Ciro Gómez Leyva agradeció a Gonzalo Celorio que le haya enseñado la palabra retrotopía. Agradezco al columnista de Excélsior que me la haya enseñado a mí.

Celorio recibió ayer, de parte del rey Felipe VI de España, el Premio Cervantes en la Universidad de Alcalá. No sé si ahí estaba Gómez Leyva, pero nos regaló a sus lectores de México una reseña del evento —buen oficio ser el cronista de la vida mexicana que pasa por la antes muy mal llamada Madre Patria—.

Según Ciro Gómez Leyva, Gonzalo Celorio “invitó a mirar hacia adelante en lugar de instalarse en la cómoda mitificación del pasado: en la retrotopía de las culturas antiguas, caracterizó“.

Supongo que el galardonado cuestionaba de esa forma las peticiones —cordiales, diplomáticas, de ninguna manera peleonas— de dos gobiernos de izquierda mexicanos al reino de España para que Felipe VI se disculpara de alguna manera por las atrocidades cometidas en el territorio que hoy es México durante la llamada conquista del siglo XVI.

Busqué la palabra retrotopía en el principal diccionario de la Real Academia Española: no la encontré. En alguna nota de Google supe que es un neologismo acuñado por el sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman en su obra póstuma titulada, precisamente, Retrotopía —en Amazon puede comprarse por 289 pesos de contado, o en 12 abonos fáciles de $29.33—.

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Sobre ese libro de Bauman, Amazon dice: “Hace tiempo que perdimos la fe en la idea de que las personas podríamos alcanzar la felicidad humana en un estado futuro ideal…”. Es una ilusión que “está resurgiendo de nuevo como una imagen centrada, no en el futuro, sino en el pasado: no en un futuro por crear, sino en un pasado abandonado y redivivo que podríamos llamar retrotopía“.

Añade Amazon: “La retrotopía es el anhelo de rectificación de los defectos de la actual situación humana, aunque, en este caso, resucitando los malogrados y olvidados potenciales del pasado. Son los aspectos imaginados de ese pasado los que sirven hoy de principales puntos de referencia a la hora de trazar la ruta hacia un mundo mejor".

No aplica llamar retrotópicos a quienes, sin idealizaciones ingenuas del pasado indígena, exigen al rey de España y al gobierno de ese país que se disculpen —por cierto, aunque con timidez, han admitido la barbarie cometida por los españoles en nuestra tierra tanto Felipe VI como funcionarios del equipo del presidente Pedro Sánchez; ha ocurrido así, y se reconoce la honestidad de empezar a aceptar sus culpas históricas, gracias a la tenacidad de la presidenta Claudia Sheinbaum y del expresidente Andrés Manuel López Obrador—.

Retrotópicos o retrotópicas sí son quienes integran buena parte de la comentocracia mexicana. La de estas personas es una retrotopía de élite.

En efecto, en nuestra prensa existe una marcada idealización de los tiempos del PRI y del PAN. Sobran columnistas que alaban una democracia supuestamente perdida —son periodistas que inclusive abiertamente trabajan para hacer posible el retorno al pasado— . Carajo, como si con los gobiernos anteriores a la 4T hubiésemos vivido en Suiza, Noruega o la Atenas de Pericles.

Se trata de una narrativa que añora la presunta bonanza económica de los sexenios pasados y condena el orden actual, negándole cualquier reconocimiento a la izquierda. Lo anterior ocurre a pesar de que Morena, con AMLO y Sheinbaum, ha ganado en forma aplastante dos elecciones presidenciales absolutamente limpias. No es un logro menor si recordamos los fraudes electorales de Carlos Salinas contra Cuauhtémoc Cárdenas o el todavía más grande robo de votos a favor de Felipe Calderón para arrebatarle el poder a López Obrador.

Los retrotópicos y las retrotópicas de los medios de comunicación y las redes sociales de México, cuando elogian los supuestos éxitos económicos del PRI y del PAN, ignoran una proeza histórica de la 4T, por cierto absolutamente impensable antes de 2018: sacar de la pobreza a millones de personas.

La retrotopía de la prensa mexicana no obedece a análisis racionales de ningún tipo, sino a la necesidad de periodistas y empresas mediáticas de que regresen aquellos tiempos de tantos privilegios —económicos, desde luego— que tan felices hacían a columnistas, escritores y propietarios de diarios, radiodifusoras, etcétera. Un régimen de compraventa de opiniones que se extinguió con la 4T.

Comprendo a los y las comentócratas que desean el regreso al pasado, cuando quienes dirigían los medios —o sus periodistas más influyentes— eran considerados desde la cúpula del poder político como los árbitros últimos de la verdad y la moral pública.

Hoy, esa comentocracia grita que es un atentado contra su libertad de expresión que se le refute desde las conferencias de prensa mañaneras de la presidenta Sheinbaum. Pero lo cierto es que en la actualidad esa libertad se ejerce en México con una intensidad sin precedentes —no se vale, éticamente no, pero nadie castiga si los y las periodistas mienten y hasta insultan a la propia titular del poder ejecutivo; esta es la norma en no pocos espacios de opinión, y es algo que, solo como excepción, se veía en el pasado del PRI y del PAN—.

Cuando la izquierda ganó las elecciones de 2018 y, sobre todo, cuando volvió a triunfar en 2024, periodistas distintos, no profesionales, pero sí entusiastas, sumamente cuestionados en los medios tradicionales —yo, que me desarrollé en diarios de papel, también lo he hecho—; las personas que desde YouTube se han dedicado, sobre todo en las mañaneras, a cuestionar a la comentocracia, en realidad lo que han hecho es cantar, adaptada a la realidad política mexicana de hoy, aquel chachachá del músico cubano Rosendo Ruiz Quevedo, que se hizo famoso gracias a la interpretación de la Orquesta Aragón, dirigida por Rafael Lay: “Los marcianos llegaron ya / y llegaron bailando ricachá. / Ricachá, ricachá, ricachá, / así llaman en Marte al chachachá“.

Bueno, youtuberos y youtuberas, con ese mismo ritmo musical, lo que han cantado desde 2018 es: “Los retrotópicos llegaron ya / y llegaron bailando puro ardor. / ¡Puro ardor, puro ardor, puro ardor! / Así llaman al fracaso en el PRI-AN”.

AMLO, quien no se distingue precisamente por saber bailar, danzaba divertido ese ricachá nada más para que los y las columnistas perdieran todavía más los estribos. Por su parte, Claudia —que estudió ballet en su infancia y juventud— ha perfeccionado los pasos del ritmo cubano aplicado a la relación prensa-gobierno. ¡Horror!, dirán Jorge Castañeda y Aguilar Camín: ¡en Palacio amenizan las críticas a los medios con coreografía cubana! Seguramente pensarán que Marco Rubio y Donald Trump se van a enojar muchísimo en EEUU.

¿Será que ignoran tales intelectuales que el chachachá es un ritmo prerrevolucionario? Los primeros temas del género, como La engañadora, de Enrique Jorrín, se compusieron en 1953. Y la Orquesta Aragón hizo famoso el ricachá Los marcianos años antes de que Fidel Castro tomara por las armas el poder en 1959.