En los últimos años, el debate público en México ha comenzado a cuestionar de manera más abierta los límites de los modelos tradicionales de desarrollo. El crecimiento económico, medido únicamente a través de indicadores macroeconómicos, ha demostrado ser insuficiente para responder a los problemas estructurales de desigualdad, exclusión y deterioro del tejido social que viven miles de comunidades. En este contexto, toma fuerza el concepto de prosperidad compartida como una alternativa ética y política que merece ser pensada con seriedad y profundidad.
La prosperidad compartida no puede entenderse como un simple objetivo económico ni como una consigna discursiva. Es una orientación de fondo que concibe el desarrollo como un proceso colectivo, donde el bienestar solo adquiere verdadero sentido cuando se distribuye de manera equitativa y se traduce en mejores condiciones de vida para la mayoría. Prosperar, desde esta mirada, no es acumular riqueza, sino crear condiciones reales de dignidad, inclusión y vida comunitaria.
Esta visión se aleja del paradigma individualista que durante décadas ha profundizado las brechas sociales. Frente a ello, la prosperidad compartida coloca a la comunidad en el centro del desarrollo, privilegiando la cooperación, la corresponsabilidad y el reconocimiento mutuo por encima de la competencia desmedida. No se trata de negar el valor del esfuerzo personal, sino de comprender que el bienestar duradero solo puede construirse cuando se camina junto a los otros.
El fundamento de esta propuesta es una ética humanista que reconoce a la persona como fin y no como medio. Bajo esta lógica, el éxito económico solo cobra sentido cuando se refleja en el acceso efectivo a derechos básicos como la educación, la salud, la vivienda, el empleo digno y la infraestructura social. El desarrollo deja de ser una promesa lejana y se convierte en una experiencia concreta en la vida cotidiana de las comunidades.
Desde una perspectiva filosófica, la prosperidad compartida dialoga con tradiciones éticas que subrayan la responsabilidad pública, la disciplina moral y la coherencia entre lo que se piensa y lo que se hace. Gobernar, en este sentido, implica asumir con templanza los desafíos colectivos y orientar las decisiones hacia el bien común, más allá de intereses inmediatos o personales.
En el plano institucional, esta visión invita a construir una forma distinta de gobernanza. Las políticas públicas requieren pensarse desde el territorio, reconociendo la diversidad cultural, los saberes comunitarios y las formas locales de organización como fortalezas reales del desarrollo. La transformación social no se impone, se teje desde abajo, con participación ciudadana y respeto a las identidades que dan sentido a cada comunidad.
Al mismo tiempo, la prosperidad compartida exige enfrentar de manera decidida la corrupción como una práctica que erosiona la vida pública. Sin integridad institucional, transparencia y rendición de cuentas, cualquier aspiración de justicia social pierde credibilidad. El uso ético de los recursos públicos es indispensable para reconstruir la confianza ciudadana y fortalecer la vida democrática.
Un elemento central de este enfoque es la inversión directa en las personas. Apostar por el desarrollo humano significa fortalecer capacidades, ampliar libertades y ofrecer herramientas para que cada persona pueda tomar mejores decisiones para su vida y su entorno. Este cambio supone invertir la lógica tradicional del poder y colocar al ser humano en el centro de las políticas públicas.
Avanzar hacia una prosperidad compartida requiere también liderazgos capaces de sostener una verdadera vocación de servicio, trabajar de manera colaborativa y asumir la política como una práctica ética cotidiana. Más que palabras, se necesita coherencia, resultados visibles y una mirada de largo aliento.
El horizonte de esta propuesta desde Chiapas es el buen vivir, entendido desde la visión de los pueblos mayas originarios de la región como el lekil kuxlejal, un concepto complejo que apunta al equilibrio entre dignidad, justicia social, comunidad y sentido de vida. En esta clave, la prosperidad compartida no es una utopía ni una promesa vacía, sino una forma concreta de repensar el desarrollo y de abrir caminos hacia un futuro más justo para México. En Chiapas este pensamiento ya ha comenzado a tomar auge. Seguiremos profundizando.





