Luis Donaldo Colosio Riojas desempolvó la invitación de su bautizo con todo y bolo. Puntada simpática e inteligente. ¿Le augura eso un buen futuro? Quién sabe: la esencia del bolo y los enredos de la política mexicana comparten una premisa: nada en un ritual es completamente inocente.
El bolo es la dádiva que tradicionalmente entrega el padrino de bautizo. En México forma parte de un viejo ritual de generosidad y celebración.
¿Hay bolo en la política? Sin duda. La legitimidad se construye repartiendo algo entre quienes esperan recibirlo. Por ejemplo, esperanza. Esa que la 4T distribuye masivamente mediante programas sociales que benefician a la mayoría de la sociedad mexicana.
¿Qué bolo llevará Colosio a Sonora? Su apellido, su fama, su discurso anticorrupción, su promesa de cambio. Pero le faltará aportar la dosis de eficacia electoral que se necesita para ganar una gubernatura. Viene de perder la elección de senador en Nuevo León: llegó al Senado como candidato de primera minoría, después de no obtener el triunfo en las urnas.
Enfrentará al bolo que en Sonora reparte la 4T, como en todo el país: programas sociales que la gente podría ver en riesgo de desaparecer si ganara otro partido. Esta es una realidad. También competirá contra el bolo de un panista, Antonio Astiazarán, quien ha demostrado ser un muy buen alcalde de Hermosillo y tiene méritos para asegurar una cantidad importante de votos.
Suponiendo que Colosio ganara la gubernatura en 2027, el bolo le saldría carísimo de cara a la elección presidencial en 2030. Para competir tendría que abandonar el cargo apenas alrededor de dos años después de haber tomado posesión. Mucha gente podría preguntarse para qué apoyar, en el plano nacional, a un político que en los hechos deja su cargo rápidamente solo porque le conviene.
El antecedente de Jaime El Bronco Rodríguez Calderón en Nuevo León no resulta especialmente alentador. Abandonar una gubernatura recién conquistada para buscar otro cargo puede ser interpretado como un abuso de la confianza de los electores.
Pero si pierde Sonora, el castigo político será todavía peor. Y no habría bolo que lo salvara.
Sería su segunda derrota electoral consecutiva después de 2024, cuando no ganó directamente el escaño de senador por Nuevo León y terminó ocupándolo como candidato de primera minoría. Dos tropiezos seguidos harían mucho más difícil sostener la narrativa de que la presidencia de México es su destino natural.
Así, el hijo del excandidato presidencial asesinado en 1994 enfrenta una paradoja perfecta: si ganara Sonora, tendría que abandonarla para buscar el país, con el riesgo de que los electores castigaran en 2030 a quien dejó inconcluso el cargo que le confiaron; si perdiera, una segunda derrota consecutiva podría poner seriamente en duda su futuro político.
Hay, pues, un bolo inverso: uno que no se recibe gratuitamente, sino que se paga sin obtener nada a cambio.
Y quizá esa sea la verdadera pregunta que deja la invitación de bautizo de Colosio: ¿qué bolo llevará a Sonora y cuánto le costará recibirlo?



