Donald Trump quería que los aliados de Estados Unidos entendieran quién tenía la fuerza. Lo están entendiendo, pero quizá no exactamente como él esperaba. Canadá, el vecino más integrado económica y estratégicamente con Estados Unidos, está acelerando una aproximación hacia Europa que hace apenas unos años habría parecido innecesaria.

Mark Carney ha comenzado a hablar de una relación mucho más profunda con la Unión Europea, no porque Ottawa pretenda abandonar Norteamérica ni porque pueda sustituir fácilmente al mercado estadounidense, sino porque ha descubierto algo elemental: cuando una potencia utiliza demasiado la dependencia de sus aliados como instrumento de presión, termina enseñándoles algo que probablemente nunca quiso enseñarles, cómo depender menos de ella.

Canadá no va a separarse de Estados Unidos. Tampoco tendría sentido intentarlo. Geografía, comercio, cadenas productivas, energía, defensa, inversiones y millones de relaciones humanas convierten a ambos países en socios estructurales. Pero ése no es el punto. Lo que Carney parece buscar es disminuir la vulnerabilidad que significa tener demasiado concentrado el comercio, la inversión y la seguridad en un solo socio, especialmente cuando ese socio comienza a utilizar aranceles, amenazas, restricciones o incluso provocaciones políticas como herramientas recurrentes de negociación. Canadá no quiere reemplazar una dependencia por otra; quiere tener más opciones.

Ahí reside la verdadera trascendencia del movimiento canadiense. Ottawa ya tenía con Europa una relación económica considerable y ahora pretende convertirla en algo mucho más estratégico, incorporando no solamente comercio, sino inversión, inteligencia artificial, infraestructura digital, minerales críticos, defensa, energía e investigación. Canadá entiende que la relación con Estados Unidos seguirá siendo fundamental, pero también que un país puede tener un socio principal sin quedar obligado a que sea su único socio importante. Esa diferencia parece pequeña, pero en el mundo que está naciendo puede terminar siendo decisiva.

La política exterior de Trump ha contribuido directamente a esa reflexión. Algunas de sus exigencias tienen fundamento. Estados Unidos tiene derecho a reclamar mayor reciprocidad comercial, a exigir que sus aliados europeos gasten más en defensa y a revisar acuerdos que considere desfavorables. El problema comienza cuando negociar desde una posición de fuerza se convierte en humillar al socio o recordarle constantemente cuánto depende de Washington. Un aliado puede aceptar una condición hoy porque no tiene alternativa inmediata; pero si percibe que esa dependencia será utilizada repetidamente contra él, su reacción racional consistirá en construir alternativas para mañana.

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Ésa es precisamente la paradoja. Trump puede ganar una negociación y perder parte de la relación. Puede conseguir concesiones comerciales, mayor gasto militar o nuevas inversiones, pero al mismo tiempo provocar que Canadá, Europa, Japón, Corea del Sur, Australia y otros socios concluyan que deben protegerse no solamente de sus adversarios, sino también de la imprevisibilidad estadounidense. La dependencia produce comodidad mientras existe confianza; cuando la confianza desaparece, empieza a sentirse como vulnerabilidad.

Europa tiene exactamente el mismo problema. La guerra de Ucrania la obligó a volver a pensar en defensa. La relación con Rusia le enseñó que depender excesivamente de una sola fuente energética puede convertirse en un riesgo estratégico. Trump la está obligando ahora a preguntarse cuánto puede confiar permanentemente en Washington, y China la obliga a pensar cuánto comercio puede mantener sin permitir que determinadas industrias, tecnologías o materias primas queden demasiado concentradas en manos ajenas. Europa empieza a comprender que la autonomía estratégica no consiste en romper con Estados Unidos, sino en evitar que ninguna relación exterior tenga suficiente poder para paralizarla.

En ese escenario Canadá aparece como socio casi natural. Posee energía, minerales críticos, alimentos, territorio, tecnología, instituciones estables y una posición estratégica extraordinaria en el Ártico. Europa posee un mercado gigantesco, capital, industria avanzada, conocimiento y capacidad tecnológica. Ambos comparten instituciones democráticas y una cultura política relativamente cercana. Una relación más profunda no tiene por qué construirse contra Estados Unidos; puede construirse precisamente para que ambos lleguen a Washington con mayor margen de negociación.

Pero aquí aparece otro elemento que conviene observar: China no debería apresurarse a celebrar cada distanciamiento entre Estados Unidos y sus aliados, porque Pekín corre el riesgo de cometer exactamente el mismo error que critica en Trump. Durante años China ha construido posiciones extraordinariamente fuertes en tierras raras, minerales críticos, baterías, manufactura avanzada, paneles solares, componentes tecnológicos y otros eslabones fundamentales de la economía global. Esa ventaja le concede poder, pero también puede convertirse en tentación. Si China utiliza excesivamente esas dependencias como instrumento de presión, terminará enseñando a los demás exactamente la misma lección que Trump está enseñando a Canadá y Europa: no conviene depender demasiado de nadie.

Ahí está uno de los grandes riesgos chinos. El dominio de una cadena estratégica resulta extraordinariamente rentable mientras los compradores aceptan esa dependencia. Pero cuando empieza a utilizarse abiertamente como arma política, aparecen inversiones en sustitución, nuevas minas, nuevas tecnologías, subsidios, alianzas alternativas y cadenas de suministro distintas. Lo que hoy proporciona ventaja puede terminar financiando mañana su propia competencia. En el nuevo mundo, quien abuse de una dependencia puede terminar acelerando su propia sustitución.

Eso vale tanto para Washington como para Pekín. Estados Unidos puede abusar del acceso a su mercado, de su sistema financiero, de los aranceles o de su enorme peso militar. China puede abusar de minerales críticos, manufactura, tecnología o capacidad industrial. Ambos poseen instrumentos formidables. Pero ambos deben entender que las demás naciones también aprenden. Y cuanto mayor sea la sensación de vulnerabilidad, mayor será el incentivo para construir salidas.

De ahí pueden surgir combinaciones que hace algunos años habrían parecido extrañas. Europa puede encontrar coincidencias coyunturales con India, Brasil, Emiratos Árabes Unidos, Indonesia, Sudáfrica u otros miembros de BRICS sin convertirse por ello en aliada formal del bloque. India puede participar en BRICS y al mismo tiempo colaborar con Estados Unidos, Japón, Europa y Australia. Brasil puede reclamar reformas al sistema internacional sin romper con Occidente. Emiratos puede mantener vínculos con Washington, Pekín y Nueva Delhi simultáneamente. El mundo ya no parece organizarse necesariamente en dos campos perfectamente enfrentados. Está apareciendo algo mucho más flexible: alianzas por tema, por interés y por momento.

Eso también transforma el papel de BRICS. El grupo no necesita convertirse en una nueva OTAN para ganar importancia. Puede convertirse en plataforma de negociación, financiamiento, comercio y coordinación entre países que desean reducir dependencias sin necesariamente adoptar una posición antioccidental. Y ahí Europa podría encontrar espacios de coincidencia con algunos de sus integrantes. No una alianza BRICS-Europa en el sentido tradicional, porque sería imposible ignorar las profundas diferencias internas del bloque y el peso de China y Rusia, sino acuerdos coyunturales sobre minerales, energía, comercio, inteligencia artificial, infraestructura, reforma financiera o clima.

Gran Bretaña también ocupa una posición especialmente interesante. Fuera de la Unión Europea, Londres tiene mayor libertad formal para negociar bilateralmente, pero esa libertad solamente tendrá valor si consigue convertirla en influencia. Reino Unido sigue siendo potencia nuclear, centro financiero global, miembro permanente del Consejo de Seguridad, participante fundamental de la alianza de inteligencia anglosajona y socio militar privilegiado de Washington. Pero también necesita mantener vínculos profundos con Europa, ampliar relaciones con India, aprovechar sus conexiones históricas con la Commonwealth, fortalecer lazos con el Golfo y conservar una relación económica razonablemente pragmática con China.

Londres puede convertirse así en uno de los grandes practicantes de esta nueva política internacional: aliado estratégico de Estados Unidos sin ser completamente dependiente; europeo sin pertenecer a la Unión Europea; socio de India y de las economías del Golfo; interlocutor de China sin aceptar automáticamente sus condiciones. Brexit le dio libertad formal. Ahora tiene que demostrar que esa libertad produce capacidad real de maniobra.

Canadá, Reino Unido, Europa, India, Emiratos y otros actores están aprendiendo algo parecido: el poder ya no consiste únicamente en pertenecer al bloque correcto. Consiste también en conservar suficientes alternativas para poder decir que no cuando sea necesario. Ésa es quizá una de las principales características de la multipolaridad verdadera. No se trata solamente de que existan varias potencias. Se trata de que los países medianos tengan suficiente margen para moverse entre ellas.

Por eso resulta insuficiente describir el nuevo orden simplemente como una pelea entre Estados Unidos y China. Los dos seguirán siendo los grandes gigantes, pero alrededor de ellos habrá países que no querrán elegir completamente. Europa intentará recuperar autonomía. India procurará impedir que ninguna potencia domine Asia. Los árabes utilizarán capital, energía y geografía para negociar con todos. Canadá buscará disminuir su excesiva exposición a Washington. Londres tratará de jugar varios tableros. BRICS seguirá ofreciendo una plataforma a quienes quieren mayor margen frente a Occidente, mientras muchos de sus propios integrantes se resisten a quedar subordinados a China.

Ese mundo puede ser más libre para las potencias medianas, pero también más complicado. Las alianzas serán menos automáticas. Los acuerdos tendrán más condiciones. Los países deberán identificar con precisión qué dependencias resultan inevitables y cuáles pueden reducirse. Y las grandes potencias descubrirán que castigar demasiado a un socio puede terminar empujándolo hacia los brazos de otro.

Trump parece creer que la enorme fuerza estadounidense permite tensar casi cualquier relación sin pagar costos duraderos. Puede tener razón en el corto plazo. Estados Unidos sigue poseyendo el mercado, el dólar, las fuerzas armadas, la innovación, las universidades y la red de alianzas más poderosa del mundo. Pero precisamente por eso debería cuidar ese capital. Después de la Segunda Guerra Mundial, Washington consiguió algo excepcional: gran parte del mundo occidental no solamente aceptó su liderazgo, sino que quiso pertenecer al sistema construido alrededor suyo. Eso no se consiguió únicamente mediante coerción. Se consiguió mediante confianza.

China todavía no posee ese mismo capital político. Tiene enorme capacidad económica, manufacturera y tecnológica, pero convertirse en alternativa no significa automáticamente convertirse en líder aceptado. Pekín también tendrá que aprender que el liderazgo no consiste solamente en conseguir que los demás necesiten lo que uno produce. Consiste en lograr que confíen en que esa necesidad no será utilizada mañana contra ellos.

Ésa puede ser una de las grandes batallas de las próximas décadas: no quién posee más instrumentos de presión, sino quién consigue ser considerado el socio más confiable.

Carney parece haber comprendido el cambio. Canadá no está anunciando el divorcio con Estados Unidos. Está contratando un seguro. Europa está dispuesta a participar porque también necesita uno. Londres buscará el suyo. India lleva años construyéndolo. Los árabes prácticamente hicieron de esa estrategia una política exterior. Y muchos integrantes de BRICS quieren exactamente lo mismo: no sustituir a Washington por Pekín, sino evitar que cualquiera de los dos pueda decidir demasiado por ellos.

México debería observar esa transformación con particular cuidado. Nuestra integración económica con Estados Unidos es estructural y no tendría ningún sentido imaginar que puede sustituirse. El T-MEC debe fortalecerse y Norteamérica seguirá siendo nuestro espacio económico natural. Pero la experiencia canadiense contiene una enseñanza valiosa: tener al socio más importante no obliga a tener un único socio importante. México necesita ampliar comercio con Europa y Asia, atraer capital de distintas regiones, fortalecer infraestructura y energía propias, desarrollar proveedores nacionales y reducir vulnerabilidades sin debilitar su relación norteamericana.

Diversificar no significa alejarse de Estados Unidos.

Significa llegar más fuerte a la relación.

Y también aquí China debe ser vista con pragmatismo. México puede comerciar con ella, atraer inversión cuando resulte conveniente y aprovechar oportunidades, pero no debería sustituir una dependencia por otra. La soberanía económica no consiste en cambiar de proveedor dominante; consiste en construir suficiente capacidad propia y suficientes relaciones alternativas para evitar que cualquier proveedor llegue a ser indispensable.

Ésa puede terminar siendo la gran paradoja de esta etapa histórica. Trump quiere demostrar cuánto necesita el mundo a Estados Unidos. Xi quiere demostrar cuánto necesita el mundo a China. Pero ambos pueden provocar, si exageran el uso de esa dependencia, que los demás dediquen enormes recursos precisamente a necesitarlos menos.

Los aliados no están necesariamente buscando enemigos nuevos.

Están buscando opciones.

Y mientras más opciones tengan, menos fácil será intimidarlos.

Canadá no está abandonando Norteamérica. Está aprendiendo a mirar también hacia Europa. Europa no está rompiendo con Washington. Está aprendiendo a pensar qué haría si alguna vez no pudiera depender completamente de él. Londres no está escogiendo entre Estados Unidos y el continente europeo. Está tratando de conservar espacio entre ambos. Los integrantes más pragmáticos de BRICS tampoco quieren convertirse en soldados de China o Rusia. Quieren margen.

Ése puede ser el verdadero signo del nuevo mundo: no una gran ruptura entre dos bloques, sino una red de países intentando escapar de dependencias excesivas y construir alianzas coyunturales según sus propios intereses.

Trump puede conseguir aliados más obedientes durante una negociación. China puede imponer condiciones mientras controle determinadas cadenas estratégicas. Pero ambos deberían recordar la misma regla: el poder utilizado con demasiada frecuencia como amenaza termina enseñando a los demás a vivir sin él.

Estados Unidos puede sabotear su liderazgo abusando de sus aliados. China puede sabotear su ascenso abusando de sus dependencias. Y mientras ambos gigantes prueban hasta dónde llega su fuerza, Canadá, Europa, Londres, India, los países árabes y buena parte de BRICS están aprendiendo algo quizá todavía más importante: que en el mundo que viene, tener opciones será también una forma de poder.

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