LA POLÍTICA ES DE BRONCE

El Comité de las Naciones Unidas contra la Desaparición Forzada publicó su informe respecto a este problema en México y solicitó al Secretario General de las Naciones Unidas remitirlo a la Asamblea General de las Naciones Unidas.

El informe consta de 178 párrafos, pero, en su aspecto más relevante, el Comité concluyó que la información que ha recibido “parece contener indicios fundados” de que en México se han cometido y se siguen cometiendo desapariciones forzadas como crímenes de lesa humanidad, “basándose en su evaluación de que se han producido múltiples ataques generalizados o sistemáticos contra la población civil en diferentes momentos y en distintas partes del país”.

La respuesta del gobierno mexicano no se hizo esperar: la Secretaría de Relaciones Exteriores, ya bajo la coordinación de Roberto Velasco; la de Gobernación; y la propia presidenta de la República rechazaron dicho informe por considerarlo tendencioso y parcial. Varios más se envolvieron en su bandera nacional y se inmolaron ante la patria a través de las redes sociales, condenando la injerencia y parcialidad de este comité de expertos de las Naciones Unidas.

Aquí surge una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿quién se equivoca? ¿Quién tiene la razón? Como dice el dicho: es bueno creer, pero es mejor no creer. Leí el boletín del Comité de Naciones Unidas; en algunos párrafos me pareció ambiguo. Leí el comunicado conjunto de Gobernación y Relaciones Exteriores: destilaba nacionalismo.

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Leí el informe del Comité. Los 178 párrafos. Y la verdad, me decepcionó. Supuse, erróneamente, que los expertos de Naciones Unidas habían hecho un trabajo exhaustivo e integral del grave problema de las desapariciones en México. Porque lo que más necesitamos en estos momentos son diagnósticos confiables de diversas problemáticas sociales.

Desconozco si el redactor de la respuesta del gobierno mexicano leyó únicamente el boletín de Naciones Unidas o revisó —decir que estudió sería mucho— dicho informe, porque optó por lo fácil, la respuesta política confiable: la descalificación y la acusación de injerencia, la respuesta autocomplaciente. Lo cual pone en evidencia la falta de capacidad de dichas instituciones para contrastar párrafo por párrafo un documento de esta naturaleza.

Lo que me sorprendió es que la presidenta Claudia Sheinbaum, en esta ocasión, no aplicó la estrategia de Kalimán: serenidad y paciencia. Cabeza fría. Y, al menos en dos conferencias mañaneras, abordó el tema en franca descalificación. Por supuesto que se pueden criticar y contrastar los datos del informe con las acciones que los gobiernos de la Cuarta Transformación han legislado y puesto en práctica para combatir el fenómeno de las desapariciones forzadas, pero no se puede negar una realidad que las propias cifras del gobierno han consignado recientemente: 130 mil personas desaparecidas de 2006 a la fecha.

Por supuesto que una resolución de las Naciones Unidas, en la que se considerara como crimen de lesa humanidad la situación en México, afectaría la imagen del gobierno de la República; pero la solución no es descalificarla, sino gestionarla con inteligencia, diplomacia y política; aprovechar a Naciones Unidas como un catalizador para supervisar, evaluar y corregir las políticas que en México se han desplegado en esta materia. En última instancia, lo que verdaderamente importa es que las personas desaparecidas y sus familiares reciban justicia.

La presidenta presentó un informe de personas desaparecidas muy importante, que no ha recibido ni el análisis ni la atención que merece. Es un informe que puede ser el primer paso para enfrentar, con un nuevo enfoque y de manera integral, este problema que afecta a miles de familias cuya vida se ha vuelto un infierno.

Los bonos y el prestigio de las Naciones Unidas están a la baja en estos momentos. Donald Trump le ha quitado su apoyo y, por decir lo menos, trata de desaparecerla; pero hoy por hoy es el organismo multilateral más importante del mundo y, más que descalificarlo, conviene establecer una relación de colaboración.

Eso pienso yo. ¿Usted qué opina? La política es de bronce.