Reforma publicó este sábado, con ese tono tan suyo de anunciar catástrofes que no existieron, no existen y nunca llegarán: “Tras el fracaso educativo de México en la prueba PISA, el gobierno federal regresará al libro de matemáticas que fue suprimido en 2023 por decisión de Marx Arriaga, quien fuera subsecretario de Educación con AMLO”.

¿Fracaso educativo? Qué falta de seriedad. Los resultados de PISA no han sido del todo buenos para México. Tampoco para otros países, algunos inclusive muy famosos por su producción tecnológica y científica —Alemania, Japón, Suecia, Francia—; hablo de la medición reciente y, sobre todo, de las de años anteriores, que sirvieron en tales naciones para corregir deficiencias. Y se corrigieron.

Desde luego, los resultados de la prueba de la OCDE también arrojaron que hay cosas que se hacen bien. Durante su visita a Oaxaca, la presidenta Claudia Sheinbaum reconoció al magisterio y destacó que, en tal evaluación, los estudiantes de México valoran el acompañamiento de sus profesores. El nuestro es uno de los países donde los alumnos señalan en mayor medida que sus maestros permanecen con ellos y los apoyan hasta el final. México, por cierto, como ha subrayado la mandataria, mejoró en ciencias, lo que resulta notable.

Pero la prueba PISA sin duda ha exhibido deficiencias. Entonces, hay que aplicar las medidas adecuadas para superarlas. En la lógica de que se debe corregir lo que no funciona, resulta bastante mediocre la lectura que hace Reforma. Según el periódico de la familia Junco, que el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum utilice los resultados de la evaluación para modificar políticas educativas parece ser una prueba más del fracaso. Pero, más bien, desde una lectura objetiva, esa es la evidencia de las ganas de superar problemas y de aplicarse en mejorar la situación.

Extraña manera de entender para qué sirven las evaluaciones.

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PISA, desde luego, no es una prueba infalible y sus resultados no explican por sí solos todos los problemas de un sistema educativo. Pero precisamente una de sus utilidades es detectar rezagos y permitir que los gobiernos corrijan. Eso ha ocurrido en países desarrollados.

Alemania es el ejemplo más contundente. Los primeros resultados de PISA, publicados en 2001, provocaron lo que se llamó en aquel país el PISA-Schock. Una nación orgullosa de su sistema educativo descubrió que sus estudiantes estaban por debajo de la media de la OCDE y que existían enormes desigualdades vinculadas con el origen social.

¿Qué hizo Alemania? Primero lo que no hizo: no convirtió los resultados en una guerra partidista o politiquera. Después lo que sí sucedió: el gobierno alemán utilizó los datos para compararse con países mejor evaluados, diseñar estándares internacionalmente aceptables y adoptar prácticas basadas en evidencia exitosa. Así, se tomaron medidas de política pública, como programas para reducir las desigualdades e incrementar el número de escuelas de jornada completa.

Japón hizo algo parecido. Retrocedió en PISA y, de inmediato, abrió un debate sobre su modelo de yutori kyōiku (educación sin presión), modificó sus estándares curriculares y aumentó las horas de enseñanza.

Finlandia, que durante años llegó a ser presentada como el modelo educativo perfecto por sus extraordinarios resultados en PISA, en 2015 comenzó a registrar un descenso sostenido en matemáticas. La caída provocó un fuerte debate sobre si la digitalización intensiva de las aulas, la reducción de las asignaturas tradicionales y el exceso de autonomía de los alumnos habían terminado debilitando algunas habilidades fundamentales; el resultado fue una revisión de métodos y políticas educativas.

Suecia ofrece otro ejemplo de cómo PISA puede desencadenar una revisión profunda: tras el repunte de sus resultados en 2018, se cuestionó la exclusión de un número inusualmente elevado de alumnos, especialmente inmigrantes recientes, lo que llevó a revisar la validez de la comparación. La Comisión Europea y académicos locales acusaron al gobierno de maquillar y falsear los datos. El episodio alimentó el debate sobre las políticas educativas suecas y contribuyó al giro posterior hacia menos pantallas y un mayor uso de libros de texto impresos.

Francia ofrece un ejemplo particularmente importante: PISA reveló en las evaluaciones de 2012 y 2015 una desigualdad educativa muy elevada, pues el origen socioeconómico de los alumnos influía en su desempeño mucho más que en numerosos países de la OCDE. El hallazgo provocó una fuerte discusión política y llevó a los gobiernos de Hollande y Macron a impulsar medidas de discriminación positiva, entre ellas la reducción del tamaño de los grupos en las escuelas de zonas desfavorecidas.

Otros países han utilizado PISA para revisar sus políticas, sus métodos y hasta la manera en que interpretan sus propios resultados.

Pero aquí Reforma descubre algo “escandaloso”: que México quiera cambiar cosas después de conocer los resultados de una evaluación.

Eso, más que escandaloso, debería ser motivo de una ovación. Queda claro que tanto la presidenta Claudia Sheinbaum como el secretario de Educación, Mario Delgado, analizaron los datos de PISA y se pusieron a hacer la tarea.

Tiene mucho de positivo recuperar un libro de matemáticas que pueda contribuir a mejorar el aprendizaje. Ya se verá qué otras medidas tomar, como la de restringir los celulares en las aulas porque distraen a los alumnos.

Corregir no es aceptar ningún fracaso. Corregir es mejorar. El verdadero fracaso sería obtener información sobre lo que no funciona y decidir no hacer nada.

Por cierto, Reforma parece olvidar convenientemente otro dato fundamental: los problemas educativos de México no nacieron con la 4T. El gobierno de izquierda más bien busca corregir deficiencias endémicas.

PISA lleva evaluando a México desde el año 2000. Los rezagos en matemáticas, lectura y ciencias son producto de problemas acumulados durante muchos años y muchas administraciones.

Pretender que la evaluación reciente es una factura que debe pagar exclusivamente la 4T no es análisis educativo. Es una manera bastante primitiva de hacer oposición política. Pura politiquería, pues.

Quienes editan Reforma —como muchas otras personas de la comentocracia mexicana— al analizar los resultados de PISA demuestran que reprueban en la comprensión de la lectura de la realidad mexicana. En el caso mencionado por ese periódico, México simple y sencillamente hace lo correcto: si algo sale mal, se corrige. Como lo entendió Alemania después del PISA-Schock. Y Japón, Finlandia, Suecia, etcétera.

Lo lamentable es que Reforma, en lugar de preguntarse si las correcciones son adecuadas o suficientes, se indigne porque ¡el gobierno se atreve a corregir!

Queda claro que el problema no está en PISA, sino en la comentocracia que lee sus resultados.