Refutaciones Políticas
El lenguaje contemporáneo padece de una preocupante laxitud conceptual; llamamos a las cosas por nombres que no les corresponden y, en ese descuido, diluimos su esencia. En el imaginario colectivo, y desafortunadamente también en los planes de estudio universitarios, se suele utilizar como sinónimos dos términos que habitan dimensiones intelectuales no solo distintas, sino muchas veces antagónicas: el abogado y el jurista. Ante la confusión generalizada, y tras décadas de habitar las aulas y escudriñar las entrañas del poder, he decidido asumir una postura que para muchos resultará escandalosa, pero que para mí es un acto de honestidad epistemológica y dignidad ética: yo no soy abogado.
Afirmar que no se es abogado en un mundo que rinde culto al litigio y a la transacción podría parecer una claudicación. Para mí, es todo lo contrario. Proviene de un rechazo consciente a la mutación ontológica que esta profesión sufrió a partir del siglo XIX, se consolidó en el XX y se ha radicalizado en la hipermodernidad del siglo XXI bajo la mecánica liberal económica.
El abogado actual ha dejado de ser el heredero de aquella noble estirpe romana de los advocatus, aquellos llamados a defender la causa del desvalido apelando a la rectitud de la ley. El capitalismo tardío operó una taylorización de la profesión jurídica; convirtió el conocimiento legal en una mercancía y al profesionista en un engranaje sumiso de la línea de producción del capital. Hoy en día, las facultades y escuelas de derecho no forman mentes críticas; maquilan operarios técnicos entrenados para el eficientismo estadístico, la cuantificación de la hora facturable y el diseño de sofisticadas ingenierías financieras capaces de blindar los intereses corporativos por encima de los derechos fundamentales. El abogado contemporáneo no busca la justicia; busca la eficacia de la regla en el caso concreto al mejor postor. Se ha convertido, en sí mismo, en una mercancía que se vende en el mercado del litigio.
Frente a esa degradación mercantil, reivindico la figura del jurista. Si el abogado es un técnico del libre mercado, el jurista es un sabio de la sociedad, un filósofo del poder y un custodio de la racionalidad axiológica de la norma. Al jurista no le obsesiona ganar un pleito mediante el uso leguleyo de una laguna procesal; le apasiona desentrañar la genealogía de la norma, la arquitectura del sistema y las dinámicas del poder (la kratología) que determinan el ser y el deber ser del derecho. Mientras el abogado opera instrumentalmente dentro del tablero que el capital le diseña, el jurista cuestiona la legitimidad misma del tablero.
No soy abogado porque me niego a tasar el pensamiento en bloques de quince minutos. No soy abogado porque considero que el derecho no es un catálogo de herramientas utilitarias para la elusión o el sometimiento, sino un dique ético contra la tiranía y la asimetría social. Decía Mallarmé que la misión del poeta era “dar un sentido más puro a las palabras de la tribu”. Mutatis mutandis, la misión del jurista es devolverle la pureza, el misterio y el carácter sagrado a la justicia, limpiándola de la marea sin honor del utilitarismo mercantil. Por todo ello, con orgullo y convicción intelectual, prefiero habitar la incómoda trinchera del pensamiento crítico: soy jurista, y precisamente por eso, jamás seré abogado.
X: @RubenIslas3



