Durante semanas la historia que circulaba en noticieros y redes sociales nos parecía sacada de un cuento de terror. María Adela, una joven arquitecta de 26 años originaria de Quintana Roo, había desaparecido de forma misteriosa y terminó internada en el Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente, en la Ciudad de México.
Cuando leía lo ocurrido, recordaba aquel relato del inmortal Gabriel García Márquez titulado “Solo vine a hablar por teléfono “, donde narra el periplo de una mujer que, tras un desperfecto con su carro a mitad de la noche, busca ayuda en el lugar más cercano, sin saber que era un hospital psiquiátrico. Pese a que explicó que solo buscaba comunicarse con su familia para que la auxiliaran con el problema mecánico, los médicos la internan y se queda meses… hasta que pierde la razón recluida en ese lugar.
Mientras yo imaginaba el infierno que vivía la joven quintanarroense y sus seres queridos, Cristina Ramírez, su madre, hablaba ante las cámaras con voz quebrada, asegurando que su hija había sido llevada ahí contra su voluntad y tejiendo una teoría de complot: acusaba a las amigas de María Adela de haber planeado todo para mantenerla privada de su libertad, pintándolas como delincuentes, como personas mal intencionadas que la habían separado de su hija.
El testimonio de Cristina sale a la luz uno o dos días después del feminicidio de Edith Guadalupe, otra joven que acudió a una supuesta cita de trabajo y fue asesinada, por lo que nos puso a todos y todas en alerta. No faltaron, por supuesto, las críticas, cuestionamientos y señalamientos contra las amigas e incluso contra el personal del hospital. Pensábamos que el desenlace sería fatal.
Pero este lunes, en una conferencia de prensa, María tomó la palabra y le dio un giro total a todo lo que se había dicho hasta ese momento. Frente a micrófonos y cámaras, la arquitecta habló con firmeza, aunque a momentos se le quebraba la voz al confesar que lejos de ser víctima de sus amigas, ellas habían sido su única red de apoyo, su refugio y la razón por la que seguía con vida.
María Adela denunció que durante toda su vida había sufrido abusos físicos y psicológicos por parte de su madre. Explicó que la violencia era constante, que vivía bajo presión, miedo y control absoluto, y que llegó a un punto en el que su integridad y su salud corrían peligro. Confesó que incluso quiso quitarse la vida y fue cuando decidió alejarse, apoyada en todo momento por sus amigas, quienes fueron su red de apoyo.
María Adela también quiso reconocer la labor del personal del hospital. Agradeció que, desde el primer momento, los profesionales de la salud respetaron su privacidad, su dignidad y, sobre todo, su voluntad. Destacó que, a pesar de toda la presión externa, de las demandas y de las declaraciones públicas de su madre exigiendo verla o que le permitieran llevarla de regreso, el Instituto Nacional de Psiquiatría actuó con apego a la ley y a los derechos humanos, respetando su decisión de no tener contacto con ella.
Defendió en todo momento a sus amigas y aseguró que el hostigamiento mediático que habían sufrido era injusto, pues ellas solo la habían protegido y alejado del peligro en el que estaba al lado de su mamá.
“Ellas no me hicieron daño, me salvaron”, afirmó con contundencia María Adela, cerrando así un capítulo de mentiras y abusos.
No puedo imaginar lo que pasó en la vida de esta joven que de plano decidió escapar del yugo materno, pero me queda claro que al hablar no solo recuperó su voz, sino que también demostró que muchas veces la realidad es muy distinta a lo que se cuenta en los medios y las redes sociales, y nosotras y nosotros, mientras navegamos en internet, juzgamos a la ligera sin saber qué hay de fondo en cada historia y nos convertimos en jueces y verdugos así, de la nada.
Terrible…





