Recuerdo que cuando Andrés Manuel López Obrador aspiraba a la Jefatura de Gobierno en la Ciudad de México mucho se le cuestionaba por no haber nacido en la capital. Oriundo de Tabasco, López Obrador tenía muy claro que la mentira era peor que el legítimo derecho a gobernar un territorio aún sin haber nacido ahí, pues la pertenencia y la ciudadanía comunitaria se van construyendo mientras un espacio se habita. Nacer no es tan determinante como efectivamente residir, construir, estar presente y conocer los problemas o necesidades de una comunidad. En 1999, cuando registró su precandidatura, López Obrador acreditó los cinco años de residencia que entonces exigía la legislación del Distrito Federal para quienes, como él, habían nacido en otra entidad. Incluso se presentó ante la prensa como un “provinciano confeso” y defendió que la Ciudad de México había sido generosa con quienes llegaban a vivir en ella.

El problema es que atreverse a la deshonestidad implica la osadía ética personal que, en escala de valores, es capaz de modificar hechos o verdades a conveniencia, como si el fin fuese más importante que el medio. Afortunadamente, para el ejercicio electoral del 2027 este tema es prácticamente superado. Existen resoluciones judiciales que reconocen el derecho a votar y ser votado más allá del requisito de nacer en un lugar determinado. Esas resoluciones han establecido que el nacimiento no puede convertirse en una barrera absoluta para acceder a una gubernatura, porque la propia Constitución Federal reconoce una alternativa: ser nativo de la entidad o, sin serlo, acreditar una residencia efectiva no menor de cinco años inmediatamente anteriores a la elección. La Suprema Corte ha sido particularmente clara al señalar que las legislaturas locales no pueden convertir ese requisito en una restricción desproporcionada que reduzca injustificadamente el derecho político a ser votado.

Es por eso que no queda clara la disputa por el lugar de nacimiento de Luis Donaldo Colosio. Algunos, los mayores que conocen a su familia y fueron cercanos a su padre, aseguran que nació en la Ciudad de México. Él dice que nació en otro lugar. En septiembre de 2026 se han hecho públicos documentos y un informe federal que sostienen que Colosio Riojas nació el 31 de julio de 1985 en un hospital de la Ciudad de México. Al mismo tiempo, el Sistema de Información Legislativa de la Secretaría de Gobernación lo registra oficialmente como nacido en Magdalena de Kino, Sonora, y el propio Colosio ha sostenido públicamente que nació ahí.

Ese es precisamente el punto donde la discusión deja de ser anecdótica y se convierte en una cuestión de honestidad pública. No habría absolutamente nada indigno en haber nacido en la Ciudad de México y querer gobernar Sonora. Lo que sí tendría relevancia política sería que existiera una diferencia entre lo que dicen los documentos y lo que se afirma públicamente. Una candidatura no debería necesitar una historia de origen fabricada para resultar legítima.

El hecho es que vale más la verdad y la defensa por su derecho a gobernar Sonora que enfrascarse en acontecimientos en los que desafortunadamente los adultos pueden ganarle a nuestro limitado recuerdo de bebés. Por ley de naturaleza, son ellos los que mejor recuerdo tienen de cómo y dónde nacimos, pues resulta obvio decir que un adulto difícilmente recordará su tierna primera infancia. Pero justamente por eso existen las instituciones, los documentos y los registros públicos, para que la verdad no dependa de la memoria de nadie.

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Vale la pena voltear a ver a AMLO y a todos los que previamente han luchado por gobernar territorios en los que han vivido aún sin haber nacido allí, que por cierto, no son pocos.

En México existe una historia política que contradice la idea de que para gobernar un territorio hay que haber nacido en él. En 2022, cuando en Veracruz se discutía una reforma para permitir que personas nacidas fuera de la entidad pudieran contender por la gubernatura, se documentó que había siete gobernadores en funciones que gobernaban entidades distintas de aquellas donde habían nacido: Martín Orozco en Aguascalientes, nacido en Jalisco; Indira Vizcaíno en Colima, nacida en Tijuana; Cuauhtémoc Blanco en Morelos, nacido en la Ciudad de México; Alejandro Murat en Oaxaca, nacido en el Estado de México; Mauricio Kuri en Querétaro, nacido en Orizaba, Veracruz; Carlos Joaquín en Quintana Roo, nacido en Mérida, Yucatán; y Mauricio Vila en Yucatán, nacido en la Ciudad de México.

Hay además ejemplos que deberían ser suficientes para desmontar cualquier argumento de que el nacimiento determina por sí mismo el arraigo.

Gabino Cué nació en la Ciudad de México y gobernó Oaxaca entre 2010 y 2016. Su elegibilidad fue impugnada precisamente por no haber nacido en Oaxaca. El Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación confirmó su derecho a gobernar la entidad y sostuvo que, para una persona no nacida en Oaxaca, bastaba cumplir con la residencia efectiva exigida por la Constitución, en armonía con el derecho constitucional a ser votado.

Otro caso es Mauricio Kuri. Nació en Orizaba, Veracruz, pero llegó a Querétaro cuando tenía apenas nueve años. Ahí estudió, construyó su vida empresarial, fue presidente municipal de Corregidora, senador y finalmente gobernador. Hoy el propio Gobierno de Querétaro reconoce oficialmente su nacimiento en Veracruz y explica que desde los nueve años hizo de Querétaro su casa.

Hay un ejemplo todavía más reciente que resulta imposible ignorar: Rocío Nahle nació en Río Grande, Zacatecas, pero actualmente gobierna Veracruz. Antes de llegar a la gubernatura había vivido durante décadas en esa entidad y desarrollado buena parte de su trayectoria profesional en los complejos petroquímicos de Pemex de Veracruz. Cuando se cuestionó su elegibilidad, el propio debate jurídico terminó confirmando que una persona no nacida en Veracruz puede acceder a la gubernatura mediante la vía constitucional de la residencia efectiva. El Tribunal Electoral de Veracruz analizó precisamente esa controversia en 2024.

El derecho y la sensatez están del lado de cualquier aspirante legítimo a gobernar, sin importar dónde nació. Mantenerse en debates estériles justamente parece ser la trampa, pues lo que pretenden sugerir es que Luis Donaldo, a diferencia de su padre, estaría dispuesto a mentir.

Ojalá que la virtud alcance al joven aspirante para aclarar debidamente este asunto, sabiendo que tiene las de ganar.

Tiene las de ganar precisamente por una razón que parece haberse olvidado en medio del ruido: no necesita haber nacido en Sonora para tener derecho a gobernar Sonora.

La Constitución de ese estado lo dice expresamente. El artículo 70 permite ser gobernador a quien no sea originario de Sonora siempre que tenga, cuando menos, cinco años de residencia efectiva inmediatamente anteriores a la elección. No hay una puerta cerrada para quien nació fuera. Hay una regla constitucional perfectamente identificable.

Entonces, ¿por qué convertir el lugar de nacimiento en una batalla política?

La respuesta debería ser mucho más sencilla, porque una cosa es el derecho a gobernar y otra, muy distinta, es la obligación de decir la verdad.

México es un país construido por migrantes internos. Millones de personas nacen en un estado, estudian en otro, trabajan en otro, forman una familia en otro y terminan sintiendo como propio un territorio distinto al que aparece en su acta de nacimiento. Pretender que la sangre, el hospital o los minutos exactos del primer día de vida determinan para siempre nuestra pertenencia política sería reducir la ciudadanía a una circunstancia biológica que nadie eligió.

La propia Suprema Corte ha recordado que la residencia efectiva busca precisamente garantizar que quien no nació en una entidad tenga conocimiento, identificación y arraigo con ella. Por eso, si Colosio nació en Magdalena de Kino, que lo demuestre. Si nació en la Ciudad de México y fue registrado posteriormente en Sonora, que lo diga. Ninguna de las dos cosas lo hace menos mexicano, menos sonorense por adopción, ni menos ciudadano. Pero sí hay una diferencia fundamental entre haber nacido en un lugar y mentir sobre haber nacido en él. La primera es un accidente de la vida. La segunda es una decisión.

Si Luis Donaldo Colosio quiere gobernar Sonora, no necesita inventarse un nacimiento sonorense. Necesita demostrar algo mucho más importante y es que puede mirar a los sonorenses de frente y decirles la verdad, incluso cuando la verdad no sea la historia que más le conviene políticamente. Porque gobernar una tierra no empieza en una sala de partos.

Empieza cuando uno decide hacerse responsable de ella.