“La producción social de riqueza va acompañada sistemáticamente por la producción social de riesgos”.
Ulrich Beck
Si un pozo petrolero en Noruega llevara más de cien días incendiándose, sería un escándalo nacional. Si ocurriera en Canadá, habría comparecencias parlamentarias, investigaciones independientes y transmisiones en vivo de expertos explicando cada avance. En México apenas alcanzó para un escueto comunicado.
Hoy quiero hablar de eso, así sea someramente. Estoy consciente de que no es el tema político del momento, pero ese es justo el punto.
El pozo exploratorio KREM-1, ubicado en Las Choapas, Veracruz (¡dónde más!, ¿verdad señora Nahle?), sufrió un incidente el pasado 5 de marzo. Más de tres meses después, Pemex “informó” que seguía trabajando en las labores para extinguirlo. Durante ese tiempo, imágenes satelitales y registros de habitantes de la región mostraron la persistencia de las emisiones atmosféricas y de las columnas de humo.
Pero no exageremos. Seguramente se trata de una fogata patriótica. Una pequeña antorcha energética. Un fuego administrativamente controlado que, por alguna razón, solo ha necesitado más de cien días para comenzar a ser sofocado.
Así, lo verdaderamente extraordinario del caso no es la duración del siniestro. Es que el gobierno de la transformación apuesta por capacidad de acostumbrarnos a él. Algo así: un día de fuego es una emergencia, una semana es un problema serio. Más de cien días, ya se nos olvidó.
Pemex ha terminado beneficiándose no solo de nuestros impuestos transformados en cuantiosos subsidios, sino también de una curiosa política mexicana: toda crisis suficientemente prolongada deja de ser noticia. El escándalo se desgasta, la atención pública se desplaza y las preguntas incómodas de la prensa, medios y periodistas simplemente se evaporan. La indignación en México se extingue demasiado pronto. El incendio permanece, dejando interrogantes sin contestar. ¿Cuánto gas se ha consumido durante estos meses? ¿Cuál es el balance ambiental acumulado? ¿Qué monitoreo independiente se ha realizado sobre la calidad del aire en las comunidades cercanas? ¿Qué información puntual han recibido los habitantes de la región? Las respuestas son difusas. Y precisamente ahí comienza el verdadero problema.
Cito a Ulrich Beck al inicio de esta columna porque él sostenía que las sociedades modernas producen riesgos al mismo tiempo que producen riqueza. Hasta ahí, lógico. La diferencia entre unas y otras radica en cómo enfrentan esos riesgos. Algunas informan, corrigen y rinden cuentas. Otras administran el relato y esperan a que el interés público se fatigue. México, con Morena al frente, es de las segundas.
El episodio del KREM-1 no retrata únicamente un accidente industrial. Expone la manera que impera de gobernar las emergencias: minimizar, retrasar, dosificar la información y confiar en que la siguiente polémica termine sepultando a la anterior.
Quizá esa sea, además de las pérdidas millonarias, la enseñanza más inquietante de este pozo que no deja de arder. No que un incendio petrolero pueda prolongarse durante más de cien días. Sino que un país entero haya dejado de considerar eso un escándalo.
Cuando un pozo de Pemex puede incendiarse durante meses sin provocar una conmoción nacional, quizá el problema más grave ya no sea el humo que asciende al cielo de Veracruz. El mal está en la descomposición social que lo permite.
Y en la extraordinaria capacidad de este régimen para convencernos de que, incluso ante lo absurdo, aquí no pasa nada.



