Me presento:
Soy la que muerde.
La que ya no espera. La que se desmansa.
Ya no, hace mucho que ya no
Ya no te veo con ojos de amor
me los arranqué
(por si las dudas)
me cuelgan
lacios, sanguinolentos,
arrastran por el piso cuando camino
en cuatro patas
mis ojos miran la tierra, la consumen,
se mueren enterrándose en lo que el camino va dejando
(no conozco la compasión)
Atrás
Adelante
Estáticos
pero sin ti.
Soy la que muerde la mano que le dio de comer.
Soy la que afila las garras.
La que enseña los colmillos
La que saborea la sangre del hombre que dejaste de ser
(que nunca existió)
Bestias somos los dos
No importa, hace mucho me destrocé
el corazón, la lengua
y ahora muerdo mejor.
Nos dicen que no mordamos la mano que nos da de comer, que shhh, calladas, obedientes, todo funciona mejor. Que aspirar a una vida sin violencia es utopía y que mejor aguantemos.
Y si, aguantamos. Aguantamos el primer acercamiento de lovebombing, nos sentimos dueñas de la luna y las estrellas, después, los primeros indicios sutiles de que algo no está del todo bien. Gritos aquí y allá, quejas sobre la comida, la limpieza de la casa o la falta de ganas de tener sexo, claro, en el embarazo es difícil si no imposible, que sintamos deseo. Estamos literalmente construyendo un ser humano a partir de la voluntad de nuestro cuerpo.
Seguimos aguantando cuando el bebé nace la exigencia de la casa limpia, de generar más dinero, aunque estemos criando o bien, de dejar nuestro trabajo aunque lo amemos.
No siempre escala a golpes, pero siempre escala a descalificaciones y la amenaza que se cierne sobre nuestros cuerpos. Las violaciones, todas esas veces que cogemos con ellos sin deseo para aplacarles la bestia; las infecciones, las infidelidades que nos ponen en riesgo, el dinero limitado porque siempre hay para ellos, pero nunca para nosotras.
Y luego, cuando todo truena nos enfrentamos al sistema de justicia patriarcal que nos dice que, aunque a nosotras nos hayan violado, golpeado, amenazado, sobajado, privado de una vida digna o tumbado los dientes, es un buen padre y su hijo tiene derecho a convivir con tu agresor.
Te ves obligada a entregar tu ser más preciado a los brazos del monstruo, ante su sonrisa dentada, su regocijo, porque sabe que como nunca antes, tiene poder sobre ti: tiene a tus hijos entre sus fauces a solas, sin tu cuerpo en medio para protegerlos.
Nos piden que peleemos limpio, que esperemos, que recabemos pruebas, que esperemos, que confiemos en el mismo sistema estructurado para matar de hambre a nuestros hijos y esclavizar nuestros cuerpos mientras esperamos.
Esperar. Es eso lo que hemos hecho siempre, mansas. Esperar que él cambie, que las cosas cambien, que el infierno se termine, que te regresen a tus hijos en una pieza.
¿Pero qué pasa cuando una madre decide sacar las garras y afilar los colmillos?
Decidió dejar de esperar. Decidió dejar de ser la bien portada, la pobrecita, la que confía en que seguir esperando le concedería justicia. Ella prefirió atacar para recuperar a su hijo sustraído y en manos del agresor.
Sé que dirán que cómo defiendo lo indefendible, que la respuesta a la violencia no es más violencia, pero yo les digo aquí y ahora, que la delincuencia organizada SON USTEDES. Los violentos son ustedes. Los juzgados que retiran a los niños de sus madres, los que aceptan sobornos para blindar al agresor, los que autorizan 20% de pensión alimenticia como un lujo y no como una miseria.
¿Qué no somos iguales? Lo siento, pero yo me revolcaría en el lodo y dejaría de portarme bien, soltaría la espera y toda la educación de la mujer buena si eso me ofreciera al menos un margen de éxito para recuperar y resguardar a mis hijos. Ser igual que ellos para mí, es lo de menos.



