Durante años se nos dijo que el futuro sería eléctrico, digital y cada vez menos dependiente de los combustibles fósiles. La idea tenía sentido, pero fue presentada demasiadas veces como si la historia energética fuera una línea recta: menos petróleo, más renovables, menos geopolítica y más tecnología. La realidad está demostrando algo bastante distinto. La transición energética no eliminó la lucha por la energía; la volvió más compleja. El petróleo y el gas siguen siendo decisivos, pero ahora compiten y conviven con electricidad, uranio, cobre, litio, tierras raras, baterías, redes, transformadores, almacenamiento, centros de datos y capacidad de generación firme. El siglo XXI no está dejando atrás la energía como fuente de poder. Está multiplicando las formas en que la energía define quién crece, quién compite, quién depende y quién manda.
La coyuntura actual lo confirma con brutal claridad. La inestabilidad en Medio Oriente, las tensiones alrededor de rutas estratégicas y la incertidumbre sobre la oferta han vuelto a colocar al petróleo en el centro de la discusión global. Al mismo tiempo, Europa llega a una nueva temporada con preocupaciones serias sobre gas, costos industriales y competitividad. Y mientras gobiernos de todo el mundo hablan de descarbonización, la demanda eléctrica sigue creciendo impulsada por centros de datos, inteligencia artificial, electrificación del transporte, nuevas industrias y la necesidad de reconstruir cadenas productivas más cercanas y seguras. La paradoja es evidente: cuanto más digital se vuelve la economía, más física se vuelve su necesidad energética.
La inteligencia artificial parece vivir en la nube, pero la nube funciona con electricidad. Detrás de cada modelo, cada centro de datos y cada aplicación de inteligencia artificial existe una infraestructura enorme de generación, cables, transformadores, refrigeración, agua, tierras, servidores y materiales. Lo mismo ocurre con los vehículos eléctricos, las baterías y las energías renovables. Un automóvil eléctrico reduce el consumo directo de gasolina, pero aumenta la demanda de minerales, electricidad, redes y almacenamiento. Un parque solar necesita paneles, inversores, cobre, acero, transmisión y respaldo. Una turbina eólica necesita materiales, logística e infraestructura. La nueva economía puede verse limpia y ligera en una pantalla, pero detrás sigue siendo profundamente material.
Por eso resulta tan equivocada la vieja discusión que pretende obligarnos a escoger entre fósiles y renovables como si se tratara de religiones incompatibles. Las economías que entienden mejor el problema no han elegido una sola fuente; han construido portafolios. China es el ejemplo más evidente. Ha desarrollado una capacidad formidable en energía solar, eólica, baterías y vehículos eléctricos, domina segmentos críticos de las cadenas de suministro de tecnologías limpias y al mismo tiempo mantiene carbón, petróleo y gas como instrumentos de seguridad energética. No porque ignore la transición, sino porque la entiende desde una perspectiva de poder. Para Pekín, la pregunta principal no es qué fuente resulta ideológicamente más correcta, sino cómo garantizar que la economía tenga suficiente energía, a costos manejables y sin quedar excesivamente expuesta al exterior.
Esa lógica explica buena parte de la ventaja china. Mientras otros países discutían si debían acelerar o frenar la transición, China decidió fabricar buena parte de la infraestructura necesaria para cualquiera de los dos escenarios. Produce paneles, baterías, componentes, equipos eléctricos y tecnología, al tiempo que conserva capacidad térmica y acceso a combustibles. El resultado es una posición estratégica formidable: puede vender al mundo la transición mientras asegura en casa suficiente respaldo para no quedar atrapada por ella.
Estados Unidos enfrenta una contradicción distinta. Posee petróleo, gas, capacidad tecnológica, capital y una enorme industria energética, pero la expansión de la inteligencia artificial y de los centros de datos está obligándolo a reconocer una realidad incómoda: la demanda eléctrica del futuro puede crecer mucho más rápido de lo que se imaginaba hace apenas unos años. Las empresas tecnológicas necesitan energía continua, abundante y confiable. No pueden operar centros de datos multimillonarios dependiendo de que el viento sople o el sol brille exactamente cuando los servidores lo requieren. Por eso han regresado al debate fuentes que parecían relegadas, incluida la energía nuclear, y también se discute cómo prolongar plantas existentes, fortalecer redes y acelerar nuevas inversiones.
Ahí aparece otra lección fundamental: la transición energética no consiste solamente en producir energía limpia. Consiste en garantizar energía disponible. Un país puede tener miles de megavatios instalados y aun así enfrentar problemas si las redes no pueden moverlos, si no existe almacenamiento suficiente o si falta generación firme cuando cambia el clima. La seguridad energética no se mide únicamente por cuántos paneles solares o turbinas posee una economía, sino por su capacidad de entregar electricidad cuando y donde se necesita.
Europa aprendió esto de la manera más costosa. Durante años construyó una política energética que combinaba objetivos climáticos ambiciosos con una dependencia importante del gas ruso. Cuando Moscú convirtió la energía en instrumento de presión y la guerra de Ucrania alteró las rutas tradicionales, Europa tuvo que buscar gas natural licuado, ampliar importaciones de Noruega, acelerar terminales y subsidiar a consumidores e industrias. Consiguió sobrevivir al choque, pero a un costo enorme. Y ese costo todavía pesa sobre sectores intensivos en energía que compiten con empresas estadounidenses y asiáticas que pagan menos por electricidad y gas.
El dilema europeo es especialmente delicado porque ahora pretende hacer varias cosas al mismo tiempo: descarbonizar, reindustrializar, gastar más en defensa, desarrollar inteligencia artificial, proteger industrias estratégicas y reducir dependencias externas. Todo eso requiere energía. Mucha. Y barata. Si Europa paga estructuralmente más por ella que Estados Unidos o China, puede alcanzar metas climáticas admirables y al mismo tiempo perder fábricas, empleos e influencia. La transición deja de ser solamente una política ambiental y se convierte en política industrial.
Rusia, por su parte, recordó al mundo que la energía puede ser utilizada como arma. Moscú convirtió gas, petróleo y rutas de suministro en instrumentos de negociación y presión, pero también descubrió los límites de esa estrategia. Cuando Europa redujo parte de su dependencia, Rusia tuvo que redirigir exportaciones hacia China, India y otros compradores, muchas veces aceptando descuentos y nuevas rutas logísticas. La lección funciona en ambos sentidos: quien controla energía puede ejercer poder, pero quien depende demasiado de un solo cliente o proveedor también queda expuesto.
Los países árabes han comprendido quizá mejor que nadie que el petróleo sigue siendo poder, pero no necesariamente será suficiente para siempre. Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y otros productores están utilizando los enormes ingresos energéticos actuales para financiar la economía del futuro. Invierten en inteligencia artificial, centros de datos, energías renovables, logística, turismo, manufactura, infraestructura y fondos soberanos globales. No están abandonando el petróleo. Están intentando convertirlo en el capital que les permita depender menos de él dentro de veinte o treinta años.
Esa es una diferencia fundamental. Los países que mejor están administrando la transición no destruyen prematuramente aquello que todavía les produce riqueza. Lo utilizan para financiar lo siguiente. El petróleo deja de ser únicamente combustible y se convierte en palanca de transformación. Los productores inteligentes no creen que el crudo durará para siempre, pero tampoco actúan como si mañana dejara de ser importante.
BRICS refleja también esta visión más pragmática. Sus miembros hablan de transición energética, pero insisten en que debe ser ordenada, justa y compatible con las necesidades de desarrollo. Para economías emergentes, la discusión se ve muy distinta desde una capital europea rica que desde India, Sudáfrica, Indonesia o Brasil, donde millones de personas todavía necesitan electricidad confiable, transporte, industria y crecimiento. Pedirles que renuncien aceleradamente a combustibles disponibles sin ofrecer financiamiento, tecnología e infraestructura suficientes puede convertirse en otra forma de desigualdad internacional.
Eso no significa negar el cambio climático ni justificar dependencia eterna de los fósiles. Significa aceptar que la transición será desigual, tecnológica y económicamente compleja. Los países desarrollados pueden financiar redes, baterías y nuevas tecnologías con mucha mayor facilidad. Los emergentes necesitan primero garantizar acceso y crecimiento. Pretender que ambos recorran exactamente el mismo camino y a la misma velocidad resulta poco realista.
La verdadera competencia energética del siglo XXI probablemente se decida en varios frentes simultáneos. Petróleo y gas seguirán siendo decisivos durante años. La nuclear recuperará espacio. Solar y eólica continuarán creciendo. El almacenamiento será cada vez más importante. Los minerales críticos adquirirán un valor estratégico comparable al que tuvo el petróleo durante buena parte del siglo XX. Y las redes eléctricas pueden convertirse en una de las infraestructuras más determinantes y menos visibles de la economía global.
El cobre, por ejemplo, aparece prácticamente en todas partes. Redes, vehículos eléctricos, centros de datos, energías renovables y manufactura avanzada necesitan enormes cantidades. El litio es fundamental para muchas baterías. Las tierras raras intervienen en motores, electrónica y defensa. El uranio vuelve a ser estratégico por el renacimiento nuclear. El mundo puede consumir menos petróleo por unidad de producto en el futuro y aun así volverse más dependiente de otros recursos concentrados geográficamente.
La geopolítica energética no desaparece; cambia de materias primas.
Eso también modifica el concepto de soberanía. Tener petróleo bajo tierra puede servir de poco si no existe capacidad para refinarlo, procesarlo, transportarlo o convertirlo eficientemente en valor. Tener litio tampoco garantiza una industria de baterías. Poseer sol no crea automáticamente electricidad competitiva. Un país energéticamente fuerte necesita recursos, tecnología, capital, infraestructura, regulación y talento.
México debería tomar muy en serio esa lección. Nuestro debate energético ha estado demasiado tiempo atrapado entre consignas. Unos presentan cualquier inversión privada como amenaza a la soberanía. Otros actúan como si el mercado por sí solo fuera a construir toda la infraestructura que requiere el país. Ninguno de los extremos alcanza a responder la pregunta central: ¿tenemos suficiente energía, a precio competitivo y con la confiabilidad necesaria para sostener el crecimiento que México dice querer?
Porque el nearshoring, la manufactura avanzada, los centros de datos, los semiconductores, la electromovilidad y la inteligencia artificial no llegan solamente porque exista cercanía con Estados Unidos o porque se firme un tratado comercial. Llegan donde hay electricidad. Y no cualquier electricidad: suficiente, estable, competitiva y disponible con rapidez. Una fábrica que espera años por interconexión o que enfrenta incertidumbre sobre suministro terminará instalándose donde encuentre mejores condiciones.
México necesita petróleo y gas mientras sean necesarios, pero también más generación renovable, redes, almacenamiento, gasoductos, infraestructura de transmisión, modernización de plantas y eventualmente una discusión seria sobre nuclear y otras fuentes firmes. Necesita además aprovechar su cercanía con Estados Unidos para integrarse a cadenas energéticas y tecnológicas, sin perder la capacidad de diseñar una política propia.
Y necesita talento. La transición energética no ocurre únicamente en consejos de administración o secretarías de Estado. La realizan técnicos, electricistas, soldadores, operadores, especialistas en mantenimiento, refrigeración, automatización, redes, almacenamiento, paneles, baterías y sistemas industriales. Cada nueva infraestructura requiere personas capaces de instalarla, operarla y repararla. Formar capital humano también es política energética.
Ahí aparece otra contradicción del discurso tecnológico contemporáneo. Se habla muchísimo de programadores e ingenieros de inteligencia artificial, pero la economía del futuro necesitará igualmente miles de técnicos capaces de mantener subestaciones, centros de datos, plantas, sistemas de enfriamiento y líneas de transmisión. La sofisticación tecnológica no elimina los oficios; los transforma.
Quizá por eso la discusión energética sea mucho más importante de lo que suele parecer. No se trata simplemente de decidir cuántos barriles producirá un país o cuántos paneles instalará. Se trata de definir qué tipo de economía podrá construir. La energía está detrás de la industria, el transporte, la tecnología, la defensa, la agricultura, el agua, las telecomunicaciones y prácticamente cualquier actividad moderna.
Un país con energía cara pierde competitividad.
Un país con energía insuficiente pierde inversión.
Un país dependiente de un solo proveedor pierde autonomía.
Y un país que no planifica su transición termina pagando por decisiones tomadas por otros.
La gran carrera energética de este siglo no será entonces petróleo contra renovables. Será una competencia por construir sistemas capaces de combinar seguridad, precio, sostenibilidad y tecnología. Los ganadores probablemente serán aquellos que se nieguen a convertir la energía en una batalla ideológica y la entiendan como infraestructura estratégica.
China ya lo entendió.
Los países árabes también.
Estados Unidos empieza a redescubrirlo empujado por la inteligencia artificial.
Europa está aprendiendo a un costo muy alto.
México todavía tiene tiempo para hacerlo.
Durante años nos dijeron que el futuro sería digital, limpio e intangible. En buena medida lo será. Pero detrás de cada algoritmo habrá electricidad, detrás de cada batería habrá minerales, detrás de cada fábrica habrá una red, detrás de cada centro de datos habrá transformadores y refrigeración, y detrás de cada potencia seguirá existiendo algo muchísimo más antiguo: la necesidad de asegurar su energía.
Cambiarán las fuentes, cambiarán las tecnologías y cambiarán los combustibles. Lo que no cambiará es una regla elemental: quien no pueda garantizar energía suficiente, confiable y competitiva tampoco podrá controlar plenamente su futuro.
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