La presidenta Claudia Sheinbaum conmemoró el 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, en Campo Marte con un acto militar dedicado a las mujeres integrantes del Ejército, la Fuerza Aérea y la Guardia Nacional. Los honores a la bandera fueron entonados por hombres. La ceremonia fue dedicada a las que han sacrificado bastante para crecer o mantenerse en un espacio esencialmente patriarcal y fundamentalmente machista, ese donde se gesta y se administra el monopolio legal del uso de la violencia. Ese espacio que es también hostil para ellas, donde se han denunciado todo tipo de casos como generales que asesinan a las mujeres que están en su estructura de trabajo como súbditas, aquellas mujeres que han sufrido acoso sexual y todo tipo de abusos. Ese mismo espacio donde sus compañeros dentro de batallones en las provincias como la de Veracruz o Chiapas han tomado como esclavas sexuales a las mujeres de los pueblos. Las han torturado. Las han violado, las han mantenido en el silencio.
Aunque esas víctimas no fueron parte del discurso oficial, el mensaje de encarnar una conmemoración en este día en el tono militar que se realizó fue un doble mensaje. Uno interno, de respeto y reconocimiento que puede calmar las inconformidades al interior de las instituciones de seguridad, heridas por la cantidad de pérdidas que los combates contra el narco van dejando especialmente en operativos como el que abatió a Nemesio Oseguera Cervantes, el Mencho. Fueron enfermeras y también personal femenino quienes enfrentan los cuidados y los estragos de lo que sucede.
La presidenta pronunció en su discurso una frase: “Y si alguna vez dudan de la grandeza de lo que hacen recuerden esto: detrás de cada paso suyo late el corazón agradecido de todo un pueblo y de toda una nación. Sigamos avanzando juntas.” Podría decirse desde la ingenuidad que se trata de un mensaje motivador para que las mujeres en las Fuerzas Armadas continúen haciendo su trabajo. Pero en lenguaje de análisis político anticipa dos posibilidades: la primera, una real inconformidad entre las bases de las Fuerzas Armadas frente a escándalos que vinculan a políticos y altos funcionarios como socios o beneficiarios de criminales, haciéndoles sentir como carne de cañón en una dinámica en que algunos de sus posibles jefes son beneficiados por el crimen mientras ellas y sus compañeros arriesgan sus vidas, sacrifican los tiempos de cuidado y se mantienen combatiendo a ras de tierra lo que arriba fomentan.
Esto podría relacionarse con la actitud que el secretario de la Defensa Nacional, Ricardo Trevilla Trejo, tuvo el día posterior al operativo en que el criminal cabeza del Cártel Jalisco Nueva Generación fue abatido. La manera en que tomó sus papeles del pódium parecía cargar molestia contenida. Entonces tendría sentido también la urgencia por cohesión y unidad con las propias Fuerzas Armadas porque lo sucedido es apenas una muestra de lo que vendrá. Una forma de anticipar que habrá guerra —no anunciada literalmente— contra criminales, más intensa, y que eso inevitablemente traerá bajas.
El mensaje externo, el que la presidenta da al mundo —especialmente a Estados Unidos y a América Latina después de que nuestro país fuera excluido del grupo que se une para combatir las fuerzas criminales— es también un recordatorio: ella es la Comandanta Suprema de las Fuerzas Armadas. Siendo mujer y con mujeres en sus filas, hay un símbolo de la fiereza y ferocidad con la que las mujeres son capaces de proteger a los suyos. Con una integridad moral intacta, con el comprobado halo de resistencia superior a la fuerza de patriarcas de otras naciones.
Un mensaje elegante y sutil que de nuevo dice: estamos listas (y listos, naturalmente) para la guerra. No solo la guerra contra los grupos criminales, sino para una guerra en la que defender nuestra soberanía involucre mantener nuestra propia existencia. El mensaje de que ante los retos del mundo no nos hacemos pequeñas. Que México es un país pacífico, lleno de historia y de mujeres líderes que construyeron al pueblo, a las instituciones que lo gobiernan y que también es uno que defiende su tierra.
Un mensaje duro sobre defender la existencia propia, así tenga que ser en las mismas claves y símbolos del patriarcado que se basa en la guerra y la fuerza, aunque la presidenta deje claro que ese no es nuestro primer paso. Que somos civilizadas: un país que opta por hablar y cumplir acuerdos, pero que no dudaría en defender las fronteras ante cualquier tipo de intervención no autorizada.
En ese mismo discurso, la mandataria también insistió en que el reconocimiento a las mujeres militares no puede separarse de una obligación institucional: erradicar la violencia dentro de sus propias filas. Subrayó que su gobierno mantiene el compromiso de prevenir, investigar y castigar cualquier forma de acoso, abuso o agresión dentro de las Fuerzas Armadas, un problema que durante décadas se mantuvo silenciado por la jerarquía y la disciplina castrense.
La presidenta planteó además que la igualdad de género dentro del ámbito militar no debe entenderse como una concesión otorgada por las estructuras tradicionales de poder, sino como un derecho que corresponde plenamente a las mujeres que sirven al país. En su lógica, integrar mujeres no significa desplazar a los hombres ni sustituirlos, sino ampliar la capacidad institucional incorporando talentos, perspectivas y habilidades que históricamente fueron excluidas.
También subrayó el valor simbólico que tiene la presencia femenina en el ámbito castrense para las nuevas generaciones. Hoy, dijo, miles de niñas mexicanas pueden observar a mujeres pilotear aeronaves, comandar unidades, participar en misiones de protección civil o intervenir en decisiones estratégicas. Esa imagen transforma silenciosamente el horizonte de posibilidades: las niñas comprenden que esos espacios también les pertenecen.
Sin embargo, la pregunta de fondo permanece abierta. ¿Qué significa que la emancipación femenina se exprese también en la posibilidad de participar plenamente en la maquinaria de la guerra? ¿Es una conquista de igualdad o una expansión del mismo sistema de poder que históricamente ha organizado la violencia? Es que los ejércitos son la institución patriarcal por excelencia y hay países que los han abolido y operan con policía ciudadana de alto nivel, sin los principios de exterminio del ejército, como Costa Rica (desde 1948) y Panamá en América, junto a Islandia, Andorra, Liechtenstein, Mónaco y el Vaticano en Europa. Las mujeres en el ejército y Fuerzas Armadas prácticamente han estado obligadas a instalarse como agentes patriarcales, masculinizarse, destacar su fuerza y su propia identidad. Pero ese no es el debate. El debate es la cohesión interna, el mensaje al mundo y el hecho de que en estas circunstancias, masculinizarse, patriarcalizarse y desplegar el poder en clave de hombre parece ser el único camino de supervivencia existencial para México. Y eso es durísimo.
La escena de Campo Marte deja esa tensión suspendida en el aire: mujeres marchando dentro de una institución construida para la guerra, mientras el país observa señales cada vez más claras de que los conflictos que vienen —contra el crimen o en defensa de la soberanía— exigirán exactamente eso: disciplina, fuerza y disposición al sacrificio. Inclusive, la idea de ese movimiento que pedía a los militares en los cuarteles y fuera de las ciudades en que militaban varios políticos que hoy cumplen roles como funcionarios ha desaparecido. Hoy legitimamos y reconocemos a la milicia, los queremos en nuestras calles, en nuestra mesa. El cambio de narrativa es señal de lo que se avecina.
Y esta vez, si otra guerra se libra u otra invasión hay que resistir, también tendrán rostro de mujer.



