Sobre esta columna de SDPNoticias, “Una caída termina con el sueño de Pogačar en la Vuelta”, reflexiono acerca de la relatividad de la victoria. Específicamente sobre poderosísimos ejércitos, imperios invencibles y héroes imbatibles que de pronto se derrumbaron por sencillas circunstancias de la vida: un descuido, el azar, la fragilidad del cuerpo, una tormenta, una enfermedad o un accidente bobo.
Una vuelta ciclista de tres semanas —tan comparable a la lucha política— mostró nuevamente su rostro más cruel. Tadej Pogačar, vestido de líder y encaminado a conquistar la Vuelta a España, tuvo que abandonar después de una fuerte caída en la octava etapa.
A 32 kilómetros de la meta, en una recta que no representaba mayores dificultades y en una carretera suficientemente amplia, el esloveno se confió, se descuidó y terminó contra el asfalto, golpeándose fuertemente el rostro y el hombro izquierdo. Debe haber sufrido al menos una fractura de clavícula. Todo su equipo, el UAE Team Emirates, se detuvo para auxiliar y esperar a su líder, pero continuar ya no era posible.
El abandono termina, por ahora, con la posibilidad de que Pogačar entrara al selecto grupo de campeones de las tres Grandes Vueltas: Giro de Italia, Tour de Francia y Vuelta a España.
Pogačar, considerado el mejor ciclista de la historia, ya había ganado el Giro de Italia y varias veces el Tour de Francia. Le faltaba la Vuelta a España, y la iba a ganar de una manera que pocos han conseguido: como líder de la primera a la última etapa. Nadie parecía capaz de quitarle ese liderato. Nadie, en efecto: era imposible que Pogačar perdiera.
Pero le quitaron el liderato.
No se lo quitó otro ciclista. Se lo quitó la Tyche, el azar, que termina siendo, como sabían los griegos antiguos, a veces el único factor capaz de destruir al absolutamente poderoso.
Pogačar iba encaminado, además, a superar cualquier récord de victorias en el Tour de Francia. Todavía podría lograrlo, desde luego, pero el golpe sufrido en la Vuelta podría tener consecuencias que lo impidieran. No conozco la gravedad de sus lesiones ni cuánto tiempo necesitará para recuperarse. En el deporte de alto rendimiento, sobre todo en el más exigente conocido, el ciclismo por etapas, interrumpir el entrenamiento por lesión puede destruir la carrera del más impresionante campeón. El colombiano Egan Bernal no volvió a ser el súper corredor que era después de un accidente. Y hay más casos así.
La preocupación va más allá de la Vuelta. El próximo 27 de septiembre está programado el Campeonato del Mundo de Montreal y queda menos de un mes para recuperarse. Técnicamente, no será suficiente con volver a pedalear. Pogačar necesitaría un milagro para soportar las máximas intensidades que exige un Mundial. Esto podría favorecer al mexicano Isaac “Torito” del Toro, pero…
Lo cierto es que la fatalidad en el ciclismo no distingue jerarquías. Existe una vieja sentencia: hay dos tipos de ciclistas, los que se caen y los que se volverán a caer. Esta vez le tocó al mejor.
Quizá Pogačar fue arrogante: como tenía tanta ventaja faltando dos semanas para terminar la Vuelta, y ya nadie podía superarlo, se confió. Y se vino abajo en una etapa plana, en una situación en la que nadie esperaba que pudiera ocurrir algo así.
El exceso de confianza es primo hermano de la hubris, la enfermedad del poder, la enfermedad del arrogante que cree que todo lo puede.
Y aquí es donde la historia de Pogačar debe ser analizada por las dos mujeres que dirigen Morena: formalmente, la líder del partido, Ariadna Montiel, y en la realidad la presidenta de México, Claudia Sheinbaum.
La historia universal está llena de capítulos en los que imperios invencibles, ejércitos colosales o héroes insuperables cayeron en un instante, no siempre por virtudes del enemigo: muchas veces simple y sencillamente porque la vida castiga al arrogante que se confía.
Aquiles no cayó porque otro guerrero fuera más poderoso que él, sino por una flecha que encontró su único punto débil: el talón.
Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, murió durante la Tercera Cruzada, en 1190, al estúpidamente ahogarse en un río, lo que desmoralizó a su ejército.
La arrogancia lleva a ignorar o menospreciar los efectos impredecibles de otras de esas circunstancias de la vida.
La flota mongola de Kublai Kan inexorablemente iba a conquistar Japón en el siglo XIII, pero fue destruida por tifones. Los japoneses bautizaron a esos vientos: kamikaze, el “viento divino”. La derrota de alguien siempre es la victoria de alguien más.
Y está la española Armada Invencible de Felipe II. Las tempestades fueron decisivas en su desastre frente a la flota inglesa.
Y cómo olvidar a Napoleón. Su Grande Armée fue derrotada por malas previsiones en Rusia en 1812. No calculó el frío, el hambre, las enfermedades, la falta de suministros.
Los griegos eran sabios. Entendían que la Tyche —la fortuna, el azar— puede cambiar de pronto el destino de personas extraordinarias, ciudades maravillosas, ejércitos bien disciplinados e imperios inextinguibles.
Y además de la Tyche está la hubris: la soberbia de quien ha acumulado demasiado poder y se convence de que, a pesar de sus excesos y errores, jamás puede ser derrotado.
Por eso veo en la caída de Pogačar una lección para Morena. El partido de izquierda, como el ciclista esloveno antes de su caída, es una fuerza extraordinariamente dominante. Ha ganado prácticamente todas sus elecciones, controla la presidencia de México, tiene una enorme presencia en el Congreso y gobierna buena parte de los estados. Puede el morenismo caer en la falta grave de pensar que nadie puede quitarle el liderato.
Ahí está el peligro.
Ningún grupo político tiene garantizada la victoria. Hasta la elección más sencilla puede complicarse. Una decisión menor puede producir consecuencias enormes. Un conflicto interno, un error, un exceso de confianza, una candidatura inadecuada por corrupta o incompetente, o cualquier circunstancia completamente ajena a los cálculos de los dirigentes puede alterarlo todo.
Hay aquí una lección para Morena y tendrán que entenderla sus dirigentes. No porque Morena esté a punto de caer. No estoy diciendo eso. La Tyche no milita en ningún partido, no es gobierno ni oposición y no necesita ni ganar ni perder una elección. Simplemente aparece.
Ese es el problema del poderoso que se enferma de hubris: llega a creer que todo depende de su fuerza, cuando la historia demuestra una y otra vez que también depende del azar y de errores producto de la arrogancia.
A Morena, que tiene por delante retos muy complicados en 2027, le convendría no olvidarlo.



