Elijo tres tesis sobre la Cuarta Transformación desarrolladas por la presidenta Claudia Sheinbaum en su Segundo Informe de Gobierno:
(i). “Es una nueva manera de entender el Estado, no como espectador de las desigualdades, sino como instrumento de justicia y quizá ahí se encuentra una de las mayores transformaciones de nuestro tiempo: haber convertido el amor en política pública y la política pública en derechos que le pertenecen al pueblo de México”.
(ii). “Que nadie se equivoque, aquí no hay divisiones, aquí no hay rompimientos”.
(iii). “Solo con honestidad se dan verdaderamente resultados”.
No es fácil utilizar la palabra amor en un discurso político; es decir, sin caer en lo cursi. Sheinbaum lo logró: no solo evitó la sensiblería, sino que, con una muy afortunada expresión —“haber convertido el amor en política pública”—, explicó el mayor logro de la 4T: que, a diferencia de lo que ocurrió con el PRIAN, el presupuesto gubernamental se ha utilizado fundamentalmente para beneficiar al pueblo solo por amor al pueblo; aunque también (AMLO dixit) por pragmatismo: “Por el bien de todos, primero los pobres”, algo que, si no entienden las clases pudientes, terminará por hacer inviable a nuestro país.
La literatura demuestra que el amor es una fuerza extraordinariamente poderosa: la única capaz de ordenar y darle un rumbo cierto a situaciones de la mayor complejidad. Dante Alighieri concluye La divina comedia con uno de los versos más bellos y de mayor sabiduría: “El amor que mueve el sol y las demás estrellas”. En la obra del florentino, el amor es el eje vertebrador del cosmos, es decir, de todo lo existente.
Sheinbaum pudo llevar la idea de Dante —el amor como motor fundamental del universo— a la explicación de por qué la 4T invierte sobre todo en la gente pobre, algo que las clases medias y altas, enfermas de estadísticas macroeconómicas, no logran comprender.
Si el amor puede mover el sol y las estrellas, también puede hacer eficiente una política pública al convertir el cuidado de los demás, la solidaridad y la atención a quienes menos tienen en una obligación del Estado.
La canción más desgarradora de Agustín Lara también resulta oportuna en esta reflexión. Las políticas de bienestar social diseñadas por la presidenta Claudia Sheinbaum —bien aplicadas por la secretaria Leticia Ramírez— no se implementan mediante frías métricas. Se formulen en Palacio Nacional, pero estos programas operan a través del afecto como una voluntad transformadora. Una labor que, para quien la ejecuta en el territorio y en la cercanía con la gente, entraña una dimensión doliente (cito a Lara): “Permite que ponga en tus labios toda dulce verdad que tienen mis dolores para decirte que tú eres el amor de mis amores”. La pobreza duele y provoca rabia —la rabia de la indignación—, pero es precisamente ese dolor el que motiva a la gente de bien que llega a las posiciones de gobierno.
De la tristeza por el espectáculo de tantas personas pobres a las que, durante décadas, gobiernos tan autoritarios como insensibles no tendieron la mano, surge el coraje para actuar e intentar, por amor, mejorar su situación.
El citado verso de Lara tiene un complemento: “Solo respiro el aire que respiras tú”. Aquí el compositor expresa la empatía absoluta de quien ama, ahí donde la existencia propia se vuelve indivisible de la del ser amado. Trasladado a la función pública, esto implica que un gobierno decente no puede desentenderse de las carencias de sus gobernados.
En el ámbito del Estado, apelar al amor para fundamentar los programas sociales rompe con la frialdad de los tecnócratas del PRI y del PAN, cuyos modelos matemáticos fracasaron por ignorar la realidad del ser humano que sufre la marginación. Al quebrar esa lógica y articular la acción pública desde el afecto, la 4T logra una verdadera conexión con el pueblo.
Y entonces aparece la segunda tesis relevante del Informe: “Aquí no hay divisiones políticas”.
El amor, entendido como solidaridad, conduce naturalmente a una noción de comunidad que no puede ni debe fracturarse. Quien gobierna desde el cariño a la gente antes olvidada no lo hace para destruir a nadie, menos aún al que fue no solo el fundador del movimiento, sino el gran ideólogo del compromiso con los que menos tienen.
Ludwig van Beethoven aporta el fundamento filosófico. En la Novena Sinfonía incorpora la Oda a la alegría de Friedrich Schiller para celebrar la fraternidad: “Todos los seres humanos serán hermanos”. Difícil hallar una conexión más directa con la tesis expresada de Sheinbaum. La 4T no se dividirá jamás.
La Oda a la alegría no se basa en la ilusión de una sociedad sin diferencias. En una orquesta, la unidad no consiste en que cada ejecutante toque la misma nota con el mismo instrumento; consiste en que la totalidad del grupo —cuerdas, maderas, metales y percusiones— converja en la interpretación de una misma obra.
Sheinbaum no exige que en la Cuarta Transformación se sostengan puntos de vista idénticos. Sería imposible y, además, indeseable. Lo que demanda es que las divergencias no destruyan la causa común.
¿Existen diferencias entre la presidenta Claudia Sheinbaum y el expresidente Andrés Manuel López Obrador? Sin duda: de personalidad, de formación, ¡de género!, de edad e incluso en las formas de articular el pensamiento de izquierda. Sin embargo, en lo sustancial —en el amor a los pobres convertido en política de Estado— comparten la misma convicción y ejecutan la misma estrategia.
La armonía no es ausencia de diferencias, sino la capacidad de lograr que esas diferencias produzcan una obra común. Así, las dos frases de Sheinbaum adquieren una relación casi de álgebra musical: amor = fraternidad = unidad.
Primero, por amor se reconoce la necesidad de apoyar a quienes permanecieron en el olvido durante los gobiernos anteriores. Después, se asume la pertenencia a una comunidad política distinta, que tuvo un fundador, ya retirado, y que ahora cuenta con una dirigente que ejerce el mando con firmeza sin confrontarse con la figura del líder histórico. Finalmente, las distintas voces encuentran su cauce en una causa común.
La historia de México está llena de movimientos que fueron capaces de unirse para derrotar a un adversario y que, una vez alcanzada la victoria, resultaron incapaces de convivir con sus propias diferencias.
La Independencia enfrentó a los propios insurgentes. La Reforma dividió a los liberales. La Revolución devoró a sus grandes protagonistas.
Ha sido una constante en la historia de México la devoción por destruirse. Contra esa tentación histórica apela la presidenta Sheinbaum al invocar el amor y la unidad.
La presidenta no planteó una sociedad sin diferencias, sino una nación en la que las divergencias no destruyan el vínculo que une a sus integrantes, menos aún a los dos grandes liderazgos que la izquierda en el poder ha tenido: Andrés Manuel y Claudia.
“Haber convertido el amor en política pública” significa colocar la solidaridad en el centro de la acción del Estado; y “aquí no hay divisiones políticas” se entiende como que las diferencias jamás deben convertirse en fractura del proyecto común.
Pareciera que Sheinbaum adivinó el murmullo de buena parte de la clase empresarial presente en su Informe, que especulaba sobre una supuesta ruptura entre la presidenta y el expresidente. Repetían lo que leen en los diarios, escuchan en la radio y ven en la televisión, creyendo versiones interesadas que, simple y sencillamente, carecen de sustento.
En la 4T, el amor es el principio que hace posible la unidad. Una transformación victoriosa solo será duradera si se sostiene aprendiendo a amar a quienes forman parte de la misma comunidad, y particularmente al fundador que ya no actúa en política, pero que merece todo el reconocimiento.
Una sociedad puede sobrevivir a la discrepancia y avanzar en ella, pero difícilmente será viable si cae en el odio entre quienes alguna vez compartieron una misma causa.
Así entramos a la tercera idea fundamental del mensaje presidencial: “Solo con honestidad se dan verdaderamente resultados”. La 4T es eficiente porque la honestidad es la garantía del amor desinteresado hacia un pueblo que tanto ha sufrido; esa eficacia no se quebrará si se preserva la unidad en los liderazgos que sus adversarios atacan a diario.


