“El mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por quienes sí lo hacen”.
Arnold J. Toynbee
“You don’t do nothing, but you do it very well”.
Dire Straits, “Money for Nothing”
México ha perfeccionado, con notable consistencia, una figura administrativa que combina discreción presupuestal con invisibilidad operativa: el “aviador”. No es una categoría jurídica, desde luego, pero sí una práctica reconocible: ocupar un cargo sin que el cargo, necesariamente, ocupe a quien lo detenta. En posiciones intermedias, el fenómeno pasa casi desapercibido. En espacios estratégicos, en cambio, adquiere otra dimensión. Esto es, deja de ser anomalía para convertirse en herramienta.
El caso de Esteban Moctezuma Barragán, actual embajador de México en Estados Unidos, ilustra con particular claridad esta lógica. No porque su gestión sea inexistente —afirmarlo así sería más efectista que riguroso—, sino porque su presencia a últimas fechas parece diseñada para no alterar el curso de las decisiones relevantes. Más en un contexto donde la relación bilateral atraviesa tensiones simultáneas —comerciales, migratorias, de seguridad—, con un instrumento como el T-MEC bajo revisión constante y agencias como U.S. Immigration and Customs Enforcement (todo mundo lo conoce como ICE) endureciendo su actuación, cabría suponer que la representación diplomática mexicana tendría un papel activo, visible, incluso propositivo.
Pero no necesariamente...
Diversas lecturas dentro del propio entorno gubernamental sugieren que la interlocución sustantiva con Washington se ha concentrado en la presidencia de la República, con participación acotada de la cancillería y de la Secretaría de Economía. Una decisión que, bajo ciertas condiciones, puede considerarse pragmática: cuando el interlocutor es volátil, la centralización ofrece una ilusión de control (mucho se ha escrito sobre la relación Trump-Sheinbaum).
En ese diseño particular, sin embargo, la embajada deja de ser un nodo de operación para convertirse en un espacio de contención, y su titular, más que interlocutor, en una figura cuya principal virtud consiste en no interferir.
No es poca cosa. Porque, en términos de poder, la ausencia de protagonismo puede ser más funcional que un exceso de iniciativa. Un embajador activo podría abrir frentes, generar matices, incluso —en el peor de los casos— introducir variables no previstas. Uno discreto, en cambio, garantiza algo más valioso: previsibilidad absoluta. ¿Para qué un embajador influyente, si lo que se requiere es uno inocuo?
La permanencia de Moctezuma también se ha interpretado —en distintos círculos— en clave de política interna. Su cercanía pasada con el empresario Ricardo Salinas Pliego añade una capa de complejidad en un contexto de tensiones abiertas entre el gobierno federal y Grupo Salinas. Removerlo podría leerse como un movimiento con costos colaterales innecesarios; sostenerlo, en cambio, neutraliza el frente sin producir sobresaltos adicionales. No se trata, entonces, de una decisión diplomática en sentido estricto. Es, más bien, una ecuación de equilibrio político.



El problema es que ese equilibrio no es gratuito. Se sostiene trasladando costos: hacia el Servicio Exterior Mexicano, que observa cómo la posición más relevante del país se ocupa bajo criterios ajenos a la carrera diplomática; y hacia la propia noción de representación, que se diluye cuando quien representa lo hace, esencialmente, por omisión.
Conviene matizar: la diplomacia eficaz no siempre es visible ni se expresa en declaraciones públicas. Pero también es cierto que, en coyunturas críticas, la ausencia prolongada de señales termina por constituir una señal en sí misma.
En ese sentido, la expresión “mucho ayuda el que poco estorba” deja de ser un dicho popular para convertirse en una hipótesis de funcionamiento del poder. Funcional para una estrategia de concentración decisoria, sí; difícilmente sostenible como política exterior de largo aliento. De hecho, en ciertos círculos comienza a deslizarse —sin confirmación oficial, pero con insistencia creciente—, la posibilidad de una reconfiguración silenciosa en la conducción de la relación con Estados Unidos: menos embajada, más interlocución directa; menos diplomacia institucional, más gestión política desde el centro.
Si así fuera, el embajador no sería irrelevante. Sería, precisamente, lo que se necesita: alguien cuya presencia no altere el verdadero circuito de decisiones. Y eso, más que una anomalía, sería una definición.
Giro de la perinola
La comunicación política parece haber encontrado su propia versión de esta lógica: no incomodar a la narrativa, aunque la narrativa requiera ajustes.
Las imágenes difundidas recientemente sobre la actividad en el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA), cuestionadas por su aparente manipulación o por presentar una versión particularmente optimista de la afluencia, no constituyen un problema técnico. Constituyen un síntoma. No tanto por lo que muestran, sino por lo que sugieren: que la validación de una obra pública puede descansar en una imagen, incluso si esa imagen necesita ser, digamos, afinada.
Lo verdaderamente revelador no es si hubo o no alteración, sino la naturalidad con la que se asume su posibilidad. Como si un día lleno —aun siendo real— bastara para sostener una narrativa de éxito estructural.
La tentación de editar la realidad no es nueva. Lo que comienza a serlo es la prescindibilidad de la credibilidad. Y ahí, de nuevo, la lógica se repite: cuando la forma sustituye al fondo, la verdad deja de ser un requisito. Pasa a ser, apenas, una opción.



