China ha construido algo que México comienza a emprender: un sistema nacional de generación de conocimiento científico, tecnológico… y empresarial —entendido este último de una manera muy distinta a la de la clase empresarial mexicana actual, tan poco competitiva y con una nula vocación por la innovación—.
Los datos de Nature Index son contundentes: China ya ocupa el primer lugar mundial en producción científica dentro del conjunto de revistas que mide ese índice, por encima de Estados Unidos. Y en los rankings por disciplinas de Times Higher Education, universidades chinas como Tsinghua y Pekín ya compiten directamente con las grandes instituciones estadounidenses y británicas. Las instituciones de educación superior de China incluso aparecen entre las tres primeras de las clasificaciones en áreas específicas, como la investigación en temas de negocios.
China no ha desplazado a Estados Unidos como centro intelectual del mundo, pero el avance del país asiático es notable. Gracias a políticas de Estado sostenidas durante décadas, China dejó de ser un simple receptor de conocimiento occidental para convertirse en una potencia global en ciencia y tecnología… y en administración de empresas.
México posee instituciones académicas de calidad. La UNAM es, con amplia diferencia, la principal institución científica mexicana en Nature Index. A pesar de sus problemas, la Universidad Nacional es un referente que debe enorgullecernos.
Desde luego, contamos con instituciones extraordinariamente fuertes en otros ámbitos. El Tec de Monterrey, a través de EGADE, destaca internacionalmente en formación empresarial: es la escuela de negocios número uno de América Latina en el QS Global MBA 2026 y ocupa el lugar 56 a nivel mundial.
¿El ITAM? La influencia política que llegaron a tener sus economistas durante los gobiernos del PRI y del PAN no se reflejó en un prestigio académico global.
Durante décadas, el ITAM fue mucho más que una escuela de economía. Llegó a ser la principal puerta de entrada para los economistas que aspiraban a ocupar posiciones estratégicas en el gobierno.
Durante las administraciones del PRI y del PAN, la política económica del país estuvo conducida por egresados de esa institución. Su poder no provenía únicamente de su capacidad académica, sino también de una red de influencia política que en algún momento pareció indestructible.
Pero ocurrió algo fundamental: la 4T derrotó a la tecnocracia.
No ha sido una transformación menor. La izquierda mexicana no derrotó a la economía neoliberal —que sigue siendo académicamente relevante en importantes centros universitarios del mundo—. Lo que la 4T destruyó fue la hegemonía política de una concepción de la economía.
Aquella tecnocracia mexicana asumió que las grandes decisiones nacionales debían quedar reservadas a los expertos en determinadas técnicas: controlar la inflación, decidir el nivel adecuado de deuda, establecer políticas cambiarias, reducir el tamaño del Estado, privatizar empresas públicas y profundizar la apertura comercial.
Todo eso lo hicieron, con mayor o menor éxito, economistas del ITAM que llegaron a dominar buena parte del gobierno federal y que lograron convertir su conocimiento especializado sobre temas económicos en autoridad política.
El problema fue que esa autoridad técnica no se tradujo en bienestar para las mayorías.
Luis Donaldo Colosio lo expresó de manera memorable cuando habló de la necesidad de “traducir las buenas finanzas nacionales, en buenas finanzas familiares”.
La 4T entendió que el modelo económico de los gobiernos del PRI y del PAN no había conseguido hacer realidad esa aspiración. Y, a partir de ahí, cambió las prioridades.
La 4T no rompió con toda la ortodoxia económica. El expresidente Andrés Manuel López Obrador y la presidenta Claudia Sheinbaum han conservado instrumentos útiles de la política económica anterior para mantener la estabilidad macroeconómica. Pero la izquierda en el poder sí cambió las preguntas fundamentales.
Ya no solo importa la eficiencia o el costo de un proyecto. También importa quién recibe los beneficios, qué papel debe desempeñar el Estado —que ha dejado de empequeñecerse— y cómo se distribuye el bienestar.
Y hay ahora un cambio todavía mayor, particularmente con Sheinbaum: apostar no solo al manejo de las variables económicas, sino a la ciencia, de tal manera que el conocimiento termine convirtiéndose en poder empresarial.
Ahí está la gran oportunidad de México.
Lo que sigue es articular fortalezas que durante mucho tiempo han permanecido relativamente aisladas: la UNAM como gran polo científico y de investigación y el Tecnológico de Monterrey como extraordinario formador empresarial.
¿Cómo lograr que ambas capacidades avancen en un mismo rumbo nacional? Creo que podría hacerse mediante ajustes pertinentes al Plan México y con la participación de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación, que encabeza una científica de primer nivel, Rosaura Ruiz.
La 4T destruyó la hegemonía de la tecnocracia económica para redefinir la función del conocimiento en el desarrollo nacional.
La creación de la Secretaría de Ciencia, así como la articulación del Clúster Nacional de Cómputo de Alto Rendimiento e Inteligencia Artificial y proyectos estratégicos en supercómputo, como Coatlicue, y semiconductores, como Kutsari, muestran una apuesta explícita por fortalecer las capacidades científicas y tecnológicas de México. Es el camino correcto.
La tecnocracia del PRI y del PAN utilizaba una determinada visión de la economía como fuente privilegiada de autoridad para gobernar. Eso ya no ocurre.
El proyecto de Sheinbaum busca que la ciencia y la tecnología se conviertan en capacidades estratégicas del Estado.
Hay instituciones para apoyar esa tarea, además de la UNAM: el IPN, el Cinvestav, algunas universidades estatales y los centros públicos de investigación. Pero hay que decir las cosas como son: la inspiración y la guía deben provenir, por una parte, de la Universidad Nacional, que realiza muy buenas cosas relacionadas con la generación de nuevo conocimiento, y, por otra, de la excelencia en formación empresarial de una universidad privada como el Tec de Monterrey.
Nunca ha sido mala idea acercar la ciencia a la ambición por acumular riquezas de los hombres y las mujeres de negocios. Cuando la ciencia se encuentra con el capital, el talento empresarial y un Estado que sabe hacia dónde quiere llevar al país, el conocimiento es desarrollo y bienestar para las mayorías.



