Morena no está frente a una amenaza externa; está frente a un espejo, y por primera vez en siete años, ese espejo no tiene filtros, ni cortesía diplomática, ni tolerancia ideológica.
Donald Trump no confronta a Morena por ser de izquierda, ni por su narrativa nacionalista, ni por sus gestos simbólicos. Lo que Trump hace (y eso es lo verdaderamente incómodo) es exponer la estructura real del modelo morenista: su dependencia, su fragilidad y su fracaso.
El discurso oficial insiste en que México es un socio indispensable del T-MEC. La realidad es otra. México no aporta poder estratégico; aporta mano de obra barata, estabilidad relativa y ventajas fiscales. Estados Unidos, en cambio, aporta mercado, inversión, empleo y viabilidad macroeconómica. La asimetría es total. Cuando Trump afirma que el T-MEC es prescindible, no describe un hecho consumado: marca poder. Y Morena no tiene con qué superar esa apuesta sin suicidarse económicamente.
El segundo espejo es China. México presume integración norteamericana mientras incrementa su dependencia industrial y comercial del competidor estratégico de Estados Unidos. Para Washington, esto no es pragmatismo comercial: es triangulación riesgosa. No hay una política china mexicana; hay ambigüedad oportunista. Y en el contexto actual, la ambigüedad ya no es neutralidad: es deslealtad funcional.
Luego están las remesas, el argumento que Morena convirtió en orgullo y que hoy regresa como acusación. Desde fuera, la lectura es brutal: México expulsa a su población por incapacidad de generar oportunidades, y luego utiliza el dinero de esos migrantes para estabilizar su pobreza interna. No es solidaridad familiar; es externalización del fracaso del Estado. Estados Unidos absorbe el costo laboral, social y político; el gobierno mexicano cobra el beneficio político. Para el trumpismo, eso no es cooperación: es parasitismo estructural.
Pero el punto de quiebre no es comercial ni financiero. Es moral y de seguridad nacional. El fentanilo. El narco-Estado. La gallina de los huevos de oro asesinada por un régimen incapaz, o renuente, a ejercer control territorial. Acceso privilegiado al mercado estadounidense, combinado con regiones capturadas por el crimen organizado que exportan muerte. En ese momento, México deja de ser un socio incómodo y pasa a ser un vector de amenaza.
Por eso, la discusión ya no es ideológica. Trump no debate modelos de justicia social ni discursos soberanistas. Confronta una ecuación simple: dependencia absoluta de Estados Unidos, combinada con una tolerancia estructural al crimen que mata ciudadanos estadounidenses. Ningún presidente puede sostener esa ecuación. Trump solo la dice en voz alta.
Aquí está la verdad que Morena evita: no hace falta invasión para cambiar el rumbo de México. La presión sin tanques es suficiente. Sanciones selectivas, condicionamientos comerciales, aislamiento financiero, ruptura de legitimidad internacional y fracturas internas hacen más daño que cualquier despliegue militar. Y Morena se colocó solo en esa vulnerabilidad al destruir los contrapesos que le permitieron llegar al poder.
En siete años, el régimen quemó puentes con la oposición, con las clases medias, con sectores productivos y con buena parte de la comunidad internacional. Copió una versión caricaturesca del chavismo sin entender que México no tiene renta petrolera discrecional, ni economía cerrada, ni aislamiento posible. Intentó importar la estética autoritaria sin la estructura que la sostiene.
Hoy, frente a Trump, Morena no discute soberanía. Se justifica.
No negocia desde fuerza. Suplica tolerancia.
No enfrenta una intervención. Enfrenta el costo acumulado de sus propias decisiones.
El espejo está ahí. Y la imagen que devuelve no es la de un proyecto emancipador, sino la de un régimen dependiente, expuesto y agotado.
La pregunta ya no es si habrá presión externa. La pregunta es: cuánto tiempo más podrá el régimen sostenerse sin romperse desde dentro.




