Donald Trump ha escrito en Truth Social que la relación entre Estados Unidos y China “con suerte será más fuerte y mejor que nunca antes”. El presidente chino, Xi Jinping, también enfatiza que las relaciones entre China y Estados Unidos son las relaciones bilaterales más importantes del mundo. Ambos se reunieron como las dos potencias con mayor poder tecnológico, económico y bélico pero profundas diferencias sistémicas y culturales. En la mesa estuvieron sentados las élites de negocios, tecnología e inteligencia artificial, los verdaderos dueños del dinero y en términos figurados, de lo que se produce en el mundo, pudieron cenar con sus competidores y estrechar relaciones. En el fondo, hay algo más.

Mientras los líderes sonríen para las cámaras, China ha estado fabricando misiles a un ritmo que no se veía desde que Xi Jinping llegó al poder en 2013 y aquello no puede ser confrontado con sarcasmo ni amenazas o aranceles como es del estilo de Trump. Es increíble ver cómo cambia el tono de su voz, su rostro y su actitud cuando se sabe incapaz de colocarse por encima de otro país, no parece el mismo presidente que imita a la presidenta Sheinbaum. Un análisis de Bloomberg que cartografió por primera vez las finanzas del sector, revela que el número de empresas cotizadas que producen componentes clave para misiles ascendió a 81 el año pasado. Más del doble que en el primer año del presidente Xi. Dentro de ese grupo, el año pasado concentró el mayor porcentaje de empresas reportando ingresos récord de toda la administración, lo que apunta directamente a nuevos pedidos destinados a expandir el programa de misiles chino. El contraste es elocuente pues mientras esas compañías de defensa batían récords, las 300 mayores empresas cotizadas de China registraban una caída agregada de ingresos. China no está creciendo. Está armándose.

El ecosistema militar chino documenta una cadena industrial de empresas estatales y privadas que conecta a fabricantes de recubrimientos furtivos, chips, sensores infrarrojos, fibra óptica, así como de metales impresos en 3D o sistemas electrónicos especializados con beneficios récord mientras otra parte de la economía china atraviesa serias dificultades.

El éxito es tal, que Pekín ha conseguido algo que pocos países han logrado a esta escala como fusionar industria civil y militar hasta el punto de convertir el desarrollo de misiles en un motor económico estratégico, la economía de la guerra no es como las anteriores, pues el elemento tecnológico de inteligencia artificial para perfeccionar inclusive las prospectivas y cálculos de poderío militar, reservas energéticas y todo tipo precisión les convierte en la potencia más poderosa, sin necesidad de invadir países o amenazar presidentes cada cinco minutos.

El Pentágono estima que Pekín posee al menos 3.150 misiles balísticos y 300 misiles de crucero lanzados desde tierra. Pero es una estimación inexacta, pues China es un misterio que Trump quiere descifrar mediante negociaciones y diplomacia. Desde 2015, cuando Estados Unidos comenzó a divulgar sistemáticamente esas estimaciones, el arsenal balístico chino creció un 147% y el de crucero, un 50 por ciento.

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Esta acumulación coincide con el agotamiento de las reservas estadounidenses a raíz de la guerra de Trump en Irán. Taiwán y los aliados de Washington en la región observan ese desbalance con preocupación creciente.

Pero Taiwán es, en cierto sentido, una coartada narrativa. A China le interesa que Estados Unidos no le venda armas a Taiwán. La isla aparece constantemente como el epicentro de cualquier conflicto posible en Asia-Pacífico y Xi necesita capacidad misilística para invadir o bloquear sus costas.

Sin embargo, el despliegue chino apunta a un objetivo más ambicioso y más revelador: impedir que Estados Unidos pueda intervenir eficazmente en esa hipotética guerra. El verdadero objetivo está a unos 3.000 kilómetros de Taiwán. Se trata de Guam, una isla tropical considerada como territorio no incorporado de Estados Unidos que está en el Pacífico occidental, cerca de Japón y Filipinas.

La isla funciona como uno de los principales nodos militares de Washington en el Pacífico occidental pues se trata de una plataforma aérea, naval y logística desde donde Estados Unidos sostendría cualquier operación alrededor de Taiwán. Por eso, China lleva años desarrollando sistemas diseñados específicamente para amenazarla. El más conocido es el DF-26, bautizado con precisión como “Guam Express”. La lógica es fría y directa ya que quien ponga en riesgo Guam, complica la proyección de poder estadounidense y fractura una de las ventajas estratégicas más sólidas de Washington en la región.

Lo más llamativo no son los misiles, sino quién los fabrica. El programa de Xi no descansa únicamente sobre gigantes estatales como China Aerospace Science and Technology Corporation. Empresas civiles aparentemente ordinarias han sido integradas al ecosistema militar chino. Algunas comenzaron fabricando sensores térmicos para detectar fiebre durante la pandemia de Covid. Hoy producen componentes para misiles y drones militares. China ha construido, sin apenas anunciarlo, una economía civil con vocación bélica incorporada. El famoso “comunismo” con “capitalismo de Estado” que rebasó por la derecha sin perder sus principios.

Aquí es donde la teoría de juegos deja de ser académica y se convierte en la gramática real de esta cumbre. Estados Unidos y China están atrapados en un juego de coordinación con estructura de dilema del prisionero extendido: ambos preferirían un mundo sin carrera armamentista, pero ninguno puede desarmarse unilateralmente sin asumir un riesgo existencial. La acumulación china de misiles no es un fin en sí mismo; es una señal costosa, en el sentido técnico del término, que comunica a Washington que cualquier intervención en Taiwán tendría un precio inaceptable.

Trump, por su parte, llega a Pekín con las reservas militares mermadas por Irán, lo que paradójicamente le da un incentivo adicional para negociar, pues su posición de fuerza es, por ahora, más retórica que real.

En ese contexto, la cumbre es una partida en la que ambos jugadores tantean el umbral de dolor del otro. Xi necesita saber hasta dónde llegará Trump en la defensa de Taiwán. Trump necesita saber si China tiene intención de actuar antes de que él reconstruya su arsenal.

La sonrisa diplomática y el armamento récord no se contradicen, pues son dos movimientos del mismo juego. Entre más colaboraciones puedan existir entre las élites de negocios y de inteligencia artificial además de los enormes monopolios potenciales que garantizarían el dominio de algunas empresas, mayor capacidades para descifrar el tamaño real del poder de China y, en última instancia, el premio que ambas potencias negocian sin nombrarlo.