Cada vez que se publica un dato económico en México la conversación se divide en dos bandos: el que aplaude sin leer la cifra completa y el que descalifica sin leer la cifra completa. Ninguno de los dos ayuda demasiado. En un país donde las decisiones de inversión, de política pública y de estrategia de comunicación dependen de entender bien los números, conviene detenerse un momento y ver qué dicen realmente el INEGI, el Banco de México y Hacienda sobre el primer tramo económico del gobierno de Claudia Sheinbaum.
Con esa vara comparto cinco datos que explican por qué la economía mexicana cierra el primer semestre de 2026 con una historia más sólida de la que muchos analistas anticipaban en enero, sin dejar fuera los focos rojos que el propio gobierno tendrá que atender.
1. El PIB se recuperó con el mejor trimestre en casi seis años
Después de contraerse 0.6% en el primer trimestre de 2026, la economía dio un giro: el INEGI reportó un avance de 1.5% trimestral entre abril y junio, el mejor resultado desde finales de 2020, y arriba del 1.3% que esperaba el consenso de analistas consultados por Reuters. A tasa anual el PIB creció 2.1%, con lo que el semestre cerró en 1.2% frente al mismo periodo de 2025. El motor fue el campo y la minería, con un salto de 3.3% trimestral impulsado también por el alza del oro y la plata, seguido de los servicios con 1.5%. La industria avanzó más despacio, 1.6%. Recuperación real, aunque todavía pareja para unos sectores y no para otros.
2. La inflación volvió a portarse dentro del rango que persigue Banxico
Hace apenas unos años, en 2022, la inflación anual llegó a tocar 8.7%, su nivel más alto en dos décadas. Hoy la historia es distinta: en la primera quincena de agosto de 2026 se ubicó en 3.26% anual, dentro del rango de 2% a 4% que vigila el Banco de México. La inflación subyacente, la que mejor anticipa hacia dónde va la tendencia, quedó en 3.93%, con una ligera moderación. Eso ha dejado a Banxico cómodo para sostener su tasa en 6.50% sin necesidad de nuevos apretones, aunque productos puntuales como el huevo, la cebolla y los servicios de hospedaje siguen presionando el bolsillo y merecen seguirse de cerca.
3. El peso vive su mejor racha frente al dólar desde 2024
El apodo de “superpeso” no nació de un spot de campaña, nació del mercado.
La moneda cerró cerca de 17 pesos por dólar a mediados de agosto de 2026, su nivel más fuerte desde febrero, y acumula una apreciación cercana a 9% desde junio de 2024, cuando rondaba los 18.65 pesos. Buena parte del fenómeno responde a factores externos, sobre todo a un dólar debilitado por las expectativas sobre la Reserva Federal, pero también pesa el diferencial de tasas que ofrece Banxico y la confianza relativa que siguen mostrando los flujos hacia activos mexicanos.
4. La deuda pública redujo su exposición al tipo de cambio a un mínimo histórico
Este es el dato que menos se comenta y probablemente el más relevante para quien analiza riesgo país. Según cifras de la SHCP, en abril de 2026 solo 21.7% de la deuda pública total estaba denominada en moneda extranjera, contra 78.3% en pesos, el nivel más bajo del que se tenga registro y una mejora frente al 21.9% de cierre de 2025.
En paralelo, la deuda externa bruta del sector público como proporción del PIB bajó de 13.4% a 12.2% durante 2025, de acuerdo con el Centro de Estudios de las Finanzas Públicas. Una deuda menos atada al dólar significa menos vulnerabilidad si el peso llegara a depreciarse con fuerza, algo que las calificadoras vigilan de cerca.
5. Mejoraron las expectativas de empleo formal
La más reciente encuesta de especialistas del IMEF ajustó al alza su estimación de generación de empleo formal para 2026, de 262,847 a 275,000 plazas nuevas registradas ante el IMSS, y proyecta 339,000 para 2027. Es un ajuste moderado, pero va en la dirección correcta y coincide con el repunte de actividad del segundo trimestre.
Lo que todavía falta resolver
Una lectura honesta no se queda solo con las buenas noticias. Los Requerimientos Financieros del Sector Público, que es la medida más amplia de la deuda, rondan entre 52.3% y 52.6% del PIB, por encima de lo que se había proyectado originalmente, y el déficit público se estima en 4.0% del PIB para 2026.
El crecimiento sigue dependiendo demasiado del campo y de precios internacionales de metales, factores que México no controla, mientras la industria manufacturera, motor histórico del empleo, avanza a paso más lento. A eso se suma la incertidumbre arancelaria con Estados Unidos y la posibilidad, que ya advirtió el FMI, de que el crecimiento anual termine más cerca de 1.2% que del 2.3% que proyecta Hacienda. La apuesta del gobierno para el segundo semestre, acelerar la obra pública y el programa Vivienda para el Bienestar como motor de construcción y empleo, suena bien en el papel. El resultado dependerá de qué tan bien se ejecute, no de qué tan bien se anuncie.
Ninguna de estas cinco cifras alcanza, por sí sola, para calificar el desempeño de un gobierno. Pero juntas cuentan algo poco frecuente en el debate económico mexicano: una economía que se recupera con inflación controlada, moneda fuerte y menos riesgo cambiario en su deuda, sin que eso borre los desequilibrios fiscales ni la dependencia sectorial que siguen ahí. Reconocer lo primero sin taparse los ojos ante lo segundo es, me parece, el tipo de análisis que hoy le hace falta a la conversación pública en México: menos consigna y más lectura de mediano plazo.
Con todo y los pendientes, el manejo macroeconómico de Claudia Sheinbaum y de su gabinete hacendario y financiero ha sido, hasta este punto, ordenado y consistente, y eso se nota en los indicadores que de verdad mueven decisiones de inversión.
En un entorno global donde el capital busca certidumbre antes que discursos, México llega con inflación bajo control, moneda fuerte y una deuda mejor administrada, condiciones que lo colocan como uno de los destinos más codiciados para la inversión productiva y como una pieza cada vez más relevante en el tablero geopolítico internacional. Ese es, en el fondo, el mérito que hay que reconocer con nombre y apellido: sostener el rumbo económico sin perder de vista lo que todavía falta por resolver.
Ana Paola Migoya es especialista en asuntos públicos, análisis legislativo y comunicación estratégica.





