Bastó un mensaje de la presidenta para activar una dinámica de trabajo a nivel nacional. Es verdaderamente significativo observar el poder de convocatoria que tiene Claudia, especialmente cuando se trata de un tema tan medular como el medioambiente. Desde hace tiempo, Sheinbaum ha mostrado un interés constante por estos asuntos que, como parte de la transformación, forman parte esencial de las políticas públicas.
Podemos describir como una participación fluida la decisión de lanzar un Plan Nacional de Reforestación. De hecho, siempre resulta productivo y satisfactorio ver que la población civil y sus autoridades, bajo un esquema organizado, acuden a los espacios adecuados para sembrar árboles y, con ello, aportar más oxígeno a nuestro entorno. Esa articulación entre sociedad y gobierno no solo fortalece la agenda ambiental, sino que también consolida una cultura de corresponsabilidad que será determinante para el futuro del país.
Viéndolo bien, esta política pública es uno de esos temas con gran impacto porque busca refrendar la relación que existe entre la sociedad y el ecosistema. Desde los tiempos de Sheinbaum como jefa de Gobierno —lo recuerdo bien— estableció numerosos ejercicios de esta naturaleza que, además de generar arraigo, contribuyeron a mejorar la calidad de vida y del aire. En retrospectiva, esa línea de acción ha sido una constante en Claudia desde que asumió responsabilidades de primer nivel.
Una de ellas, muy presente en la memoria colectiva, fue la encomienda que le delegó Andrés Manuel López Obrador cuando gobernó la Ciudad de México. El propósito, en aquel entonces, fue suministrar un nuevo rostro a los grandes desafíos, especialmente a la problemática ambiental que aquejaba a la capital. Al poner en marcha diversas labores, instrumentó mecanismos para atender la gestión urbana y la movilidad con menos contaminantes, siempre colocando sobre la mesa soluciones concretas y viables.
Ya en pleno gobierno de la Ciudad de México, que ella encabezó, implementó mecanismos con amplio alcance que, además, la llevaron a obtener reconocimientos internacionales al optimizar y modernizar la política ambiental mediante ideas innovadoras y vanguardistas derivadas de su formación profesional y académica. Con esa visión, la presidenta nos tiene acostumbrados a este tipo de brigadas que trabajan de manera ardua en favor del medioambiente.
Ello, por un lado, nos permite entender que el Programa Nacional de Reforestación es una propuesta que articula identidad territorial; es decir, el amor por la naturaleza expresado a través de mecanismos de cooperación. Es responsabilidad de cada autoridad poner en funcionamiento dinámicas que garanticen la supervivencia de las especies que dependen de estos procesos de restauración. La reforestación, en ese sentido, no es solo una acción técnica: es un compromiso político y social con el futuro del país.
Ante estos grandes desafíos —que podemos puntualizar en la necesidad de mejorar la calidad del aire—, la dinámica que acaba de maniobrar la presidenta a nivel nacional movilizó a todas las autoridades estatales y municipales. Hubo, además de una buena organización y planeación, una articulación efectiva que se convirtió en el principal punto de apoyo para que los protagonistas ofrecieran respuestas concretas.
Siendo que la consigna central es, por supuesto, la restauración, el objetivo es avanzar hacia un mayor control urbano mediante esta participación de la que estamos convencidos. Se trata, en esencia, de poner en práctica la voluntad colectiva de devolverle al ecosistema lo que le corresponde. Esa corresponsabilidad, asumida tanto por autoridades como por la ciudadanía, es el componente que permite que la política ambiental tenga verdadero impacto y continuidad.
De hecho, la apertura de esta dinámica ocurrió el pasado fin de semana. Siendo así, solo queda reconocerle a Claudia Sheinbaum las buenas intenciones que siempre imprime al articular políticas públicas orientadas a atender las principales necesidades de la población. Al tratarse de un trabajo que requiere colaboración, los protagonistas centrales fueron, sin duda, los gobernadores que salieron al territorio a plantar árboles. Fue una dinámica efectiva y, al mismo tiempo, una alternativa para sumar la labor del grueso de la población civil, que suele abrazar con entusiasmo estas causas.
Partiendo de la premisa de que este tipo de acciones se opera con voluntad y organización, los representantes populares, como vehículos institucionales, fungieron como los principales agentes para atender esta tarea. El paso inicial —que nos puso a prueba durante todo el fin de semana— consistió en potencializar la reforestación y expandirla lo más posible. Así, nosotros, como una sociedad activa que se involucra de manera constante en labores de esta naturaleza, fuimos la columna vertebral de un esfuerzo que merece ser reconocido.
En el norte, por ejemplo, vimos muy activos a los gobernadores y gobernadoras Marina del Pilar, Víctor Castro, Américo Villarreal y Alfonso Durazo. Lo mismo ocurrió con los mandatarios del centro del país. A través de sus redes sociales, y en conjunto con la población, atestiguamos el entusiasmo que imprimieron Alejandro Armenta, Delfina Gómez, Margarita González Saravia, Alfredo Ramírez, Evelyn Salgado, Clara Brugada y Miguel Ángel Navarro, de Nayarit.
Y como el sur nunca queda atrás, observamos el empuje de Javier May, Eduardo Ramírez, Joaquín Díaz Mena, Rocío Nahle, Salomón Jara y Layda Sansores. Todos ellos, con un alcance preponderante, participaron activamente en la convocatoria trazada y lanzada por la presidenta.
A la par de ello, con un mensaje de atención y corresponsabilidad, los protagonistas de esta campaña de reforestación cumplieron su meta: sembrar miles de árboles que, evidentemente, se convertirán en un pulmón de oxígeno para las generaciones futuras. De hecho, el punto de partida fue Puebla, que ha fungido como pionera de estas buenas acciones traducidas en políticas públicas.



