En los últimos 10 días, he ido tres veces a Monterrey desde la Ciudad de México. He tomado vuelos comerciales de Aeroméxico —seis en total: tres de ida y tres de vuelta—. Seis veces he escuchado en los altavoces de los aviones a una mujer cantando con buen estilo algo que dice: “Yo te quiero con limón y sal. Yo te quiero tal y como estás. No hace falta cambiarte nada”.

¿En serio no hace falta cambiarle nada al galán cuyo comportamiento no es correcto? Averigüé que se trata de una composición e interpretación de Julieta Venegas, aunque me parece que la autoría la comparte con un argentino. La canción se llama Limón y sal.

Es una metáfora. El limón y la sal son complementos tradicionales en México para beber tequila y para darle sabor a muchos alimentos. Es decir, con limón y sal aceptamos sabores ácidos o agrios.

Julieta Venegas utiliza el limón y la sal como metáfora para la aceptación incondicional de la otra persona en una relación de pareja, aunque esa persona tenga —a pesar de sus virtudes— una personalidad rara, inconstante, frívola y poco comprometida.

Con limón y sal, sin idealizar a nadie y sin tener al lado a la persona perfecta, se puede construir una buena relación. Pero…

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El problema radica en las dosis. Una cantidad moderada de limón y sal da sabor a la comida. El exceso daña la salud.

Demasiado limón erosiona el esmalte dental. El cítrico en demasía agrava el reflujo. La sal es la principal fuente de sodio, que eleva la presión arterial e incrementa el riesgo cardiovascular. Los riñones sufren cuando el sodio se consume en cantidades inadecuadas.

En nutrición —como en todas las actividades de la vida: el amor, la política, el deporte o la función empresarial— el equilibrio es clave. En dosis moderadas, el limón y la sal son buenos, pero cuando hay exceso dejan de producir un sabor placentero y se convierten en un problema.

En el amor, el exceso de sal y limón implica llevar al extremo el aguantarlo todo en la pareja: una tolerancia ciega hacia la acidez y hacia los comportamientos no tan positivos o francamente negativos de la otra persona. Eso conduce a las terribles relaciones tóxicas.

El exceso de tolerancia ante las conductas inadecuadas erosiona el amor propio de quien tolera. Soportar malos tratos, críticas, amarguras, altibajos emocionales o ausencias bajo el pretexto de un amor incondicional puede derivar en problemas emocionales y psicológicos complejos, como la codependencia, la cual aparece cuando alguien posterga de forma obsesiva sus propias necesidades para intentar satisfacer a alguien más.

En la política, la aceptación incondicional que un liderazgo hace de su equipo puede convertirse en un estilo de gobierno tóxico.

La presidenta Sheinbaum ha tenido que tolerar ya demasiados comportamientos que de plano son poco éticos. Los ha denunciado una prensa que suele ser mentirosa, pero que también dice verdades. Y sí, ha dicho muchas tristes verdades acerca de personajes de la 4T que abusan en sus gastos, viajan en aeronaves privadas, exhiben joyas y presumen un nivel de vida altísimo que luego pretenden justificar diciendo que lo heredaron, o simplemente lo niegan —lo cual resulta infantil, pues hay evidencias innegables como las bitácoras de vuelo—.

El problema es que todo este desgaste salpica a la presidenta Claudia Sheinbaum y lastima el proyecto que ella encabeza: la Cuarta Transformación.

En tales casos lamentables, la presidenta no ha tenido muchas opciones. Defiende lo que se puede defender, se deslinda y exige lo que algunos integrantes de la 4T no parecen dispuestos a cumplir: la austeridad republicana.

No ha podido ir más allá para no quedarse de pronto sin piezas estratégicas en su equipo. Por supuesto, no podría exigir a gobernadores que renunciaran; la política no funciona así. La presidenta acepta a dichos personajes porque le han sido útiles, pero quizá ya debería evaluar cómo depurar al sistema.

El riesgo radica en que estas conductas inadecuadas se traduzcan en una relación desgastante y tóxica con el electorado de cara a 2027.

Aceptar con limón y sal a tantas figuras cuestionables para mantener la cohesión interna y evitar fracturas en el movimiento puede terminar encareciendo, y mucho, la confianza entre el gobierno y sus electores.

La ciudadanía entiende que la presidenta, una mujer 100% honesta, debe aguantar a su gente tal como es porque en política a veces no hay opción; pero la ciudadanía también se cansa. La gente exige decencia y congruencia. La encuentra en la presidenta, y hasta el momento Claudia Sheinbaum ha cargado con el peso de una estructura con muchos vicios sin que la 4T pague costos políticos elevadísimos.

Es muy potente la figura de una persona en la presidencia, al fin, 100% honrada. Antes, con el PRI y el PAN, eso no existía, y la gente lo sabe. Una cabeza política limpia es muy fuerte en términos de lo que representa como motivo de esperanza para la sociedad mexicana. Pero hay desgaste.

No son buenos ejemplos los viajes en aviones privados carísimos, el vino de 20 mil pesos, los relojes de lujo o los anillos de alta gama. Y todo empeora con justificaciones que parecen burlas.

¿Hasta qué punto la legitimidad de la figura principal del movimiento puede amortiguar o absorber las fallas del entorno? Sin duda, es mucho lo que la presidenta hace con su solo ejemplo de honestidad a prueba de balas.

La gente percibe y entiende que estamos ante una líder con autoridad moral y honestidad sólida, como no había habido en la cúpula del gobierno. Y sí, Claudia Sheinbaum funciona como un escudo protector para un proyecto político en el que hay demasiados comportamientos inadecuados.

Ella logra, hasta cierto punto, que la población tome todos esos excesos como problemas, mayores desde luego, pero que se pueden superar porque la cabeza, por primera vez, es moderada y está limpia. Eso no ocurría en los gobiernos del PRI y del PAN, cuando los políticos vivían de maneras todavía más ostentosas sin que arriba hubiese quien los controlara, pues en aquellas presidencias ningún gobernante era ejemplarmente honesto.

Con la 4T las cosas cambiaron y hoy tenemos una presidenta que genera confianza por su honestidad. De ahí la esperanza de que se corregirá lo que está mal. Pero no deja de haber una fricción innecesaria entre el grupo gobernante y la sociedad: los malos ejemplos y todo el derroche justificado de maneras tan infantiles no ayudan en nada.

Quizá va siendo hora de una depuración, de aligerarle la carga a la presidenta. Cada vez que sale a la luz uno de estos casos de despilfarro, ella exige austeridad republicana y vivir en la justa medianía, como Benito Juárez. Pronto no bastará con deslindes verbales. Habrá que empezar a desprenderse de figuras nocivas que representan una contradicción con los principios del movimiento de izquierda. No habrá otra manera de reforzar el mensaje de austeridad que debe guiar a la 4T. Ya son demasiados los pasivos que el sistema político de izquierda acumula. Ya va llegando la hora de empezar a eliminar del equipo a tantos malos ejemplos.

Ya fue demasiado limonizar y salar a la 4T.