Desde el comienzo de la administración de Donald J. Trump, la aviación del vecino país ha entrado en una espiral descendente. La falta de interés del mandatario norteamericano en la gestión correcta de su industria aérea es más que notable.

El año pasado la industria aeronáutica norteamericana vivió una verdadera crisis con el cierre total del gobierno, mismo que duró más de 40 días, y ahí quedó al descubierto que les falta personal de tráfico aéreo.

Y es que los trabajadores que actualmente operan en los aeropuertos gringos, francamente están sobreexplotados, y rebasados en muchos sentidos, por ejemplo, la tecnología con la que cuentan es deficiente, y en muchos casos obsoleta. ¡Ojo!, no estamos hablando de un país del “tercer mundo”, sino de la supuesta potencia mundial.

Todo comenzó con una idea neoliberal: “adelgazar la carga del Estado”; bajo esa premisa, se hicieron recortes basados en el fin de la política DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión), que tanto le molesta a Donald Trump y a sus seguidores, por considerarla una “mamarrachada progre”. La verdad es que ese fue el pretexto que utilizaron para el “adelgazamiento” de la nómina del gobierno, y con ello empujar a la privatización de varias de sus agencias.

Hoy por hoy la mayoría de los aeropuertos del vecino país son administrados por el gobierno; pocos son los que están bajo manos privadas. Quienes hemos vivido muy de cerca la aplicación de las políticas neoliberales, sabemos bien que uno de los primeros pasos para privatizar, es provocar el colapso, y con ello tener el pretexto ideal para imponer la narrativa de que es necesario quitarle esa función al Estado.

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En las redes sociales he podido leer comentarios de usuarios de varios de los principales aeropuertos de los Estados Unidos que en estos días se han convertido en un caos. Curiosamente muchos de ellos comienzan a exigir la privatización de los servicios que brindan los trabajadores de la Administración de Seguridad en el Transporte (TSA, por sus siglas en inglés), y la verdad, no me resulta nada extraño.

Estoy segura de que Trump, junto con su círculo cercano, ya tienen muy claro quiénes de sus “amiguitos” y socios se verían beneficiados con la privatización del servicio de seguridad en los aeropuertos. Porque para el republicano naranja la presidencia de su país solamente se ha tratado de hacer negocios, y sobre eso hay muchos ejemplos, pero ese no es el tema principal que nos ocupa.

Quiero referirme al desinterés que muestra Trump ante su industria aérea, que además está afectando a otra gran manufactura: la de turismo; desde que asumió el cargo como jefe de la nación vecina, hemos visto una caída continua en los vuelos desde y hacia su país, que nunca antes se había dado. Y lo preocupante es que parece que no le importa en lo más mínimo, pues ni siquiera llega a ser tema de conversación.

Mientras a nivel global todas las líneas aéreas estaban creciendo, después de la pandemia de Covid-19, las aerolíneas norteamericanas experimentaron una caída; no durante un mes o dos, sino todo lo que lleva la gestión de Trump, lo cual es sorprendente. En lugar de impulsar el crecimiento, haciendo más sencillo viajar a los Estados Unidos, va en sentido contrario con la serie de políticas migratorias que ha impuesto, y lo único que ha logrado es ahuyentar a los pasajeros.

Si a eso le sumamos la sobreexplotación del personal de Control de Tráfico Aéreo (CTA), mal pagado y el que debe trabajar con equipos obsoletos, enfrentando cierres totales y luego parciales de gobierno, más la incertidumbre de estar en guerra, con el alza del costo de combustible y todo lo que deriva de ello, claramente veremos el indeseable caldo de cultivo de inseguridad en las operaciones aeronáuticas del vecino país.

Debo ser muy clara e insistir que está ocurriendo en la supuesta primera potencia del mundo, y no en un país, pequeño y aislado, del sur global. No se trata de una nación emergente obligada a hacer lo que puede, con lo que tiene, y hasta donde se puede. Estamos presenciando que el país más poderoso del orbe no puede garantizar el pago a sus trabajadores de seguridad aeroportuaria.

Es una ridiculez el despliegue del personal del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), en los aeropuertos, pues carecen del adiestramiento para llevar a cabo el trabajo de un TSA; no saben operar las máquinas de los filtros, lo que he alcanzado a ver, es que hasta el momento no han logrado disminuir las largas filas en los aeropuertos.

El despliegue del ICE en 14 terminales aéreas del vecino país tiene una segunda intención, y es que, con su presencia, a la gente le de miedo viajar, y con ello disminuir la afluencia de los pasajeros en los aeropuertos, porque en realidad lo único que va a ayudar al gobierno de los Estados Unidos, es acabar con el cierre parcial que tiene el gobierno.

Es impresionante que hoy los Estados Unidos sean incapaces de proveer operaciones seguras. De por sí hoy en día la aviación en general está siendo golpeada por el alza en el combustible, la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA, por sus siglas en inglés), sigue presionando para que las líneas aéreas no se desvíen de la ruta de la descarbonización de la industria aérea, pero ¿con qué cara se les pide esto? Si tan solo en lo que va del conflicto bélico -según el medio The Guardian- “se han emitido cinco millones de toneladas de gases contaminantes”.

No podemos dejar a un lado que, por considerar que se trata de un “engaño y estafa”, en 2017, y luego en 2025, Trump sacó a su país de los Acuerdos de París, cuyo principal objetivo es el combate al cambio climático.

Con todo lo anterior, ¿ya podemos hablar del desastre en la aviación norteamericana? Este 31 de marzo cumplo 28 años dentro de la industria aérea, y en lo que he estudiado sobre la historia de aviación, jamás había presenciado tanto desaseo en la gestión aérea. De verdad, Estados Unidos solía ser un referente de cómo se debía gestionar la aviación comercial para el resto del mundo.

Eso ha quedado muy, pero muy atrás. Ahora el país más poderoso nos muestra cómo no se debe manejar la industria aérea. En todo este desaguisado no he sumado a Boeing, la fabricante de aviones norteamericana que sigue sin atravesar por su mejor momento.

Una realidad que se debe afrontar es que, a Estados Unidos, por lo menos la actual administración, lo que menos le importa es la gestión de su país, están más concentrados en aumentar sus fortunas personales, y hoy es palpable esa situación, no es algo que uno se esté inventado.

La falta de pago a los trabajadores federales, el desvío de fondos a una guerra fútil contra Irán, por la instigación de Israel, y las declaraciones de Trump -cada vez más fuera de este mundo- con la finalidad de manipular los mercados de acciones, dejan muy en claro cuál es su prioridad, y en el caso que nos ocupa, definitivamente no es brindar un buen servicio a los usuarios de transporte aéreo.

Con la antesala del Mundial y la ceguera selectiva de la FIFA no pinta nada bien el panorama. Si ahorita ya están colapsados los aeropuertos y la turbosina sigue subiendo por el conflicto bélico, no sé cómo vamos a llegar al mes de junio. Porque las decisiones unilaterales de Trump lamentablemente afectan a todos en el planeta.

Seguiremos muy de cerca cómo se van dando los acontecimientos. Observaremos si este cierre parcial que comenzó el 14 de febrero dura más que el cierre total de octubre del año pasado, que duró más de 40 días.

Cierro con lo siguiente: lamento muchísimo el fallecimiento de los pilotos del vuelo de Air Canada Express, un avión modelo Bombardier CRJ900, procedente de Montreal, con 76 pasajeros a bordo, y cuatro personas más, como personal de cabina. Hoy repito lo que decimos en el gremio: los tripulantes no mueren, solo vuelan más alto.