“A mi lo que me está preocupando más es toda la violencia alrededor para que las cosas se sostengan. Me parece que FIFA y el mundial es solamente el pretexto, pretexto para domesticar a un pueblo que ya ha sacrificado su movilidad y el bienestar en el transporte público, los colores en sus bardas, en nombre de una fiesta y una ilusión para vivir rodeados de remodelaciones y construcciones.

Este es un experimento social en el que las personas en situaciones mas vulnerables y las excluidas de siempre están pasando por toda esta turistificación que está siendo cuidada y vigilada milimétricamente por cámaras, frente a la indignación colectiva, mientras por otro lado, no hay quien vigile a los feminicidas, a los vicarios ni a los acosadores, por lo tanto, estas cámaras y esta nueva vigilancia solo protege la escenografía que están montando.

La vida real se a pausado, nos han dejado a las excluidas sin paz, esta forma de turistificación de la ciudad va a importarse a todos los pueblos que lo permitan, el pretexto es FIFA, el orden y el embellecimiento, para tapar lo real, la imposibilidad de justicia, la falta de salud, educación, la falta de reconocimiento jurídico para las diversidades. Esto es poner en una charola de plata la ciudad para unos cuantos extranjeros mientras pisotea a los locales, sacrificando, como siempre y más que a todos, la vida de las mujeres, las excluidas de siempre. Porque, a quien le importa, si para ellos ya todas estamos muertas”.

Mientras las madres buscadoras siguen rompiéndose las uñas con esta tierra nuestra, empeñando sus guadalupes y vendiendo sus casas, esperando ser recibidas por la presidenta, el Zócalo está cerrado. Las gasearon, el otro día en su plantón, pero la ciudad está morada, se ve hermosa, ¿verdad?

Los candelabros en las estaciones del Metro son tan surrealistas que me recuerdan a aquellos tiempos en los que Potemkin recorría primero la Rusia campesina colocando escenografías y pintando la miseria, alfombrando el lodo para que cuando Catalina llegara con sus carruajes y sus dádivas se creyera que vivían en una Rusia próspera y ella, tan orgullosa de su progresismo siempre, sintiera que el país iba mejor que nunca bajo su mando.

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La única diferencia es que en esta ocasión no se trata de impresionar a la jefa suprema, sino que la jefa suprema trata de impresionar a los visitantes de otros países mientras el país se le cae en pedazos.

Los maestros y los campesinos están en líneas de lucha y tensión, pidiendo derechos que les han sido negados desde siempre y que ahora exigen a pesar de ser reprimidos con armas mortales, gases y amenazas.

Las mujeres seguimos esperando que los feminicidios sean atendidos como la emergencia nacional que son. La CDMX no es la ciudad de las mujeres, es la de las desapariciones, los feminicidios y las madres que buscan y no encuentran ni los huesos de sus hijas.

Los hombres en la sierra tarahumara están esclavizados por el narco y aún así una perito se atrevió a decirles a las madres que buscan que debieron educar mejor a sus hijos y así no estarían buscando.

Las pensiones de alimentos siguen siendo miserables y a los deudores aún no se les persigue de oficio ni se les aplican sanciones correspondientes a la gravedad del delito que implica dejar a un niño morir de hambre.

Por aquí seguimos en un país que se traga vivas a sus mujeres y nos regresa sangre, ríos enteros, sin justicia. Vivimos en un país donde la esclavitud es una realidad, donde los maestros tienen que atender a cuarenta niños en un salón caluroso en contextos de descomposición de tejido social, un país donde realmente no hay nada que celebrar, mucho menos un mundial para el que han desalojado a familias enteras de sus hogares, frente a lo cual la sociedad se ha organizado ollas comunitarias y montado campamentos sororos, ante la injusticia de ser desalojados por empresas fantasma que buscan rentar esos espacios a los extranjeros que llegan a vivir el mundial.

Vivimos en el país de la presidenta, así como otros vivieron en el de la emperatriz, sin que eso implique ningún cambio para las mujeres ni otros grupos vulnerables porque sin importar el género, quien sirve al poder, siempre sirve al poder.

Vivimos en el país de la trata infantil, un destino para el turismo sexual de los favoritos en el mundo para los pedófilos y no hay ninguna estrategia que hayan implementado para proteger a los niños mexicanos en un evento de tal magnitud, mucho menos a los que se encuentran en situación vulnerable.

Hoy, señoras y señores, vivimos en un país escenografía, montada sobre los cuerpos de las mujeres, los desaparecidos y sus madres, las mujeres que suben cien escalones con pañalera y niños en la espalda en la estación del Metro donde hoy luce un candelabro para los turistas.