“No hay documento de cultura que no sea también documento de barbarie”.
Walter Benjamin
“Una sociedad que tolera la violencia contra las mujeres se destruye a sí misma”.
Simone de Beauvoir
En vísperas del 8M podríamos hacer muchas cosas: recuentos, denuncias, memoriales. Enumerar nombres. Recordar historias. Volver a decir lo evidente. Lo que no se puede —o no se debería— es celebrar bajo la zozobra de que las estudiantes están siendo asesinadas.
El año pasado más de 5 mil mujeres fueron asesinadas en México, según cifras oficiales. De ellas, apenas 597 fueron clasificadas como feminicidios. La diferencia no es estadística. Es política. Porque cuando una mujer asesinada deja de ser feminicidio en el papel, el problema también desaparece un poco del discurso oficial.
En promedio, más de diez mujeres fueron asesinadas cada día en México el año pasado si se suman homicidios dolosos y feminicidios, de acuerdo con estimaciones citadas por organismos internacionales.
Pero para eso existe un truco administrativo muy útil: que cada estado clasifique como quiera. Así, un feminicidio en potencia puede convertirse en homicidio simple por obra y gracia de la burocracia penal. Menos feminicidios reportados. Menos presión política. Menos escándalo. Una pequeña magia estadística.
Hay que ser particularmente miserable para negarle incluso el nombre correcto al asesinato de una mujer. Y sin embargo ocurre.
Porque de poco sirve que se repita que vivimos en un “gobierno feminista”. De poco sirve que la presidenta sea mujer. De poco sirve que el gabinete esté lleno de mujeres. En la era de la 4T sigue habiendo mujeres de primera y mujeres de segunda.
Las primeras ocupan cargos. Las segundas ocupan las cifras.
Basta ver escenas que describen mejor que cualquier discurso el nivel de trivialización del poder. La diputada local capitalina Diana Sánchez Barrios apareció votando de manera remota en sesión legislativa mientras era peinada en un salón de belleza. Una metáfora perfecta del momento político: las instituciones funcionando al nivel mínimo y en piloto automático mientras el país se arregla el peinado.
A la par, el exfutbolista y actual diputado Cuauhtémoc Blanco se ha indignado públicamente por ser llamado violento y promueve iniciativas para limitar cómo pueden referirse a los hombres. El problema, al parecer, no es la violencia. Es la palabra “violento”. Vaya.
El año pasado 11 madres buscadoras fueron asesinadas. Desde 2010 suman 35. Mujeres asesinadas por buscar a sus hijos.
En México cualquier mujer puede ser asesinada simplemente por ser mujer. Pero incluso frente a esa barbarie, la maquinaria burocrática insiste en administrar las cifras con parsimonia contable.
El caso de Morelos es ejemplar. Es una de las entidades con mayores índices de violencia feminicida y también de violencia familiar. Pero la opacidad en la clasificación de delitos es tal que ni siquiera hay cifras claras. Para 2025, la Comisión Independiente de Derechos Humanos de Morelos estimó 121 feminicidios. La Fiscalía estatal reportó 38. La diferencia entre ambas cifras no es un error técnico. Es un abismo político.
Los feminicidios recientes de Karol Gómez y Kimberly Ramos Beltrán, estudiantes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, se suman a nombres que ya forman parte del triste catálogo nacional: Debanhi Escobar, Fernanda López Díaz, Camila Gómez Ortega. Cada nombre es una historia. Pero también es un patrón.
Porque el feminicidio nunca es un hecho aislado. Es el último escalón de una cadena de violencias previas: amenazas, golpes, control, desprecio, impunidad. El feminicidio ocurre cuando todas las alarmas previas del sistema ya fallaron. O peor: cuando nunca existieron.
Por eso el 8M en México tiene algo de ironía trágica. Mientras las autoridades blindan Palacio Nacional con vallas metálicas, el discurso oficial insiste en que todo se hace para evitar confrontaciones.
Pero las vallas no detienen feminicidios. Las vallas solo detienen a las manifestantes.
En México hoy hay dos feminismos. El feminismo del poder, que se pronuncia en discursos y se imprime en propaganda. Y el feminismo de las mujeres reales, que marchan porque saben que en este país cualquiera puede ser la próxima Kimberly, la próxima Karol o la próxima Karen.
El primero vive cómodo detrás de las vallas de Palacio Nacional. El segundo camina todos los días por un país donde ser mujer sigue siendo una sentencia de riesgo.
Giros de la perinola
(1) En México, el feminismo oficial funciona como esas campañas de responsabilidad social corporativa que las empresas lanzan mientras contaminan el río. El discurso es impecable. La propaganda es constante. Los resultados, devastadores.
Si este fuera realmente un régimen feminista, las mujeres no serían estadísticas que se negocian en las fiscalías. Serían prioridad de Estado.
(2) En círculos de seguridad se comenta algo inquietante: mientras el gobierno presume paridad y discurso feminista, las unidades especializadas en investigación de feminicidios siguen siendo de las áreas peor financiadas y con menor personal en varias fiscalías estatales.
La narrativa política avanza. La capacidad institucional, no.





