La mañana en Bagdad tiene una forma particular de comenzar con la ausencia de Yanar después de ser acribillada en medio del ruido de los motores, el polvo suspendido en el aire, los puestos que abren mientras la ciudad vuelve a acostumbrarse, una vez más, a la fragilidad de la vida. El lunes de esta semana, una ráfaga de disparos frente a una casa cualquiera puso el punto final cargado de odio e intolerancia, de la profunda misoginia y del feminicidio por causas políticas. Allí cayó Yanar Mohamed, una de las voces más persistentes del feminismo en Irak. Lo supe apenas, se me rompió algo adentro. Da rabia aún cuando desde occidente, no coincidimos del todo sobre algunas ideas del feminismo iraquí o simplemente nos parecen ajenas.
Tenía 66 años de edad y llevaba más de dos décadas enfrentando un país donde defender a las mujeres equivale, muchas veces, a firmar una sentencia de muerte. Pudo haber sido cualquiera. Pudo ser una ejecución extrajudicial, pudo ser el gobierno, pudieron ser los fundamentalistas o cualquier fanático radical convencido de que disentir es motivo suficiente para erradicar la existencia de alguien.
Dos hombres en motocicleta la esperaron a primera hora de la mañana. Dispararon frente a su casa en Bagdad. Aunque fue trasladada de urgencia a un hospital, las heridas resultaron fatales. La noticia la confirmó la Organization for Women’s Freedom in Iraq, la organización que ella misma fundó en 2003, en los meses convulsos que siguieron a la invasion de Iraq.
La historia de Yanar Mohamed es inseparable de ese momento. Mientras el país se desmoronaba entre ocupación extranjera, sectarismo armado y el colapso del Estado, ella decidió construir refugios para mujeres, algo aparentemente pequeño pero radical. Y, definitivamente, valiente en su contexto.
Refugios en un país donde las mujeres que huyen de la violencia familiar pueden ser perseguidas por sus propios parientes. Refugios en un contexto donde las sobrevivientes de trata o de violencia sexual suelen cargar con el estigma en lugar de encontrar justicia. Refugios, en suma, para sobrevivir. Lo hizo sin ayuda de su propio gobierno y profundamente inspirada por la radical idea de que las mujeres merecen vivir y que merecen hacerlo libres de violencia. Las guerras siempre han afectado de manera diferenciada y con mayor severidad a las mujeres. Su país es el mejor ejemplo y el vacío tan grande que deja su ausencia es terrible.
Durante años, la red de casas de acogida impulsada por la organización ofreció techo, apoyo económico y acompañamiento emocional a mujeres que no tenían ningún otro lugar a donde ir. Aquello que para muchos Estados es una política pública básica, en Irak dependía del coraje obstinado de activistas. El gobierno nunca respaldó plenamente ese trabajo. En ocasiones lo toleró; en otras lo miró con abierta hostilidad. Vivió momentos de persecución y lejos de las modas moradas que permiten a los gobiernos acoger este tipo de iniciativas para utilizar el discurso del combate a la violencia hacia las mujeres. El feminismo de Mohamed, secular y frontal, incomodaba tanto a sectores conservadores como a milicias armadas. Las amenazas eran constantes. Las campañas de odio, también.
Nada de eso la hizo retroceder.
Quizá porque comprendía que en sociedades fracturadas por la guerra, los derechos de las mujeres son siempre uno de los primeros territorios en disputa. Los cuerpos de las mujeres se convierten fácilmente en botín de guerra y en instrumento de satisfacción de invasores, así como de locales. Allí se libran batallas simbólicas sobre la moral, la religión, el honor familiar y el control del cuerpo femenino. Defender a las mujeres implica desafiar estructuras enteras de poder en Medio Oriente.
Por eso su asesinato no es solo un crimen, también es un mensaje de disciplina, una advertencia para detener ese tipo de trabajos, una pedagogía del terror contra las que se atrevan a incomodarse o a ayudar, o a formar parte de ese activismo e, inclusive, a quienes mantengan el feminismo como idea personal. Un lugar donde la libertad de conciencia es un mito y donde la mente es otro territorio de disputa donde se construye la culpa y la sumisión como atributos “esenciales” de la feminidad.
Quienes dispararon no buscaban únicamente silenciar a una persona. Buscaban intimidar una causa. La Organization for Women’s Freedom in Iraq lo dijo con claridad en su comunicado: se trata de un ataque directo contra la lucha feminista y contra los valores de libertad e igualdad. A pesar de que cada país enfrenta sus propias circunstancias, esto tendría que ser motivo suficiente para levantar la voz de solidaridad por lo que atraviesan, sembrar apoyo, construir vías internacionales para financiar esa causa y tratar de tejer alguna forma de apoyo para que este esfuerzo no muera.
La historia contemporánea está llena de estos silenciamientos. Activistas, periodistas, defensoras de derechos humanos asesinadas en las puertas de sus casas. A veces en motocicleta, a veces con métodos más sofisticados, pero siempre con el mismo propósito: convertir el miedo en una política.
Sin embargo, también está llena de otra cosa: de ideas que sobreviven a quienes intentaron eliminarlas.
Las casas refugio siguen existiendo. Las mujeres que encontraron allí una salida siguen vivas. Las jóvenes activistas que crecieron escuchando la voz firme de Yanar Mohamed también lo están.
Ese país que ha visto caer imperios, dictaduras y ocupaciones, mantiene como el gesto más radical insistir en que la libertad de las mujeres no es una concesión cultural ni un lujo occidental, sino una condición elemental de la dignidad humana. Sororidad significa tejer redes interculturales también y comprender que las desigualdades adentro del feminismo son aniquiladoras, pues es imposible pensar en que haya mujeres con derecho a vivir mejor que otras.
Esta vez, la violencia ha logrado su objetivo inmediato: una mujer menos, una voz apagada frente a su propia puerta. La respuesta furiosa y completamente radical tendría que ser la participación activa de las feministas occidentales en apoyo a las mujeres de Medio Oriente, más allá de documentar y compartir las atrocidades.
X: @ifridaita





