El 1 de noviembre se publicó la entrevista que el periodista español Juan Luis Cebrián hizo a Vicente Fox para The Objective, y en ella el expresidente afirmó que en 2006 “hice que ganara Calderón, aunque no es muy democrático decir eso”. El martes 3, la presidenta Claudia Sheinbaum reprodujo el fragmento en su conferencia matutina y lo calificó de grave. Un día después, Fox respondió en X que lo suyo había sido hacer un buen gobierno y dar buenos resultados, y acusó a Morena de sacar sus palabras de contexto.

La frase original admite poca ambigüedad. Fox explicó que, según su razonamiento de entonces, debía trabajar para que el PAN conservara la Presidencia, y comparó la sucesión con la decisión de un empresario sobre quién dirigirá su negocio. Hablaba de actuar y no de simpatizar. La salvedad sobre lo poco democrático de decirlo, por su parte, muestra que sabía el peso de lo que estaba reconociendo.

La aclaración posterior difícilmente resiste esa lectura. Un buen gobierno puede ayudar a que un partido conserve el poder, pero nadie describe ese efecto diciendo que hizo ganar a su sucesor, y menos con una advertencia sobre lo democrático del asunto. Lo que sugiere el contexto es un intento por corregir el error de haber dicho en voz alta lo que un presidente en funciones no puede hacer, que es involucrarse en favor de un candidato durante la contienda.

Conviene ser precisos con lo que está acreditado y lo que no. En septiembre de 2006 el Tribunal Electoral declaró válida la elección y a Calderón presidente electo, con una ventaja inferior a uno por ciento, y al mismo tiempo señaló que la intervención de Fox constituyó un riesgo para la validez de los comicios. No encontró pruebas de un fraude sistemático en el conteo. El propio Fox reconoce en la entrevista que la ventaja fue mínima y que eso alimentó las dudas de López Obrador.

Esa distinción pesa porque la frase de Fox sirve para un argumento y no para otro. Confirma, ahora con la voz del protagonista, una injerencia presidencial que el tribunal ya había advertido. No demuestra por sí sola que se alteraran votos en las casillas o en el conteo preliminar, que es lo que sostuvo durante años el movimiento de López Obrador. Quien lea en ella la prueba de lo segundo va más allá de lo dicho, y quien la reduzca a una expresión desafortunada se queda muy por debajo.

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El efecto político, sin embargo, es considerable. Durante dos décadas el fraude fue para una parte del país una certeza y para otra la historia que contaban los perdedores, una elección sospechosa pero no una elección robada. Esta segunda postura contaba con una defensa cómoda, porque ningún protagonista del bando ganador había descrito su papel con esa franqueza. Esa defensa se debilitó. Ya no es el derrotado quien acusa, sino el expresidente quien se atribuye el resultado.

Sheinbaum, por su parte, sostuvo que las palabras de Fox les dan la razón, y no es la primera vez que usa el episodio. Ya ha afirmado en meses recientes que Calderón usurpó la Presidencia. Es previsible que un gobierno que construyó parte de su identidad sobre esa narrativa la refuerce con cada nuevo dato, y la conveniencia del mensaje no lo vuelve falso, aunque tampoco convierte en demostrado todo lo que se desea probar con él.

Dos décadas después, es difícil imaginar consecuencias jurídicas para el expresidente, y el valor de la declaración será político e histórico. Lo será también para el PAN, que arrastra desde entonces la sombra de un triunfo cuestionado y que ahora tiene que explicar por qué uno de sus dos presidentes admite haber intervenido en una elección que el partido ha defendido como limpia.

Queda, por último, una enseñanza sobre el árbitro. La democracia mexicana se edificó sobre la idea de que quien gobierna no juega en la elección, y el 2006 mostró lo frágil que era esa regla cuando la ventaja se mide en décimas. Con la elección intermedia de 2027 en el horizonte, las palabras de Fox funcionan menos como una revelación que como un recordatorio de lo que ocurre cuando el poder se siente autorizado a decidir quién debe sucederlo, y de que esa tentación no pertenece a un solo partido ni a una sola época.