El tiempo se mide de muchas formas, pero para quienes buscan justicia por la muerte de Regina Martínez Pérez, cada día es un recordatorio de un dolor que no acaba, porque la justicia no termina de llegar.

Fue ese fatídico 28 de abril de 2012, cuando su cuerpo fue encontrado en su domicilio en Xalapa, Veracruz. La periodista, de 48 años, había sido asesinada.

Tras 14 años, que equivalen a 168 meses, su asesinato sigue en la lista interminable de crímenes no resueltos que manchan la historia de la libertad de expresión en México.

Regina no era cualquier periodista. Egresada de la Universidad de Xalapa, construyó una trayectoria impecable por décadas, dedicadas enteramente a contar la realidad de Veracruz sin doblar la cabeza, sin callar y sin aceptar presiones. Durante sus últimos años, trabajó como corresponsal de la revista Proceso, desde donde sus reportajes denunciaban la corrupción, las violaciones a los derechos humanos, los vínculos entre política y crimen organizado, y los abusos de poder que en ese entonces eran el pan nuestro de cada día aquel estado. Su pluma era incómoda para quienes gobernaban, porque su palabra tenía peso, credibilidad y, sobre todo, decía lo que muchos querían ocultar.

Para las autoridades de entonces, el caso de la reportera se cerró a la ligera, diciendo que fue un robo, no un ataque directo, y señalaron a un joven como el autor material. Dieron carpetazo, como suele ocurrir en esos casos.

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Pero el crimen ocurrió en el sexenio del exgobernador Javier Duarte de Ochoa, un periodo que pasó a la historia como la etapa más oscura y sangrienta para el periodismo veracruzano.

Bajo su administración, ese estado se convirtió en la entidad más peligrosa para ejercer esta profesión: más de una docena de reporteros, fotógrafos y comunicadores fueron asesinados, varios desaparecieron y cientos tuvieron que exiliarse o renunciar a su oficio por miedo.

A la fecha Veracruz cuenta con más de 30 periodistas asesinados, el último fue Carlos Castro, ultimado en Poza Rica en enero de este año. En ese contexto de ataques a la prensa, el asesinato de Regina debió investigarse a fondo.

“Ella no murió por un robo, como quisieron hacernos creer. Murió por decir la verdad, por hacer su trabajo”, recuerdan sus compañeros, quienes año tras año salen a las calles, colocan mantas, leen sus artículos y exigen que la investigación se vuelva a abrir.

Hoy, 168 meses de su partida, Regina sigue presente. Sus reportajes siguen leyéndose, su ejemplo sigue guiando a nuevas generaciones de periodistas y su nombre es sinónimo de resistencia. Pero mientras no haya una investigación seria, profunda y sin intereses políticos, mientras no se castigue a todos los responsables, su muerte es una herida que sigue sangrando.

Regina Martínez dejó un legado que trasciende su trabajo escrito: nos recordó que el periodismo es un pilar fundamental de la democracia, y que cuando se ataca a un periodista, se ataca el derecho de toda la sociedad a estar informada. La búsqueda de verdad y justicia en su caso sigue siendo una tarea pendiente para el Estado mexicano y una exigencia permanente para quienes defendemos la libertad de expresión.