Durante años occidente trató a BRICS como una sigla sobredimensionada por economistas y gobiernos deseosos de aparentar más poder del que realmente tenían. Ese tiempo terminó. El bloque ampliado reúne hoy cerca de la mitad de la población mundial y alrededor del 40% de la economía medida por paridad de poder adquisitivo, incluye a China e India —dos de las mayores economías del planeta—, a Rusia, Brasil, Sudáfrica y varias potencias emergentes de Asia, África y Medio Oriente, y ha dejado de ser una curiosidad diplomática para convertirse en un actor que nadie puede sensatamente ignorar. La pregunta ya no es si BRICS importa. Importa. La verdadera pregunta es qué quiere hacer con ese peso y, sobre todo, si países tan distintos serán capaces de convertirlo en poder político efectivo sin terminar peleándose por quién debe dirigirlo.

La cumbre que acaba de celebrarse en Nueva Delhi ayuda a entender tanto su fuerza como sus límites. El encuentro consiguió algo que no era menor: producir una declaración conjunta en medio de profundas diferencias internas, incluido el conflicto de Medio Oriente que coloca dentro del mismo espacio a Irán y a Emiratos Árabes Unidos. Los líderes reclamaron mayor representación de las economías emergentes en las instituciones internacionales, cuestionaron sanciones y medidas comerciales unilaterales, respaldaron una arquitectura mundial más multipolar, defendieron mayor utilización de monedas nacionales y mecanismos de pagos propios y pidieron contención y diplomacia frente a la escalada en Medio Oriente. BRICS salió de Nueva Delhi demostrando que puede hablar colectivamente. Falta demostrar que puede actuar colectivamente cuando los intereses de sus miembros realmente chocan.

Ahí está su principal contradicción. BRICS es poderoso precisamente porque reúne a países que quieren mayor margen frente al orden dominado históricamente por Estados Unidos y Europa; pero es frágil porque no todos quieren sustituir ese orden por otro encabezado por China o convertido en instrumento de confrontación con occidente. Rusia quisiera claramente un bloque más desafiante. Irán tiene razones evidentes para favorecer mecanismos que disminuyan el alcance de las sanciones estadounidenses. China ve una formidable plataforma para aumentar influencia sobre el llamado Sur Global. Pero India no quiere convertirse en subordinada de Pekín; Brasil conserva importantes relaciones económicas y políticas con Estados Unidos y Europa; Emiratos necesita estabilidad, inversión occidental y seguridad, y otros integrantes desean reformas del sistema más que su demolición. Es una coalición de insatisfacciones comunes, no todavía una alianza de destinos compartidos.

Eso puede parecer una debilidad, pero quizá también explique por qué BRICS sigue creciendo. La OTAN funciona porque existe una estructura de seguridad, compromisos definidos y una amenaza compartida. La Unión Europea construyó instituciones supranacionales y transfirió parte de la soberanía de sus miembros. BRICS es algo completamente distinto. No tiene ejército común, política exterior única, moneda compartida ni obligación de defender militarmente a otro integrante. Ni siquiera existe necesariamente coincidencia sobre cuál debería ser el orden internacional que sustituya al actual. Lo que sí existe es una idea cada vez más extendida: el mundo del siglo XXI ya no puede seguir gobernándose mediante instituciones, derechos de veto, cuotas financieras y jerarquías diseñadas esencialmente por quienes ganaron la Segunda Guerra Mundial hace más de ochenta años.

Esa reclamación resulta difícil de descartar. India es hoy una potencia demográfica, tecnológica y económica incomparable con la que existía cuando se creó Naciones Unidas. China pasó de ser un país empobrecido a convertirse en potencia manufacturera global. África tenía buena parte de su territorio bajo dominio colonial cuando se diseñaron muchas instituciones actuales. El Golfo no poseía el peso financiero, energético y diplomático que tiene ahora. Indonesia, Brasil, Sudáfrica y numerosas economías emergentes reclaman mayor capacidad de decisión. Sin embargo, el Consejo de Seguridad sigue teniendo los mismos cinco miembros permanentes con derecho de veto y el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial conservan estructuras de representación que muchos países consideran insuficientemente adaptadas al peso económico actual. Nueva Delhi volvió a colocar esa reforma en el centro de la agenda.

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Pero reclamar una reforma es mucho más sencillo que acordar cuál debería sustituirla. Rusia y China quieren disminuir la capacidad occidental para imponer sanciones y condiciones. India quiere mayor representación, pero no desea un sistema dominado por China. Brasil quiere un asiento permanente en un Consejo de Seguridad reformado. Los países africanos reclaman una presencia acorde con un continente de más de mil 500 millones de habitantes. Las potencias del Golfo quieren maximizar capacidad de negociación sin tener que romper con Washington. Cada uno llega con una definición distinta de multipolaridad.

China probablemente sea quien mejor comprende el potencial de esa ambigüedad. Xi Jinping utilizó Nueva Delhi para hablar de un “BRICS ampliado” y presentó nuevas iniciativas en inteligencia artificial, comercio, finanzas y cooperación económica. Pekín no necesita transformar inmediatamente al grupo en una alianza antiestadounidense; quizá le resulte más útil exactamente como está. Mientras BRICS crezca como espacio económico y diplomático, China obtiene más interlocutores, mayor legitimidad para impulsar instituciones alternativas y la posibilidad de presentar su liderazgo como cooperación Sur-Sur en lugar de expansión hegemónica.

Ahí aparece una diferencia fundamental con Rusia. China quiere construir; Rusia necesita desafiar. Pekín posee mercado, financiamiento, manufactura, tecnología, infraestructura y una extraordinaria capacidad exportadora. Moscú conserva armas nucleares, recursos energéticos, territorio, poder militar y asiento permanente en el Consejo de Seguridad, pero su capacidad económica resulta mucho menor. Rusia necesita que el orden occidental pierda fuerza porque buena parte de ese sistema la sanciona y limita; China necesita que ese mismo orden se abra lo suficiente para permitirle ocupar cada vez más espacio sin destruir las rutas comerciales que han contribuido enormemente a su propio crecimiento.

Por eso tampoco sería correcto imaginar un BRICS dirigido automáticamente desde Pekín. India constituye el principal freno a esa posibilidad. Narendra Modi puede sentarse con Xi Jinping y Vladimir Putin, importar energía rusa, participar en BRICS y reclamar reformas globales, mientras al mismo tiempo mantiene relaciones estratégicas con Estados Unidos, Japón, Australia, Europa y los países del Golfo. Nueva Delhi tiene además una larga frontera disputada con China y ninguna intención de aceptar una Asia organizada alrededor de la supremacía china. Su estrategia no consiste en escoger entre Washington y Pekín, sino precisamente en evitar tener que escoger.

Esa puede ser una de las aportaciones más interesantes de BRICS al nuevo orden: proporcionar a las potencias medianas y emergentes un espacio donde puedan ampliar opciones. No necesariamente convertirse en antiestadounidenses, sino dejar de ser exclusivamente dependientes de Estados Unidos. No sustituir el dólar mañana, sino comerciar una parte creciente en monedas nacionales. No abandonar al Banco Mundial, sino fortalecer al Nuevo Banco de Desarrollo como opción complementaria. No destruir la Organización Mundial del Comercio, sino reclamar que funcione con reglas que consideren más equitativas. No cambiar un amo occidental por uno chino, sino tener suficientes interlocutores para negociar con cualquiera.

Por eso la llamada desdolarización también debe analizarse sin exageraciones. BRICS está impulsando mayor utilización de monedas locales, sistemas de pagos más interconectados y mecanismos financieros que reduzcan vulnerabilidad frente a sanciones o decisiones estadounidenses, pero de ahí a desplazar al dólar como principal moneda internacional existe una distancia enorme. El dólar conserva profundidad financiera, liquidez, confianza institucional y mercados de capital que ninguna moneda del bloque puede replicar por sí sola. BRICS no necesita destruirlo para obtener un beneficio estratégico; le basta con reducir gradualmente aquellas situaciones donde la dependencia absoluta del sistema financiero estadounidense pueda convertirse en instrumento de presión.

Algo semejante ocurre con la inteligencia artificial. Xi aprovechó la cumbre para promover cooperación tecnológica y una zona de código abierto de IA dentro del ecosistema BRICS. Parece un asunto técnico, pero en realidad es geopolítica pura. Durante las próximas décadas la capacidad para producir modelos, chips, centros de datos, software, estándares digitales y sistemas de pagos definirá una parte considerable del poder mundial. China entiende que si consigue que países emergentes utilicen infraestructura y estándares tecnológicos vinculados a su ecosistema, habrá construido influencia mucho más duradera que la conseguida mediante cualquier discurso antioccidental.

Sin embargo, Nueva Delhi mostró también los límites del bloque. El conflicto de Medio Oriente obligó a una delicadísima negociación para conseguir una declaración aceptable tanto para Teherán como para Abu Dhabi. El documento pidió “máxima contención”, diálogo y soluciones diplomáticas, pero evitó convertir al grupo en frente militar o político alineado completamente detrás de Irán. Eso puede decepcionar a quienes quisieran un BRICS capaz de plantarse como contrapeso militar de Estados Unidos, pero quizá sea precisamente su fortaleza. Si se convirtiera en alianza ideológica, perdería buena parte de sus integrantes pragmáticos.

Incluso hubo una señal especialmente interesante: el encuentro facilitó un diálogo directo entre el presidente iraní Masoud Pezeshkian y el liderazgo de Emiratos sobre estabilidad y relaciones regionales. Ahí puede encontrarse una utilidad de BRICS que suele recibir menos atención. Quizá su éxito no consista en convertirse en una nueva OTAN, sino en servir como mesa donde países que no son aliados, e incluso pueden estar enfrentados, descubran que todavía tienen intereses comunes y necesitan hablar.

Eso cambiaría también la forma en que occidente debería mirar al grupo. Washington cometería un error si lo tratara automáticamente como una conspiración antiestadounidense. Cuanto más se presione a India, Brasil, Emiratos, Indonesia o Sudáfrica para que escojan bando, más atractivo puede resultar precisamente el espacio que BRICS les ofrece para evitar hacerlo. La mejor respuesta estadounidense no sería amenazar a quienes comercian con China o participan en mecanismos alternativos, sino demostrar que el sistema asociado con Estados Unidos sigue siendo el más confiable, innovador, abierto y atractivo.

Durante décadas, la superioridad estadounidense consistió en algo mucho más sofisticado que tener el ejército más poderoso. Millones querían estudiar en sus universidades, invertir en sus mercados, utilizar sus instituciones financieras, acceder a su tecnología, protegerse mediante sus alianzas y comerciar con su economía. Estados Unidos fue poderoso porque muchos querían acercarse, no solamente porque podían ser castigados si se alejaban. Cada vez que Washington sustituye atracción por coerción, amenaza a aliados, utiliza indiscriminadamente aranceles o convierte acceso a su mercado en instrumento de presión política, contribuye involuntariamente a aquello que BRICS necesita para crecer: países buscando otra puerta.

Eso no significa que China haya ganado. También Pekín debe responder preguntas incómodas. ¿Aceptará realmente una multipolaridad donde India, Brasil o África tengan autonomía, o únicamente la defenderá mientras reduzca poder estadounidense? ¿Permitirá condiciones verdaderamente equilibradas en sus relaciones comerciales? ¿Qué ocurrirá cuando sus intereses choquen con los de otros miembros? ¿Cómo convencerá a sus vecinos de que su creciente capacidad militar no terminará ejerciendo sobre ellos la misma presión que critica de Washington? Es fácil defender la multipolaridad cuando uno todavía no es la potencia dominante. La verdadera prueba llega cuando se obtiene suficiente poder para intentar dominar.

Rusia enfrenta otro dilema. Puede utilizar BRICS para demostrar que no está internacionalmente aislada y ampliar relaciones económicas, pero debe entender que muchos miembros no comparten su disposición a una confrontación permanente con occidente. El grupo puede ofrecerle comercio, diplomacia y mecanismos financieros alternativos; difícilmente aceptará convertirse en prolongación automática de la política exterior del Kremlin. India seguirá negociando con Washington, Brasil con Europa, Emiratos con Estados Unidos y China con todos aquellos mercados que necesite.

Ahí aparece la característica que quizá mejor defina BRICS: nadie manda completamente y nadie quiere obedecer completamente.

Y precisamente por eso resulta tan representativo del mundo que está naciendo.

No es una nueva Guerra Fría con dos bloques perfectamente definidos. Es algo mucho más complicado. Países que compran armas a Estados Unidos y petróleo a Rusia. Gobiernos que reciben inversión china y mantienen tratados de seguridad con Washington. Economías que comercian con Europa mientras utilizan instituciones financieras de BRICS. Naciones que quieren inteligencia artificial china, capital árabe, tecnología estadounidense y mercados europeos simultáneamente.

La vieja pregunta —“¿de qué lado estás?”— puede estar perdiendo utilidad.

La nueva puede ser: “¿qué puedes ofrecerme?”

Eso obliga también a América Latina y a México a pensar con mayor inteligencia. No tendríamos ningún interés en sustituir nuestra extraordinaria integración económica norteamericana por una aventura ideológica hacia BRICS, pero tampoco debemos interpretar la relación con Estados Unidos como obligación de ignorar un mundo donde India, China, Brasil, Golfo, África y Asia tendrán cada vez mayor importancia. México necesita fortalecer el T-MEC y simultáneamente ampliar relaciones, mercados, inversiones y presencia diplomática. Tener alternativas no significa abandonar aliados. Significa negociar con mayor fortaleza.

BRICS salió de Nueva Delhi más visible, más grande y probablemente más relevante que antes, pero sigue teniendo pendiente su pregunta esencial. Puede convertirse en una plataforma capaz de reformar gradualmente instituciones internacionales, ampliar financiamiento, abrir espacios al Sur Global y servir de puente entre potencias distintas. O puede caer en declaraciones grandilocuentes, rivalidades internas y la tentación de convertirse simplemente en foro de protesta contra Estados Unidos.

Si elige lo segundo, probablemente será ruidoso pero limitado.

Si consigue lo primero, puede transformar de verdad el orden internacional.

Porque su mayor fuerza no está en una hipotética moneda común ni en imaginar ejércitos marchando bajo una bandera BRICS. Está en algo más elemental: miles de millones de personas viven en países cuyos gobiernos ya no creen que todas las decisiones importantes deban pasar necesariamente por Washington, Bruselas o Londres.

Eso no significa que quieran que pasen por Pekín.

Y ahí está exactamente el punto.

BRICS ya pesa. Ahora debe decidir si quiere convertirse en otro centro de poder que exija obediencia o en una plataforma que permita a más países no tener que obedecer a ninguno.

Quizá su mayor éxito no sea derrotar a Occidente, reemplazar al dólar o crear una nueva hegemonía. Puede ser mucho más profundo: demostrar que países diferentes, con intereses incluso contradictorios, pueden construir espacios propios sin aceptar que alguien tenga que ser necesariamente el dueño de la mesa.

Si consigue eso, BRICS no habrá sustituido un imperio por otro. Habrá contribuido a construir un mundo en el que tener opciones sea también una forma de poder.

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