Donald Trump volvió a subirse al pedestal que él mismo se construyó para hablarnos desde las alturas del universo y sus alrededores. Esta vez aseguró que México prácticamente no tiene nada que ofrecerle a Estados Unidos salvo “tamales picantes y tomates” y que, si decidiera terminar el comercio con nosotros, su país no perdería nada.

Es Trump siendo Trump: hipérbole, desprecio, una pizca de ignorancia económica y la convicción permanente de que aquello que pronuncia desde el Despacho Oval se convierte automáticamente en verdad revelada. El problema es que los discursos pueden acomodarse al tamaño del ego presidencial; las cifras no. Y las cifras cuentan una historia muy distinta: México y Estados Unidos mantienen una de las relaciones comerciales y productivas más profundas del planeta, cercana al billón de dólares anuales cuando se suman bienes y servicios. Así que, con todo respeto para el emperador imaginario del comercio mundial, no son solamente tamales y tomates: México tiene bastante más que ofrecer y Estados Unidos nos necesita mucho más de lo que Trump quiere admitir.

Podríamos empezar, precisamente, por sus famosos tomates. No son una curiosidad gastronómica mexicana que los estadounidenses compran por caridad. Llegan a ese mercado porque millones de consumidores los demandan y porque productores mexicanos pueden abastecerlo de manera competitiva. Y los tamales tampoco necesitan defensa presidencial: han sobrevivido muchos siglos sin permiso de Washington. Pero reducir la relación económica entre ambos países a esos dos productos sería tan inteligente como afirmar que Estados Unidos solamente tiene para ofrecer hamburguesas, Coca-Cola y películas de Hollywood. Divertido para una sobremesa, quizá; inútil para entender la economía más integrada de Norteamérica. Porque Estados Unidos compra de México vehículos, autopartes, computadoras, maquinaria, equipo eléctrico, instrumentos médicos, productos electrónicos, cerveza, frutas, verduras y una enorme variedad de manufacturas e insumos industriales. México, a su vez, compra cantidades gigantescas de maquinaria estadounidense, gas natural, productos agrícolas, componentes, tecnología, plásticos y equipo industrial. Hay fábricas a ambos lados de la frontera cuya producción depende literalmente de que esa relación continúe funcionando, y una pieza puede fabricarse en México, cruzar hacia Estados Unidos, regresar incorporada en un conjunto y volver a cruzar antes de convertirse en producto terminado. Pero al señor que imagina el comercio internacional como una partida de Monopoly quizá haya que explicarle que una cadena de suministro no cabe fácilmente en una frase para televisión.

Trump vuelve además a utilizar el déficit comercial como si fuera dinero que los mexicanos sustraemos de una caja fuerte estadounidense durante la madrugada. Estados Unidos registró el año pasado un déficit considerable en su comercio de bienes con México y él lo presenta como una “pérdida”. No funciona así. Cuando un país importa más de lo que exporta recibe algo a cambio de ese dinero. En este caso recibe automóviles, computadoras, maquinaria, dispositivos médicos, alimentos, componentes industriales y miles de productos que compran sus consumidores o necesitan sus empresas. Puede debatirse si un déficit resulta demasiado grande, si determinados sectores requieren correcciones o si deben modificarse algunas reglas comerciales; todo eso es legítimo. Pero afirmar que el déficit equivale simplemente a perder dinero pertenece más al repertorio de un vendedor de feria que al análisis serio de una economía de más de treinta billones de dólares.

Y aquí aparece la ironía mayor.

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Mientras Trump explica que México no tiene nada indispensable, su propio gobierno lleva años intentando encontrar la manera de reducir la dependencia de China. Estados Unidos quiere menos componentes chinos, menos minerales procesados en China, menos baterías provenientes de China, menos vulnerabilidad tecnológica frente a China y más cadenas de suministro cerca de casa. Magnífico. El objetivo tiene lógica estratégica. Sólo hay un pequeño inconveniente para la teoría trumpiana: el país manufacturero grande, competitivo, integrado y geográficamente pegado a Estados Unidos se llama México. No Vietnam. No India. No Japón. México. Trump puede cambiarle nombres a golfos y lagos desde su escritorio si eso lo hace sentirse dueño del atlas, pero todavía no puede mover países. México seguirá teniendo más de tres mil kilómetros de frontera con Estados Unidos aunque al ocupante de la Casa Blanca le parezca poca cosa frente a la majestuosidad geopolítica del tamal picante.

Si Washington quiere depender menos de China tendrá que aprender a depender mejor de Norteamérica, y Norteamérica —por mucho que disguste a quienes imaginan que empieza en Texas y termina en Alaska— incluye a México y Canadá. Estados Unidos posee capital, tecnología, mercado e innovación; Canadá dispone de enormes recursos energéticos y minerales; México ofrece capacidad manufacturera, talento industrial, costos competitivos, experiencia exportadora y una ubicación imposible de fabricar mediante subsidios. Ninguno de los tres tiene todo lo que necesita; juntos tienen muchísimo más. Por eso la discusión rumbo a la revisión del T-MEC debería ser mucho más seria que las ocurrencias que Trump ofrece frente a las cámaras. La verdadera pregunta no es quién puede imponerle más aranceles al vecino ni quién puede presumir que tiene la economía más grande —ese dato ya lo conocemos—, sino cómo construir una plataforma norteamericana capaz de competir durante las próximas décadas con China. Ahí deberían discutirse semiconductores, baterías, minerales críticos, inteligencia artificial, automóviles, aeroespacial, telecomunicaciones, energía, agroindustria, dispositivos médicos y manufactura avanzada. Eso es estrategia económica. Lo otro es utilería electoral.

México, por supuesto, tampoco debe caer en el error contrario y pensar que Estados Unidos depende de nosotros mientras nosotros podemos vivir tranquilamente sin ellos. Sería otra tontería, sólo que envuelta en bandera mexicana. Nuestra dependencia del mercado estadounidense es enorme. La mayor parte de nuestras exportaciones va hacia allá, buena parte de nuestra industria está diseñada para abastecerlo y millones de empleos mexicanos dependen directa o indirectamente de esa relación. La diferencia está en reconocer que interdependencia no significa igualdad de tamaño, pero tampoco significa prescindibilidad. Estados Unidos es mucho más grande que México; de ahí no se desprende que pueda arrancar de su economía las cadenas mexicanas sin pagarlo en costos, inflación, desabasto, dislocaciones industriales y pérdida de competitividad.

Trump suele presentar el comercio como marcador deportivo: si exporté cien y compré ciento cincuenta, perdí cincuenta. Así de sencillo. Sólo que la economía moderna no funciona como el pizarrón de un estadio. Una automotriz estadounidense puede importar una pieza mexicana porque hacerlo le permite fabricar un vehículo más competitivo frente a Toyota, Hyundai o BYD. Un productor mexicano puede utilizar gas estadounidense, maquinaria alemana y software estadounidense para fabricar algo que después regresará al mercado norteamericano. ¿Quién ganó? Todos los que agregaron valor. ¿Quién perdió? Probablemente quien insiste en analizar esa red industrial con aritmética de primaria. Y mientras Trump nos explica que somos perfectamente reemplazables, las propias empresas estadounidenses llevan años explicando exactamente lo contrario. La industria automotriz advierte que aumentar excesivamente los costos o endurecer de manera irracional las reglas regionales puede perjudicar su competitividad. Los fabricantes saben que un arancel contra una autoparte mexicana puede terminar convirtiéndose en mayor costo para una planta en Michigan. Los constructores saben que gravar acero o aluminio no sólo afecta al productor extranjero; también encarece a quien los utiliza en Estados Unidos. Ése es el inconveniente de las cadenas productivas: no obedecen discursos presidenciales.

Hay, además, algo deliciosamente contradictorio en la amenaza. Trump dice que podría terminar la relación comercial con México “con una sola firma”, pero inmediatamente aclara que no piensa hacerlo y menciona su buena relación con Claudia Sheinbaum. Qué considerado. El monarca benévolo decide entonces permitir que continúe un intercambio cercano al billón de dólares porque le cae bien nuestra presidenta. Uno podría quedarse conmovido si no fuera porque existe una explicación ligeramente más terrenal: a Estados Unidos también le conviene. Ésa es justamente la parte que debería interesarnos más que la ofensa. No necesitamos responderle a Trump organizando una defensa nacional del tamal ni declarando al tomate símbolo de resistencia económica. Mucho menos caer en competencias de insultos. La respuesta más efectiva consiste en demostrar que México agrega valor y puede agregar muchísimo más.

Porque tampoco debemos conformarnos con ser fábrica barata al lado de Estados Unidos. Si esta nueva rivalidad entre Washington y Pekín abre una oportunidad histórica para México, hay que aprovecharla para subir en la cadena productiva: más ingeniería y menos simple ensamblaje, más proveedores nacionales, más investigación, más automatización, más inteligencia artificial aplicada a procesos industriales, más técnicos especializados, más certificación de competencias, más infraestructura, más energía disponible, más logística y más contenido tecnológico mexicano. La geografía nos regaló una ventaja, pero no nos regaló el éxito. Para eso hay que trabajar.

México necesita garantizar electricidad suficiente y competitiva, disponibilidad de agua donde se pretende ampliar corredores industriales, carreteras seguras, ferrocarriles eficientes, puertos capaces, aduanas modernas y certeza jurídica. Necesita formar trabajadores para las nuevas industrias y conseguir que la inversión extranjera no sólo deje edificios y empleos, sino conocimiento, productividad y mejores salarios. Si dentro de diez años presumimos que llegaron muchas plantas pero seguimos importando tecnología, componentes esenciales y talento especializado, habremos desperdiciado buena parte de la oportunidad. También necesitamos cuidar la relación comercial con inteligencia. Estados Unidos tiene derecho a exigir que México impida triangulaciones mediante las cuales productos chinos pretendan ingresar disfrazados de mexicanos, tiene derecho a discutir reglas de origen y a defender sectores estratégicos. México tiene exactamente el mismo derecho a exigir que Washington cumpla los compromisos que asumió, evite medidas arbitrarias y entienda que castigar componentes mexicanos puede terminar castigando productos estadounidenses. Eso se llama negociación entre socios. Socios, no súbditos.

Quizá ahí radique parte del problema conceptual de Trump. Está acostumbrado a imaginar cualquier negociación como relación entre ganador y derrotado. Si él gana, alguien tiene que perder. Si Estados Unidos prospera, el vecino necesariamente debe ceder. Pero la integración económica que se construyó durante más de tres décadas entre México, Estados Unidos y Canadá demuestra que puede ocurrir exactamente lo contrario: las regiones compiten mejor cuando aprovechan sus respectivas fortalezas. China entendió eso hace mucho tiempo en otra escala. Construyó ecosistemas industriales completos, no solamente fábricas. Invirtió en puertos, trenes, energía, educación técnica, universidades, baterías, minerales, electrónica, robótica e inteligencia artificial. Por eso competir con China no consiste en colocar un arancel nuevo cada martes y esperar un milagro el miércoles. Se necesita política industrial, infraestructura, tecnología, capital humano y cadenas seguras.

Y ahí Washington debería decidir qué quiere realmente. Si pretende reducir vulnerabilidades frente a China, necesita proveedores confiables y cercanos. Si quiere relocalizar producción, México es candidato natural. Si quiere fortalecer contenido norteamericano, una industria mexicana integrada puede ayudar. Si quiere competir en precio y logística, la proximidad mexicana vale enormemente. Pero si simultáneamente pretende golpear a México con barreras, humillarlo públicamente y tratarlo como proveedor descartable, terminará complicando su propio objetivo. No se puede construir una fortaleza norteamericana disparando contra las paredes que uno mismo necesita.

La disputa tecnológica entre China y Estados Unidos continuará probablemente mucho después de Trump. No es un pleito personal; es una competencia estructural por el liderazgo económico del siglo XXI. Minerales críticos, chips, baterías, robótica, inteligencia artificial y energía determinarán gran parte de la siguiente etapa del poder mundial. México se encuentra justo al lado del principal protagonista occidental de esa disputa y ya está integrado profundamente a su economía. Eso no nos hace indispensables en sentido absoluto, porque ningún país lo es, pero sí nos hace mucho más importantes de lo que la fanfarronería presidencial estadounidense pretende reconocer. Además, México tiene algo que Trump, a pesar de su conocida afición inmobiliaria, no puede comprar ni construir: geografía. Estamos donde estamos, a unos cuantos kilómetros de las principales cadenas industriales estadounidenses, con carreteras, puentes fronterizos, trenes, plantas, proveedores y décadas de conocimiento acumulado que ningún competidor asiático puede reproducir sin trasladar también el planeta.

Claro que Estados Unidos podría sustituir determinadas importaciones mexicanas y nosotros también podríamos sustituir algunas estadounidenses, pero hacerlo masivamente tendría costos enormes para ambos. Precisamente por eso existe el T-MEC. No porque mexicanos, estadounidenses y canadienses se quieran mucho, sino porque les conviene comerciar entre sí. Eso es lo que Trump parece olvidar cada vez que confunde política internacional con concurso de bravatas. Y México tampoco debería ofenderse demasiado. Conviene recordar que las palabras del personaje cambian con sorprendente facilidad cuando aparece una realidad económica que no coopera con ellas. Hoy somos tomates y tamales; mañana podemos volver a ser “gran socio”, “gran país” y “gran amigo”, preferentemente todo en mayúsculas. La consistencia nunca ha sido requisito indispensable en la retórica trumpiana.

Lo que sí debe ser consistente es nuestra estrategia: aprovechar la relocalización, fortalecer manufactura, generar energía, formar talento, construir infraestructura, atraer inversión de calidad, desarrollar tecnología, defender el T-MEC, diversificar mercados sin imaginar que sustituiremos fácilmente a Estados Unidos y negociar con Washington sin complejos de inferioridad pero también sin fantasías nacionalistas. Porque la mejor respuesta al hombre que se siente propietario del planeta no es decirle que México también puede vivir sin Estados Unidos, sino demostrarle que ambos ganan mucho más juntos.

Trump puede seguir imaginándose rey del comercio, emperador de los aranceles y notario mayor de la geografía mundial. Puede rebautizar mares, amenazar países y decidir cada mañana quién “necesita” a quién. Pero las cadenas productivas continuarán ahí cuando termine la conferencia de prensa. Las plantas seguirán necesitando piezas, los consumidores seguirán comprando productos, los agricultores estadounidenses seguirán vendiendo a México, las empresas mexicanas seguirán abasteciendo a Estados Unidos y Washington seguirá necesitando una alternativa cercana y competitiva frente a China. Ahí estaremos nosotros, con automóviles, computadoras, dispositivos médicos, autopartes, productos aeroespaciales, maquinaria, electrónica, cerveza, frutas, verduras, ingenieros, técnicos, trabajadores especializados y, sí, también con tomates y excelentes tamales. Nada mal para un país que, según el autoproclamado soberano económico del mundo conocido, no tiene gran cosa que ofrecer.

Estados Unidos puede intentar depender menos de China. Lo que difícilmente podrá hacer es conseguirlo dependiendo menos de México. Y si Trump todavía no lo entiende, quizá no necesite otro asesor comercial: tal vez sólo necesite leer el menú completo antes de burlarse de los tamales.

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