Durante años, la relación entre México y España se convirtió en una conversación incómoda. Una mezcla de historia no resuelta, declaraciones tensas y silencios diplomáticos que parecían más útiles para el aplauso interno que para construir algo hacia adelante. Por eso, lo ocurrido en Barcelona con la visita de la presidenta Claudia Sheinbaum no es menor. No es un episodio más de agenda internacional. Es, en muchos sentidos, un punto de inflexión.

México volvió a hablar con España. Pero no desde la sumisión ni desde la confrontación automática. Lo hizo desde un lugar más complejo y, por lo mismo, más interesante: el de una nación que no olvida su historia, pero que tampoco se queda atrapada en ella.

La participación de la presidenta en la Cumbre en Defensa de la Democracia, impulsada por Pedro Sánchez, dejó ver algo que pocas veces se logra en la política exterior mexicana: una combinación entre posicionamiento político, agenda internacional y visión de futuro. No fue solo una presencia simbólica. México llevó propuestas. México habló. México buscó incidir.

Ahí están los hechos. Una propuesta para redirigir parte del gasto militar global hacia un programa de reforestación. Un posicionamiento claro sobre la no intervención en Cuba. La oferta de que México sea sede de la siguiente cumbre. Y, en paralelo, un acercamiento directo con el gobierno español que apunta a cerrar un ciclo de tensiones y abrir otro de cooperación.

Pero si uno se queda solo en la fotografía política, se pierde lo más relevante. El verdadero mensaje de esta visita está en otra parte.

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Está en entender que la política exterior no sirve de mucho si no se traduce en oportunidades concretas para el país. Y ahí es donde aparece el dato incómodo para quienes creen que todo esto es discurso: el intercambio comercial entre México y España supera los 11 mil millones de dólares, y España sigue siendo uno de los principales inversionistas en nuestro país.

Dicho de otra forma: pelear por reflejo puede ser rentable en lo mediático, pero construir relaciones inteligentes es lo que mueve la economía.

Y hay otro elemento que no se puede ignorar. Uno que, para quienes tenemos menos de cincuenta años, resulta todavía más importante que los discursos diplomáticos, basado en la tecnología.

La visita de la presidenta Sheinbaum al Centro Nacional de Supercomputación en Barcelona no fue turismo académico. Fue una señal. El proyecto Coatlicue, con una inversión millonaria y una apuesta clara por el desarrollo científico, plantea algo que México ha postergado durante demasiado tiempo y dejar de ser solo un país que consume tecnología para empezar a construirla.

Ahí está la discusión de fondo. Hoy la soberanía ya no se define únicamente en términos territoriales o históricos. También se juega en la capacidad de generar conocimiento, de innovar, de participar en las grandes decisiones globales sobre datos, inteligencia artificial y desarrollo tecnológico.

Y en ese tablero, México apenas está comenzando a sentarse.

Lo ocurrido en España deja una lección que vale la pena poner sobre la mesa, especialmente para quienes estamos pensando en el país que queremos construir, y es que no hay contradicción entre memoria y futuro. No hay incompatibilidad entre dignidad y cooperación. No hay razón para elegir entre el pasado y lo que viene.

Una nación madura es capaz de sostener ambas cosas al mismo tiempo.

México dio una señal en Barcelona. No perfecta, no definitiva, pero sí relevante. Una señal de que se puede hablar con el mundo sin bajar la cabeza, pero también sin cerrar la puerta. De que se puede exigir respeto histórico y, al mismo tiempo, construir alianzas estratégicas. Y sobre todo, una señal de que el país puede aspirar a algo más que reaccionar a lo que otros deciden.

Podemos empezar, poco a poco, a proponer, porque esa es la finalidad.

Podemos dejar de mirar la historia como un límite… y empezar a usarla como punto de partida.