Claudia Sheinbaum llega a su Segundo Informe de Gobierno en una circunstancia muy distinta a la que enfrentó al inicio de su administración. Si durante los primeros meses el gran desafío consistió en demostrar que tendría un estilo propio frente al enorme peso político de Andrés Manuel López Obrador, hoy la prueba está en otro lado: demostrar hasta dónde puede gobernar México sin que la agenda de Washington termine condicionando la agenda nacional.

El 1 de septiembre no será solamente una fecha para presentar cifras, programas sociales, obras públicas o resultados en materia de seguridad. Será también un momento para medir políticamente a una presidenta que tiene enfrente a Donald Trump y una relación bilateral donde prácticamente todos los grandes asuntos mexicanos terminan cruzándose con Estados Unidos.

Seguridad, narcotráfico, migración, aranceles, inversiones, comercio y, por supuesto, la revisión del T-MEC. La relación con Estados Unidos se ha convertido probablemente en el mayor desafío externo de la administración de Sheinbaum. No es casualidad que la presidenta haya colocado una palabra en el centro de su narrativa: soberanía.

Su fórmula ha sido cooperación, pero sin subordinación. Una frase políticamente efectiva, aunque mucho más complicada de llevar a la práctica.

La propia Sheinbaum reconoció recientemente que mantiene una comunicación extraordinariamente frecuente con Trump: ha hablado 21 veces por teléfono con él. También confirmó que los equipos de ambos países permanecen negociando y dejó para después un encuentro bilateral formal. Eso permite entender la intensidad de la relación. Estados Unidos no es simplemente otro país dentro de la política exterior mexicana. Es nuestro principal socio comercial, destino fundamental de nuestras exportaciones, hogar de millones de mexicanos y el actor extranjero con mayor capacidad para impactar nuestra economía. Y ahora tenemos nuevamente a Donald Trump.

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Ahí está el problema. Trump entiende la política exterior fundamentalmente desde la negociación y la presión. Los aranceles pueden convertirse en instrumentos políticos; la migración, en herramienta electoral; y la seguridad fronteriza y el combate al narcotráfico pueden terminar mezclándose con las negociaciones comerciales. Sheinbaum incluso ha reconocido públicamente que negociar con Trump resulta complejo debido a su visión proteccionista y su intención de reindustrializar Estados Unidos. Por eso la revisión del T-MEC probablemente será una de las negociaciones más importantes de todo el sexenio.

México necesita conservar el acceso privilegiado al mercado estadounidense, pero también necesita evitar que cada año exista una nueva amenaza que genere incertidumbre sobre inversiones, exportaciones y cadenas productivas. Precisamente por ello el Gobierno mexicano ha planteado buscar acuerdos de fondo que den mayor certidumbre hacia adelante. Pero hay otro elemento.

Es relativamente sencillo construir un discurso de defensa de la soberanía frente a Washington. Lo complicado es demostrar que México cuenta con instituciones suficientemente fuertes para resolver sus propios problemas. Porque mientras Estados Unidos mantenga como argumentos el narcotráfico, el fentanilo, los cárteles, la migración irregular o la seguridad fronteriza, la presión continuará. La mejor defensa de la soberanía mexicana no necesariamente está en pronunciar discursos más duros contra Estados Unidos.

Está en construir un Estado mexicano más fuerte, un país capaz de perseguir a sus propios criminales, controlar su territorio, combatir la corrupción, garantizar el Estado de derecho y ofrecer certeza jurídica disminuye automáticamente los espacios para cualquier presión extranjera. Ese será uno de los grandes desafíos del tercer año de Sheinbaum.

Pero el Segundo Informe también tiene inevitablemente una lectura electoral. La elección intermedia de 2027 ya comenzó políticamente. Se renovará la Cámara de Diputados y estarán en juego gubernaturas, congresos estatales y cientos de presidencias municipales. Para Morena será la primera gran evaluación electoral del gobierno de Claudia Sheinbaum. Ya no será una elección sobre López Obrador.

Será una elección sobre ella. Ahí veremos si la presidenta consiguió trasladar hacia su propia figura la enorme fuerza electoral que heredó del obradorismo. También veremos cuánto pesa la economía, cuánto pesa la inseguridad y cuánto terminan influyendo las tensiones con Estados Unidos en el ánimo de los mexicanos. Porque una crisis comercial derivada de la relación con Washington podría convertirse rápidamente en un problema económico interno y posteriormente en un problema electoral. Por eso 2026 es un año bisagra: la revisión del T-MEC y las definiciones rumbo a las elecciones de 2027 colocan al gobierno frente a decisiones que tendrán consecuencias durante el resto del sexenio.

Claudia Sheinbaum llegará al 1 de septiembre con una posición política interna todavía poderosa. Pero el desafío de los próximos años será diferente al de los primeros dos. Ahora tendrá que administrar las contradicciones del poder. Mantener los programas sociales sin comprometer las finanzas públicas. Combatir realmente al crimen organizado sin permitir una intervención estadounidense. Defender la soberanía sin romper la cooperación. Negociar con Trump sin aparecer subordinada. Mantener el T-MEC sin aceptar cualquier condición. Y conservar unido y competitivo a Morena rumbo a 2027. Por eso quizá el dato más importante del Segundo Informe no estará en las cifras que presente mañana.

Estará en el mensaje político. Después de dos años, Claudia Sheinbaum ya no necesita demostrar únicamente que puede gobernar después de López Obrador. Ahora necesita demostrar que puede conducir a México frente a Donald Trump. Y esa historia apenas comienza.