La vida me ha dado la oportunidad de conocer a muchos venezolanos de los cuales a algunos considero mis hermanas y hermanos. Venezolanos nativos, venezolanos hijos e hijas de españoles exiliados, venezolanos que han salido de su país buscando tranquilidad y oportunidades laborales que no hubieran tenido en su país. Con lo que pasó todos están de acuerdo, hasta con las mismas formas.
Analicémoslo desde muy arriba y luego desde un foco cercano, porque creo que los que no lo vivimos en carne propia no lo entendemos.
Hace como unos 18 años tuve la oportunidad de ir a Venezuela. Fui con mi papá después de haber ganado una subasta con kilómetros de Aeroméxico para ir a la Copa América que se efectuaría en ese país. Ya estaba Hugo Chávez en el poder y la cosa no estaba tan buena como salía en las pantallas de televisión. Recuerdo que había dos tipos de cambio y que la gente estaba ávida de conseguir dólares de los turistas para sobrevivir. Por el turismo de la Copa América, la cosa no estaba tan peligrosa aunque después del juego de México-Brasil, –sí, aquel donde le ganamos a los brasileños–, hubo un bloqueo en la carretera de regreso a la sede donde nos estábamos quedando.
Las entradas incluían dos juegos y como el estelar era el segundo nos tuvimos que quedar al menos cinco horas en el estadio. Con una gran desorganización y con gente diciéndonos casi casi imperialistas yankees porque estábamos ocupando los lugares que nos correspondían, tuvimos que aguantar. Había una gran marea amarilla pues los venezolanos apoyaban a Brasil y una manchita verde que éramos nosotros. Recuerdo los gritos de los venezolanos que nos decían que en Venezuela todos eran iguales y que no porque nosotros tuviéramos dinero (si, los mexicanos), teníamos más derechos que ellos. Un paraíso para esos que se creen de izquierda, Noroña sería feliz, aunque sin su camioneta fifí.
En esa Copa América empezaban a notarse las carencias del régimen. En el estadio no había agua, ni refresco, ni cerveza suficiente para los dos juegos y con un calor tropical de la chingada, pues hubo que aguantar. Recuerdo que para el medio tiempo del segundo partido lo único que había era algo que se llamaba Frescolita, que sin enfriar sabe como se oye, a colita. Lo único que nos mantuvo en pie fue ver cómo con un golazo de Neri Castillo se le ganaba a Brasil.
En esa Copa América donde Hugo Chávez ha de haber dado una buena lana a los de la Conmebol para que se efectuará ahí, había estadios incompletos y aeropuertos a medio armar. Nosotros nos quedamos cerca de donde se quedó la selección mexicana en un lugar que se llama Puerto La Cruz. Mucha fiesta y felicidad, pero creo que solo era por la Copa, no por el régimen. Si hace casi 20 años la cosa ya estaba mal, no me quiero imaginar cómo fue empeorando y cómo Nicolás Maduro se encargó de mandar todo al carajo.
Regreso a México y pasan algunos años con mi siguiente casi casi viaje a Venezuela. En ese momento estaba encargado de un proyecto donde me tocaba coordinar todo lo que pasaba de México hasta la Patagonia. Todavía se tenía una relación comercial con Venezuela y teníamos que ir a Caracas para ver cómo funcionaba lo que estábamos implementando. En ese momento trabajaba para una compañía americana que no me permitió viajar porque la embajada de Estados Unidos en Venezuela consideraba el viaje como de alto riesgo. Nos contaba la gente que trabajaba en la oficina de Caracas que para llegar de la oficina al hotel nos recomendaban tomar un taxi, aunque la oficina estaba a 700 metros del hotel. Esto porque, como extranjeros, era peligroso ir del hotel a la oficina a pie. ¡Imagínese cómo estaba la situación! Habían pasado como diez años de mi viaje a Venezuela para la Copa América.
Haciendo una pequeña reflexión, imagine cómo habrán estado las cosas para que muchos de los venezolanos hayan celebrado los ataques a Caracas y la extracción del dictador venezolano Nicolás Maduro. La gente no había logrado quitarse al dictador ni con el llamado a las votaciones, ni con las manifestaciones, ni con las marchas, ni con las llamadas al derecho internacional para que intervinieran. Los venezolanos necesitaban que pasará algo como lo que pasó el 3 de enero, no importaba la manera, lo que si importaba era el hecho.
Muchos internacionalistas se rasgarán las vestiduras con el método de extracción de Maduro, pero eso me pone a pensar en lo lento que son para accionar algo que a simple vista era obvio y necesario hacer. ¿Es muy lenta la vía legal? ¿Esta vía no es práctica para resolver conflictos donde obviamente se está aplastando el derecho de los demás?
¿Qué podemos aprender? Si no somos venezolanos es difícil opinar, pues no hemos vivido lo que han vivido ellos. En este tipo de conflicto, donde todos opinamos sin conocer, seguramente no entenderíamos todas las aristas de lo que han vivido los hermanos venezolanos. Que si el derecho o no derecho hace que esto se haga tan complejo como debatir sobre temas como el feminismo, el aborto, minorías entre otras cosas complejas donde cualquier opinión más que sumar puede hacer que nos oigamos arrogantes.
No entiendo a los que reclaman que se cayó un gobierno de izquierda, pues esto que pasaba en Venezuela era todo menos gobierno de cualquier denominación. Donde hay una clase gobernante que la goza y no hay libertad ni posibilidad de cambio no es gobierno, es dictadura, así de fácil.
¿Usted qué opina?





