La sociedad es un maravilloso mecanismo evolutivo para continuar existiendo. Se basa en una empatía muy básica lejana al romanticismo clásico de “ponerse en los zapatos del otro”. Consiste en la supervivencia de los semejantes, primero de la tribú-familia, luego de los cercanos y parecidos. Entre los parecidos, están los otros, aquellos que parecen similares a nosotros, pero no tanto como para interesarnos genuinamente en que continúen existiendo. Luego los extraños, los extranjeros, esos que vienen de otras tierras o se ven o comportan de una manera tan diferente que no encajan dentro del concepto de pertenencia social que guardamos.
Frente a los mecanismos reptilianos para la supervivencia de la especie, las nuevas tecnologías en la guerra marcan un cambio sin precedentes. Por un lado, las guerras han cambiado y además de requerir militares en territorio, son necesarios operadores de drones capaces de construir estrategia letal, de atacar tras la observación. Al mismo tiempo, seguimos siendo humanos. Las pantallas ofrecen estímulos tan vividos que esa parte antigua del estímulo visual no tiene capacidad de distinguir lo verdadero de lo virtual, entonces los operadores de drones pueden familiarizarse con sus víctimas espiadas. Luego deben matarlos.
Los datos más recientes del Departamento de Asuntos de Veteranos (VA) muestran que en 2023 murieron por suicidio 6,398 veteranos, 44 menos que en 2022, lo que representa un 1.46% de todas las muertes de veteranos ese año. En términos diarios, el promedio fue de 17.5 suicidios de veteranos por día en 2023, de los cuales aproximadamente el 39% correspondía a veteranos que recibían atención reciente del sistema de salud VHA, y el 61% a otros veteranos fuera de ese sistema.
Un dato relevante para entender el riesgo es el vínculo con antecedentes de salud mental documentados es que entre 2022 y 2023, la tasa de suicidio entre veteranos con marcadores activos de riesgo conductual fue de 163.9 por 100,000, comparada con 40.7 por 100,000 entre quienes no tenían ese historial. Esto confirma lo que la literatura clínica sostiene desde hace años: el estrés postraumático y otros trastornos derivados del combate son factores de riesgo significativos, aunque no los únicos (se suman el aislamiento, el acceso a armas de fuego, problemas económicos y de salud física).
Una revisión de historiales médicos electrónicos de la Fuerza Aérea encontró que las tasas de síntomas de PTSD en operadores de vehículos aéreos no tripulados, o sea, drones, rondaban el 2-5%, en el extremo inferior del rango reportado en otro personal militar que regresa de despliegues de combate, y que un análisis que comparó directamente pilotos de UAV con pilotos de aeronaves tripuladas no encontró diferencias significativas en la incidencia de resultados de salud mental.
Los que matan con drones sienten tanta culpa como los que lo hacen con armas, en presencia plena. Por eso, se están matando después de ejecutar operaciones exitosas en videojuegos que son la vida real.
Otro estudio citado por firmas especializadas en veteranos señala que casi el 50% de los pilotos de drones reporta “alto estrés operacional”, y un 4% desarrolla PTSD clínico, cifra similar a la reportada en un estudio de la Fuerza Aérea donde el 4.3% de los operadores participantes reportó síntomas de PTSD de moderados a severos.
Una investigación independiente sobre el Departamento de Defensa concluyó que los operadores y pilotos de drones experimentan tanto PTSD como los pilotos de combate tradicionales, y la RAND Corporation acuñó el concepto de “intimidad de combate cognitiva” para describir la conexión emocional que desarrollan con sus objetivos.
En la misma línea, un estudio del Departamento de Defensa encontró que los pilotos de drones experimentan depresión, ansiedad y PTSD en tasas similares a las de pilotos de aeronaves tripuladas desplegados en Irak o Afganistán, y una encuesta de la Fuerza Aérea halló que entre 46% y 48% de sus operadores de drones reportaba alto estrés operacional.
Hace años dijimos que lo virtual es real cuando hablamos de intimidad y sexo, pero hoy vemos que la guerra es tan íntima como amar. Destruir es tan cercano como hacer el amor a alguien. Entonces, la lesión moral podría ser la causa principal del estrés de combate en pilotos de drones quienes, aunque vuelan misiones de combate desde una sala de control lejos del peligro físico, tienen una vista en alta definición del sufrimiento humano causado por sus ataques con misiles. Los modelos estadísticos de ese estudio sugieren una relación específica entre esa lesión moral y los síntomas depresivos del PTSD.
Un reportaje reciente de Military lo resume así: el patrón central es la vigilancia persistente de vidas humanas, decisiones de ataque tomadas a distancia y la culpa persistente después, lo que produce lesión moral, agotamiento e insomnio incluso en ausencia de peligro físico directo. Además, se señala que los tratamientos estándar para PTSD, basados en confrontar respuestas de miedo, no encajan del todo con las tripulaciones de drones, que requieren abordar la lesión moral y el “vaivén psicológico” de vivir dos vidas a la vez.
Esta paradoja, matar de día y volver a cenar con la familia por la noche, es descrita repetidamente en la literatura, pues los operadores pueden estar en modo de combate un minuto, lanzando un ataque desde un centro de operaciones oscuro, y al siguiente estar sentados a la mesa con su esposa e hijos, un contraste que dificulta el procesamiento del trauma. A esto se suma una carga laboral extrema, ya que mientras los pilotos tradicionales de la Fuerza Aérea acumulan cerca de 300 horas de vuelo al año, los pilotos de drones registran casi 1,800 horas anuales en turnos de 12 horas. No es casualidad que los mejores en videojuegos reciban invitaciones que no pueden distinguirse de manera sencilla. Bien pueden ser las fuerzas armadas o la maña, el hecho es que matar virtualmente tiene el mismo o un mayor efecto que hacerlo físicamente. Sentimos lo que vemos y quienes manejan drones, así como la guerra real, la que mata físicamente junto con la virtual, sufren tanto como los antiguos combatientes condenados a morir. Fuertísimo saber que los ojos no distinguen de lo simulado a lo real, percibimos la vida y la interpretamos como lo que es. Aún así, nos llenamos de estímulos y odiamos a los asesinos como si los operadores de esos drones tuvieran otra opción. Si la tuvieran, tal vez, algunos elegirían vivir.


