera hacia la presidencia.
Despojarse de la mala influencia del ego y de los arranques febriles de la juventud.
Tener la suficiente madurez y paciencia, para armar un discurso que sea consecuente con el interés de todos los mexicanos: que contribuya a la reconciliación nacional y que tenga, fundamentalmente, propuestas…, no solo descalificaciones.
Como conclusión, al joven senador neolonés, lo que más le conviene es continuar como senador de la República; seguir aprendiendo, madurando y creciendo, de cara al 2030, 2036 y 2042, pues, tiene madera para buscar y lograr la presidencia de la República en alguna de las elecciones de esos años. Porque en estos tiempos, corre el riesgo de sufrir una estruendosa derrota si se empecina en buscar alguna de las dos gubernaturas: la de Nuevo León o la de Sonora.
El tiempo es buen amigo y su inteligencia, que la tiene, debería de orillarlo a la reflexión madura que nos permita de aquí a fin de año, escuchar a un joven que “entró en razón” y dejó de lado la ambición personal y la presión que algunos ejercen sobre él.
@Pequenialdo;
@CalderonHallal1



