Curioseando en internet me topé con un artículo de noviembre de 1982, en El País, de Federico Mayor Zaragoza, entonces ministro de Educación y Ciencia del gobierno de España.

“Los tres sobres (cuento ruso)”. Es el título de su texto. Ahí encuentro el origen de una historia que en México atribuimos, quizá erróneamente, a las sucesiones presidenciales anteriores a la 4T.

Mayor Zaragoza cuenta que el secretario general de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética —identificado en el escrito como Skryabin— respondió con una pregunta cuando el funcionario español propuso al ruso visitar a un rector, el “que hacía pocas semanas me había sucedido al frente de la Universidad de Granada”.

¿Visitar a su sucesor? Es lo que llevó al soviético a preguntarle a Mayor Zaragoza: “¿Todavía habla bien de usted?”.

Sorprendido, el español asintió “vigorosamente, haciendo con los labios y la cabeza gesto de convicción plena”. Skryabin replicó, con cinismo o sabiduría: “Pues dejará de hacerlo, ya lo verá. Es lógico que sea así…”.

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Federico Mayor Zaragoza y Skryabin eran viejos conocidos. Empezaron su relación en 1961, en Moscú, en el Congreso Mundial de Bioquímica, “cuando las relaciones con la Unión Soviética eran más difíciles que ahora”. Lo eran por la dictadura de Franco, de derecha, anticomunista.

Interesante la reflexión de Federico Mayor sobre ese punto: “Los científicos son, por la propia índole de la comunidad académica, los más avanzados —todavía más que los comerciantes— en el establecimiento de relaciones entre pueblos. Cuando otros lazos son impensables, los investigadores, los artistas, los intelectuales, inician el camino”.

El hecho es que la profecía de Skryabin se cumplió: el sucesor de Mayor Zaragoza en la Universidad de Granada lo culpó de sus infortunios.

El científico soviético contó al español la historia de los tres sobres, “un viejo cuento ruso que se aplica a todas las transmisiones de responsabilidad”.

Dijo el secretario general de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética: “En el momento del relevo, el que se va entrega discretamente al que llega tres sobres, numerados 1, 2 y 3, y le dice que los guarde en el cajón central de su despacho y que cuando esté muy apurado los abra en el mismo orden”.

Cuando los problemas son muchos se abre el primer sobre: “Hable mal de mí. La culpa la tengo yo”.

Con el paso del tiempo, deja de funcionar culpar al anterior en el cargo. Entonces, se llega otra vez a una situación extrema: “Con las presentes estructuras nada puede hacerse. Cámbielas”.

Eso también tiene fecha de caducidad. Así, se llega a un punto en el que tampoco cambiar al equipo es un remedio para los graves problemas.

Llega, inevitablemente, el momento de abrir nerviosamente el tercer sobre: “Vaya escribiendo a prisa otros tres sobres para su sucesor. Su cese es inminente”.

La historia rusa tiene otra versión, atribuida nada menos que a Iósif Stalin. Meses antes del artículo de Mayor Zaragoza, en The Washington Post se publicó el artículo “A Tale of Two Letters” —“Historia de dos cartas”—, en el que se narraba que Stalin había dejado a su sucesor, Nikita Jrushchov, dos cartas para que las abriera cuando enfrentara dificultades. La primera: “Échame la culpa de todo”. La segunda: “Escribe otras dos cartas”. No había un sobre intermedio aconsejando cambiar al gabinete, pero la esencia es la misma del texto del español.

Mayor Zaragoza concluía que esa historia, aplicada a las sucesiones presidenciales, solo se aplicaba a una dictadura: “Porque los que ocupan cualquier cargo en países realmente libres se saben observados por el gran protagonista de la democracia: el pueblo… porque el desgaste propio del gobierno no significa erosión de ideales”.

En la España de 1982 la democracia era todavía muy joven. Tenía sentido, entonces, refutar la tesis de los tres sobres.

La historia de los tres sobres el priismo la adaptó como justificación de su antidemocracia. Posteriormente, los panistas hicieron lo mismo. No fue un plagio, sino una manera de darle coherencia, mediante una metáfora, a la sucesión presidencial autoritaria de los tiempos del PRI y del PAN.

En la versión mexicana se contaba que un presidente decía a su sucesor: “Te dejo tres sobres cerrados, ábrelos uno por uno cuando enfrentes una crisis grave. El primero dice: ‘Échame la culpa de todo’. El segundo: ‘Cambia a tu gabinete’. Y el tercero: ‘Prepara tres sobres’…”.

Se arraigó en la cultura política la historia de los tres sobres, tanto que desde el día uno de su gobierno la comentocracia, pensando que ese mecanismo no tiene fallas, ha aconsejado y aun exigido a la presidenta Claudia Sheinbaum, para superar problemas, hablar mal del expresidente Andrés Manuel López Obrador.

Claudia ha decepcionado a quienes le exigen cuestionar a Andrés Manuel. La presidenta ni culpa ni rompe de ninguna manera con su antecesor. Todo lo contrario, abiertamente lo respeta y, sin complejos, expresa lo que admira de él.

No es que AMLO mande, que no manda. La jefa —comandanta suprema de las Fuerzas Armadas— es Sheinbaum y nadie más. Pero la presidenta es una mujer de lealtades, más que a personas, a ideales. Desde el año 2000 decidió construir, con López Obrador, un proyecto político para cambiar a México. Y ahí, en ese proyecto, está su lealtad. Por eso no ha abierto el primer sobre, el de “échame la culpa de todo”, que quizá no recibió.

Tampoco ha cambiado a su gabinete, o no para maquillar crisis políticas, que las ha habido: sabe que en el fondo no se resuelven responsabilizando al equipo. Si ha habido relevos, y habrá más, se debe a necesidades administrativas o al natural agotamiento de personas que trabajan de más en un gobierno en el que se descansa poco o nada. A Claudia no se le ve, como a Peña Nieto, jugando golf los fines de semana y aun entre semana, o como a Calderón paseando en bicicleta en las playas del Caribe, o buceando como a Zedillo. Los fines de semana de Sheinbaum son de giras políticas. Y de lunes a viernes atiende asuntos desde las seis de la mañana hasta el anochecer. Es natural que quienes le siguen el paso se cansen.

Si acaso, en tres o cuatro años, ella escribirá una única frase para dejarla no en un sobre cerrado, sino como pública exigencia ética a quien aspire a llegar a Palacio Nacional por parte de Morena: “Lealtad al proyecto”.

Vale decir, no se tratará solo de ganar una elección, sino de merecer representar a un movimiento que tiene que ser consolidado. La virtud de quien llegue no será solo tener popularidad para conquistar el poder, sino ser digno de recibirlo.

Ha sido esta una aportación personal a quienes ya se aceleran, en todos los partidos, soñando con un futuro todavía lejano y que no será como lo imaginan si lo piensan en claves del pasado ya superado.