Thomas Assheuer, en el semanario alemán Die Zeit, cita a Tucídides: “Los fuertes hacen lo que quieren, y los débiles soportan lo que deben”.
El autor sitúa entre los fuertes a los Estados Unidos de Trump y a la Rusia de Putin. A los débiles no los identifica. Me pregunté dónde ubicaría Assheuer al México de la presidenta Claudia Sheinbaum: si entre los Estados capaces de imponer su voluntad o entre aquellos condenados a padecer la injerencia de las grandes potencias.
No conozco la respuesta de Assheuer ni tengo posibilidad alguna de preguntarle. Así que daré mi propia opinión. Creo que Sheinbaum, enfrentando toda clase de desafíos internos y externos, ha optado por resistir para que México mantenga su autonomía frente a las grandes potencias.
Para Assheuer, periodista y filósofo, resulta evidente que los dirigentes políticos más poderosos buscan un retorno a la edad dorada del pasado de sus naciones —tal como la imaginan—. De ahí la pregunta fundamental del texto: “¿Acaso hemos aterrizado en medio de la Odisea de Homero?”.
Thomas Assheuer utiliza el poema de Homero para explicar la geopolítica porque la Odisea es el relato de un fatigoso, larguísimo y durísimo viaje de regreso no solo a casa, sino también —y sobre todo— al antiguo orden político.
Ulises (Odiseo) vivió una extenuante y terrible travesía de diez años entre tempestades, monstruos y sirenas capaces de destruirlo. Sobrevivió y al fin regresó a su patria, Ítaca. Allí eliminó a los usurpadores que ocupaban su palacio y restableció el antiguo orden.
Para Assheuer, la política contemporánea ya no vive la Ilíada, poema de guerra, sino la Odisea, el regreso a la patria. Es decir, los conflictos bélicos de hoy no buscan conquistar nuevos mundos, sino recuperar pasados idealizados.
Después de décadas de globalización —el viaje más ambicioso de la humanidad, que prometía superar los conflictos mediante la integración económica, la democracia y la cooperación entre las naciones—, poderosos líderes y movimientos políticos de creciente influencia, como Donald Trump, Vladimir Putin o la derecha nacionalista europea, sostienen que ha llegado el momento de regresar a un orden perdido: una supuesta edad de oro que cada uno imagina a su manera.
Para Trump, Ítaca es el capitalismo del siglo XIX en Estados Unidos. En cambio, para Vladímir Putin la patria a la que debe volver como un Ulises moderno es la Rus de Kiev. Para la derecha nacionalista europea, Ítaca es una nación no globalizada, cerrada y sin inmigrantes que no tengan la piel blanca, pues solo esa tonalidad representa la pureza de sangre.
No los menciona Assheuer, pero hay otros Ulises, quizá menores, cada uno con su propia Ítaca. Para la ultraderecha latinoamericana, Ítaca sería el retorno a la hispanidad y al orden virreinal: aunque ahora controlado políticamente por EEUU, siempre subordinado con nostalgia a la monarquía española. De eso, precisamente, tratará la XXX Cumbre Iberoamericana que se celebrará en Madrid en noviembre de 2026.
Tampoco menciona el colaborador de Die Zeit a China, Gran Bretaña o Israel. Xi Jinping busca restablecer el esplendor de legendarias dinastías. Gran Bretaña, con el Brexit, soñó con el retorno a su soberanía imperial de la era victoriana. El Ítaca de Benjamin Netanyahu es el regreso al Israel bíblico, con él como nuevo rey Salomón.
El problema de regresar al pasado que cada gobernante idealiza según su propia interpretación de la historia es que, como ocurre en el poema de Homero, el retorno exige expulsar —y aun destruir— a quienes son vistos como usurpadores. Ulises recupera su reino masacrando a quienes considera invasores de su palacio. Es la misma lógica de la persecución de inmigrantes dentro de Estados Unidos, del genocidio en Gaza, de la invasión rusa de Ucrania y de los ataques estadounidenses contra Irán.
Lo peor es que Putin, Trump y Netanyahu creen que han ganado sus guerras, aunque la cruda realidad demuestre que las han perdido. Así, engañados, se empeñan en retornar al pasado. No puede haber una situación peor.
Dos notables excepciones: la Unión Europea y México
El proyecto de la Unión Europea nació precisamente para no emprender jamás el viaje de regreso a ningún pasado imperialista o a sociedades asfixiadas por sus propios prejuicios raciales. En la Europa inspirada en ideales progresistas no hay una Ítaca a la que se desee volver, sino un viaje todavía más largo y complejo hacia la reconciliación entre las naciones, el fortalecimiento de la democracia y la cooperación multilateral. Una Europa que, desde luego, debe resistir los embates de sus propios enemigos internos: esas derechas que añoran las fronteras cerradas.
La Cuarta Transformación es también una excepción porque, sin dejar de admirar la grandeza del pasado de los pueblos originarios de México, desea seguir navegando —cualquiera que sea la duración de la travesía— hacia un futuro más igualitario, con más democracia y con programas eficaces para la erradicación de la pobreza.
Es verdad, “los fuertes hacen lo que quieren y los débiles soportan lo que deben”. Pero en el contexto del afán de las grandes potencias por retornar a sus pasados imperialistas, la posición del México de la presidenta Sheinbaum desafía esa lógica.
El México de la 4T y la Unión Europea de los derechos fundamentales mejoran la ecuación de Tucídides. Son la evidencia de que se puede aspirar, con realismo, a un mundo que supere la dominación o la sumisión. A la sociedad mexicana y a las mejores de Europa les toca ser el paradigma de la resistencia basada en la soberanía.
México saldrá adelante respaldado por sus principios humanistas que opera su firme diplomacia —labor que, por cierto, ha conducido correctamente el joven canciller Roberto Velasco—.
La presidenta Sheinbaum ha sabido administrar con dignidad la vecindad con EEUU, apelando a la cooperación y al respeto mutuo, a pesar de que Trump insiste en su Ítaca de “América para los americanos”. El vecino del norte, en su error histórico, se siente autorizado para intervenir ilegalmente en México, y lamentablemente existen grupos conservadores en nuestro país que lo apoyan hechizados por su propia Ítaca: la de Maximiliano.
En la obsesión de numerosos dirigentes por regresar a Ítacas autoritarias encuentro argumentos suficientes para justificar la inasistencia de México a la XXX Cumbre Iberoamericana de Madrid. No vale la pena que la Ítaca de la hispanidad se convierta en una celada en la que varios presidentes de la ultraderecha latinoamericana intenten ofender a la presidenta mexicana por sus posiciones progresistas.
No hay justificación suficiente para asumir el riesgo de que personajes impresentables como el argentino Milei, el colombiano De la Espriella, el salvadoreño Bukele o el ecuatoriano Noboa utilicen ese escenario para lanzarse contra Sheinbaum, además en nado sincronizado con la ultraderecha española.
Mejor, quince días después de la cita de Madrid, que Sheinbaum dialogue de igual a igual con las potencias en un foro mucho más relevante: la cumbre de APEC en China. Allí, la mexicana planteará la tesis de la resistencia soberana frente a los violentos Ulises que representan Putin y Trump, y ante el anfitrión Xi Jinping, otro Ulises que, aunque no ha desenvainado sus espadas, no dudaría en utilizarlas para consolidar su ideal del pasado imperial.
Sheinbaum no encaja en las categorías de Tucídides. Su actuación en el escenario internacional demuestra que existe una tercera posibilidad entre el imperio y la colonia: la resistencia soberana. En un mundo donde demasiados gobernantes sueñan con regresar a la Ítaca imaginaria de un viejo orden tan idealizado como autoritario, México apuesta por navegar hacia el futuro. El desafío de nuestro tiempo no consiste en restaurar pasados míticos de dominación y sumisión, sino en impedir que el despotismo, disfrazado de nostalgia, convierta ese antiguo orden en nuestro destino.



