Refutaciones Políticas

A lo largo de la historia del pensamiento político, una de las preocupaciones centrales ha sido cómo organizar el poder de manera que garantice orden, estabilidad, seguridad, libertad, igualdad y eficacia en el gobierno.

Desde Aristóteles hasta Foucault, pasando por Maquiavelo y Hobbes la cuestión del mando, la autoridad y la división del poder ha sido abordada desde distintas perspectivas, pero siempre con una constante: toda comunidad política necesita una dirección clara que articule la voluntad colectiva y preserve el interés general.

El presidencialismo, sin duda alguna, es una forma democrática y superior de organización política frente al parlamentarismo, no solo por su claridad institucional, sino porque es el único sistema en el que realmente se concreta la división de poderes y se alcanza una eficiencia política sostenida. En el presidencialismo hay un capitán al mando del timón de la república, una figura que concentra la responsabilidad del gobierno sin anular los contrapesos institucionales.

“El parlamentarismo no es democracia; es la oligarquía de los partidos que secuestran la voluntad política de los ciudadanos. Donde los partidos controlan el poder legislativo y el ejecutivo, no hay separación de poderes, hay partitocracia”, Antonio García-Trevijano.

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La filosofía política es la guía y en ella los clásicos siempre, desde la ciencia y la experiencia, mandan:

Aristóteles sostenía que toda comunidad requiere un principio rector que oriente la acción hacia el bien común. Un poder fragmentado conduce a la parálisis. El presidencialismo responde a esta necesidad con una autoridad clara equilibrada por otros poderes. Maquiavelo comprendió que los Estados fuertes requieren liderazgo firme. El presidencialismo permite decisiones estratégicas sin depender de mayorías cambiantes. Hobbes argumentó que una autoridad fuerte garantiza paz y seguridad. El presidencialismo moderno equilibra poder con controles constitucionales.

Foucault mostró cómo el poder se distribuye en estructuras claras. El presidencialismo ordena estas relaciones institucionales con legitimidad democrática. El presidencialismo brinda claridad, eficiencia política y responsabilidad democrática frente a la fragmentación parlamentaria.

Históricamente, el parlamentarismo no surge como una expresión democrática en el sentido moderno, sino como un mecanismo de defensa de las élites aristocráticas frente al poder concentrado de los monarcas. Sus orígenes se remontan a la Inglaterra medieval, particularmente a la Carta Magna de 1215 y al posterior desarrollo del parlamento como un espacio donde la nobleza terrateniente y el alto clero buscaban limitar las decisiones fiscales y políticas del rey, no para empoderar al pueblo, sino para proteger sus privilegios económicos y políticos.

Durante siglos, la representación parlamentaria estuvo restringida a una minoría social, excluyendo a las clases populares del ejercicio del poder. Incluso en los siglos XVII y XVIII, cuando el parlamentarismo se consolidó como sistema de gobierno, su lógica continuó siendo profundamente elitista, basada en censos de riqueza, linajes y propiedad. En este sentido, el parlamentarismo nace más como una arquitectura institucional para equilibrar a las élites frente al monarca que como una verdadera forma de soberanía popular, lo que contrasta con el presidencialismo moderno, fundado desde su origen en la elección directa del ejecutivo como expresión de la voluntad ciudadana.

En el sistema parlamentario resulta estructuralmente imposible la existencia de un gobierno dividido, pues el poder ejecutivo emana directamente de la mayoría legislativa y depende de ella para subsistir: un primer ministro solo puede gobernar si cuenta con el respaldo de una mayoría en el parlamento, ya sea de un solo partido o de una coalición negociada entre fuerzas políticas. Esto obliga a que el control del gobierno esté siempre concentrado en quienes dominan la asamblea legislativa, eliminando cualquier equilibrio real entre poderes y subordinando la acción gubernamental a pactos partidistas. En contraste, en el sistema presidencial sí es posible, y legítimo, que el ejecutivo y el legislativo pertenezcan a fuerzas distintas, permitiendo a los electores decidir si desean un gobierno unitario o uno dividido como mecanismo de contrapeso democrático. De esta manera, la configuración del poder no queda en manos de acuerdos entre élites partidarias, sino en la voluntad directa de los ciudadanos expresada en las urnas.

En suma, el presidencialismo ofrece liderazgo claro, democracia auténtica, división real de poderes y capacidad de acción política.

X: @RubenIslas3