Esto escribo en mi libro “Constancia de percepciones”, de próxima publicación: Ser docente es generar actos humanos para compartir, intercambiar, sugerir experiencias, abrir saberes, fomentar inquietudes, despertar retos, inspirar curiosidades y reconocer incertidumbres. Provocar desafíos, formular preguntas, elaborar relatos, aventurar hipótesis, animar “innovaciones”, realizar observaciones oportunas, imaginar, lanzar críticas con información y argumentos.
Esta noble vocación de ser maestra o maestro es algo más que una profesión: Es una actitud ante la vida; es predicar con el ejemplo y ser humilde; es resaltar y ejercer el compañerismo, la fraternidad; es construir democracia en ese pedacito de patria que es el aula, la escuela, el plantel.
Ser docente es compromiso, razón y sensación; es imaginar, planificar y poner en acción; caminar a un lado de las y los estudiantes; es usar camisas arremangadas, el pantalón de mezclilla o la bata; es un trabajo que no se reduce a la tarea de informar o transmitir mensajes, porque la docencia es construcción colectiva de conocimientos y saberes. Por eso, la inteligencia artificial (I.A.), es decir, el ejército virtual de robots cognitivos no sustituyen ni sustituirán a las y los maestros.
La enseñanza es formar la personalidad; constituir, co-construir y reconstruir al ser humano. Esa es la razón y la naturaleza de “lo educativo”, porque va más allá de los aprendizajes escolares; porque es una labor formativa y autoformativa, más amplia, integral, subjetiva y profundo.
Ser docente es aceptar las reglas del juego y sugerir cambios. Reconocer la derrota en el juego limpio, pero ser asertivo y firme cuando el juego no es limpio ni transparente. Ser docente es acción para contradecir y proponer; es acto de disidencia y de congruencia; es revolucionar las conciencias y dialogar con las utopías; es lectura en voz alta y actuar o dramatizar con los personajes; es leer y escribir todos los días y a todas horas.
Como trabajadoras y trabajadores de la educación, la maestra y el maestro están llamados a estudiar, comprender e intervenir en los procesos de enseñanza y aprendizajes escolares; a planificar y organizar los procesos formativos; a revisar y seleccionar los ambientes y materiales didácticos adecuados para potencializar los aprendizajes; a dialogar, proponer y realizar procesos de evaluación formativos, no para controlar ni para “etiquetar”, sino para crecer y aprender; en fin, estamos llamados a escuchar y comprender las necesidades y demandas de las y los estudiantes.
Hasta aquí los fragmentos del libro. En lo que sigue expongo algunas convicciones e ideas sobre la docencia, en su defensa.
Eso es ser docente, sin embargo, hay que generar condiciones institucionales favorables para que esto se pueda llevar a cabo. Aparte de procurar un salario profesional digno para las y los docentes, puesto que el ritmo de crecimiento del salario magisterial ha estado por abajo del índice inflacionario, (durante los últimos veinte años los aumentos salariales anuales, promedio, hacia las/los maestros han sido de alrededor de 3-4%); las y los profesores demandan programas de formación continua y de desarrollo profesional, de mediano y largo plazos, con sentido de pertinencia, gratuitos o a cargo del Estado, de actualidad y oportunidad con respecto o en apego con los planes y programas de estudio.
Las y los docentes piden seguridad en el empleo y esquemas más claros e institucionalizados de defensa de sus derechos. Un escenario frecuente en nuestras escuelas públicas es aquel en que el o la docente, y el o la directora de escuela son acusados por parte de algunas familias de sus estudiantes o por otros agentes sociales, debido a situaciones conflictivas que presumiblemente lesionan los derechos humanos, con y sin pruebas. En la mayoría de los casos, no hay quien salga en defensa del magisterio, ni a favor de las y los trabajadores.
Por otra parte, existe la exigencia de reformar, combatir o erradicar la sobre explotación y la burocratización negativa que se da en contra del trabajo docente, así como transformar los procesos individuales de promoción, tanto vertical como horizontal, mientras éstos estén vigentes. Aunque la mayor cantidad de docentes en el país, es decir, la que trabaja en la educación básica y media superior, expresa este tipo de demandas laborales, también hay demandas sentidas de las y los docentes de la educación superior.
Hoy la mayor parte de los docentes de las instituciones de educación superior pública laboran dentro del esquema de contratos cortos (de 3 o 4 meses) para atender a uno o dos grupos durante 10 horas o menos a la semana. Y donde los concursos de oposición para ocupar plazas de medio tiempo o de tiempo completo no se publican o aparecen a cuenta gotas.
Para el caso de las y los docentes de educación básica y media superior, un escenario de futuro consiste en rehacer o desaparecer el esquema de distribución de incentivos económicos, individuales, dirigidos a la cima de la meritocracia, debido a su inoperancia y su sinsentido social y laboral. En su momento, a éste se le llamó “programa de carrera magisterial” (desde 1992), luego “servicio profesional docente” (2013) y hoy es el “sistema de carrera para maestras y maestros” (desde 2019) que constituyen verdaderos diques de contención salarial. ¿Acaso no sería más conveniente repartir esa bolsa financiera, dirigida a incentivos para muy pocos, y aumentar el salario profesional para todos las y los docentes?
Nunca hay que olvidar que hemos transitado, en todo caso y durante las últimas décadas, del periodo de las y los profesionales libres a las y los profesionales asalariados; del reconocimiento de las y los trabajadores de la educación al tiempo de las y los profesionales de la educación; de ser nombrados como trabajadores de la cultura o intelectuales con compromiso ético y social a ser llamados simplemente “servidores públicos” del sector educativo del gobierno federal o estatal; ahora se les dice, equivocadamente, “asesores” o “agentes de cambio o de transformación social”. Todo ello sin perder de vista un conjunto de lecturas e interpretaciones diferenciadas sobre dichos cambios de nomenclaturas.
En la valoración del trabajo y las prácticas docentes cotidianas no cuenta el autorrelato ni la narrativa cualitativa de las y los estudiantes. Por el contrario, los que operan son exámenes estandarizados, individuales o personalizados, que se ejecutan conforme a una ruta crítica o un procedimiento que se realiza, con frialdad y cálculo cualitativo milimétrico, en nombre de la eficiencia, la eficacia, la calidad y la “objetividad”. Todo ello sin valorar el trabajo colegiado, colaborativo ni cooperativo entre docentes y directivos escolares.
Por todo ello, la pregunta, este 15 de mayo, sería: ¿hoy es día de grandes festejos?
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