El negocio de la calumnia es mala inversión. Una muy baja ha circulado apostando a la homofobia: la sugerente idea de que en su juventud, a los 19 años de edad, Andrés Manuel López Obrador habría vivido un periodo con el intelectual Carlos Monsiváis, el más importante cronista de la Ciudad de México del siglo XX, fallecido el 19 de junio de 2010. Sugerente en términos pasionales y peor, criminales, pues se dijo que el encuentro se dio por un homicidio, cuya difamación me es imposible reproducir pero cualquier gustoso de la política sabe a lo que me refiero.

El autor del texto, el periodista Edmundo Cázarez, no pudo recuperar audios ni video de la supuesta entrevista que dio origen a su jocoso titular publicado el 18 de junio de 2026 (tal vez, porque no existe) en El Universal, que ha sido un medio prestigioso de la prensa impresa adaptado al espacio digital, con 110 años de trayectoria periodística, en tiempos en que las noticias falsas y la desinformación ponen en jaque el nombre de cualquier emisor en el espacio digital. Es decir, que ese periódico tenía mucho que perder, ya que las audiencias no olvidan y el prestigio que se construye por años es frágil cuando se trata de apuestas a ideas que solo tendrían sentido en las audiencias más conservadoras y adultas.

Lo digo porque para las nuevas generaciones, los bulos sobre homosexualidad no son precisamente exitosos. De hecho, construir odio a partir de eso sugiriendo que aquella estaba presente en la vida del expresidente López Obrador es más bien bajo y motivo de rechazo para el emisor más que para los implicados.

Monsiváis, quien fue reconocido públicamente defensor de los derechos de la comunidad LGBT desde décadas antes de que ese activismo fuera políticamente rentable, es hoy una figura admirada precisamente por esa valentía además de haber sido sabio, culto, preciso siempre. Usarlo como arma de desprestigio no solo es factualmente falso sino que revela el horizonte moral desde el que se dispara, desde el tamiz de las derechas que son profundamente homofóbicas.

Al final, ni la grabación ni los audios existen. El Universal se ha disculpado. La propia familia de Monsiváis, sus primos Beatriz, Araceli, Rubén y Felipe Sánchez Monsiváis, desmintieron en carta pública dirigida al director Juan Francisco Ealy, que Carlos hubiera dicho jamás lo que se le atribuye, señalando que no corresponde ni a su estilo literario ni a su probidad ética, y aclarando que Monsiváis y López Obrador se conocieron en 1992, con motivo del Éxodo por la Democracia, es decir, más de veinte años después de la supuesta convivencia narrada en la entrevista. Andrés Manuel fue presentado por el caricaturista Rafael Barajas “El Fisgón”, quien lo llevó a la casa de Monsiváis para que este revisara un discurso destinado al cierre de la marcha. Las fechas mismas desmienten la historia.

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La sugerencia de crímenes en manos del expresidente son tan bajos como falsos, así como la supuesta “deliciosa” estancia del mismo con Monsiváis y hasta los falsos comentarios de que AMLO haría lo que fuera por dinero. Todo fue una calumnia fabricada mediante alterar el expediente de una entrevista ya publicada, pues la misma charla de Cázarez había circulado en 1999, en 2021 y en 2024 sin contener ese párrafo. Eso apareció por primera vez en la versión que El Universal publicó.

Calumnia como la nueva sección de columnas: ese es precisamente el nombre de la sección donde apareció el texto de Cázarez en el diario, lo que hace aún más aguda la ironía. Todo falso. Aún así, es de ética periodística que El Universal se haya disculpado con lectores y con la familia de Carlos Monsiváis reconociendo que la veracidad del contenido no pudo ser sustentada por su autor, pero no con López Obrador, cuya honra fue igualmente arrastrada por la misma publicación. La asimetría de esa disculpa parcial dice, también, algo sobre a quién se considera digno de reparación. El hecho es que la ética periodística tiene a su hermana mayor llamada Rigor, que es aún más estricta, que debe estar previo a cualquier publicación.

La mentira envejece peor que los archivos y lo hace así porque siempre existirá la duda de lo que hay tras ella. Algunas mentiras son inocentes pero en momentos como el que vivimos, poco espacio hay para la inocencia, a lo mucho, ese espacio está reservado para los lectores que confían en el error y se sienten satisfechos con las disculpas del Gran Periódico de México, así como con la expulsión del periodista que firma la publicación. El asunto dejó lecciones grandes, primero entre los replicadores ansiosos que sin confirmar, apostaron a la homofobia como escándalo de los años cincuenta. Después entre la distorsión que permiten las redes sociales, el teléfono descompuesto más grande de la historia, en que resultó ser relevante que algunos apostaran a la mentira de la homosexualidad pero a la verdad del supuesto crimen. Lo es porque exhibe una crisis mucho más seria, sobre la facilidad con la que una insinuación puede ocupar el lugar de la prueba.

Al último, tenemos mucho que agradecerle al periódico El Universal. Nos dio una clase viva de política, ética, periodismo, mensajes entre líneas, audiencias y contextos. Nos demostró de nuevo que como nunca, los periódicos amplifican opiniones al tiempo que administran confianza. Esa es su materia prima. Un medio puede equivocarse, desde luego. Un periodista puede dañar el nombre del medio que lo respalda cuando abiertamente elige entrar a disputar políticamente con la deformación de cualquier hecho y el dolo puede o no contener error. El dolo al final es dolo, intención, pero el error puede estar en la falta de cálculo… creyeron que México odiaría la homosexualidad de uno de los personajes más amados que evidentemente, no es visto como tal, en tiempos en que la propia homosexualidad dejó de ser un escándalo.

Lo que un medio no puede hacer es renunciar al estándar mínimo de verificación cuando publica afirmaciones extraordinarias sobre personas vivas y, más aún, cuando involucra a un autor fallecido que ya no puede confirmar ni desmentir lo que presuntamente dijo. La responsabilidad editorial en la era digital contiene un nuevo manual de ética en donde el tiempo que circula una mentira modula el impacto del daño. Todos esos días en que los debates públicos se volcaron sobre la vida personal del presidente, su historial familiar y hasta la propia estructura de Monsiváis abrieron la duda, exhibieron a los que necesitaban ser exhibidos y curiosamente, fueron los que apuntaban con el dedo más que al que apuntaban.