Para quienes miramos el futbol más por el juego político detrás que por las estrictas reglas incomprendidas que anulan goles previamente festejados con euforia, hay una lección de vida aprendida del último partido mundialista: no ser como la selección de Argentina.
Serán los excampeones del mundo pero son terribles perdedores. Desde el juego había un exceso de mala lid por parte de algunos jugadores, como un tal Paredes que empujaba hasta tirar a los españoles e intentaba pelear en cada acercamiento.
Pero el final fue peor. Después del triunfo muy bien merecido de España, los argentinos se negaron a siquiera presenciar de frente la entrega de la Copa del Mundo a la marea roja. Literalmente, les dieron la espalda mientras Infantino intentaba bajar a Donald Trump del podio, justo al momento en que los jugadores saltaban alucinantes con aplausos, fuegos artificiales, papelitos y alegrías por doquier.
Los Mundiales de futbol son curiosos porque a veces, pareciera que cada país o su selección representara una personalidad, un arquetipo de algo. Sin que necesariamente toda su gente sea así, Argentina representa ese arquetipo del orgulloso que puede pecar de arrogancia, del que reniega de quien es pero construye una personalidad en torno a eso que considera mejor o superior, como sentirse italianos y europeos renegando de la identidad latinoamericana.
Con pocas o ninguna pretensión de erigirme en jueza de la moralidad, creo que algo peor que eso es el no saber perder. Más cuando se trata de una justa deportiva de talla mundial en la que, en esencia, el espíritu deportivo habla de que tras los juegos, seguimos siendo naciones y humanos, misma especie y misma humanidad.
Negarse a reconocer al ganador en las condiciones que ganaron, con un dominio superior en tiempo del balón y dos goles anulados, ataques constantes hechos con destreza que fueron frenados igualmente con habilidad del portero argentino es casi infantil.
Y sin embargo, lo infantil se perdona con facilidad: al niño que patea el tablero cuando pierde se le corrige, no se le condena. Lo inquietante no es el berrinche de once jugadores sobre el césped, sino la tentación de leerlo como virtud, de confundir la incapacidad de reconocer al otro con carácter, con hambre de triunfo, con grandeza. Es ahí donde el futbol deja de ser futbol y empieza a parecerse, peligrosamente, a la política.
Saber perder es más que una cortesía deportiva. Es, en rigor, una de las condiciones de la vida en común. Adam Przeworski definió la democracia como el único sistema en el que los partidos pierden elecciones y, aun así, siguen jugando. A menudo veo a la oposición de México y a algunos países comportarse como Argentina. Se niegan a reconocer a ganadores dignos, se niegan a estrecharles la mano, los quieren golpear. Cada que pueden, los empujan y provocan, incluso después de terminado el juego cuando ya no hay tarjetas rojas. Fingen ser víctimas o heridos de algo tan ilegítimo, haber perdido algo que tan les pertenecía, que nadie merece más ni su mirada ni su saludo, como algunos de sus jugadores que al recoger la medalla decidieron no ver a los ojos a la presidenta Claudia Sheinbaum, como si con ello mostraran rebeldía o carácter o algún tipo falso de dignidad mal comprendida.
La talla de una nación no se mide en el podio, sino en el gesto de quien, habiendo perdido, aplaude al que ganó. Darle la espalda a la Copa es, a escala inofensiva, el mismo movimiento de quien le da la espalda a una urna, el de quien cree que el resultado solo es legítimo cuando lo favorece. De ahí que la lección, en el fondo, no sea sobre Argentina.
Argentina es apenas el espejo cómodo, el arquetipo ajeno en el que resulta grato reconocer los defectos que no queremos ver en casa. El hecho es que mirarlos nos debe hacer pensar en no ser Argentina tras el juego y reconocer a los que juegan la cancha de la democracia sintiéndose merecedores de algo que apenas se está disputando y que se gana a cada esfuerzo.
¿Sabemos perder sin renegar de lo que somos y sin voltearle la cara a lo que decidimos? ¿O también preferimos, cuando el marcador no nos favorece, el orgullo herido a esa humildad enraizada que no es sumisión, sino la forma más digna de seguir siendo iguales después del último silbatazo? ¿Por qué las derechas a veces se parecen tanto en no saber perder? ¿Por qué algunos, cuando pierden y no obtienen algo por lo que compitieron, quieren arrebatar a los que sí ganaron?



