Ayer Jorge Castañeda, hoy Ciro Gómez Leyva —ya es la tercera vez que lo hace en unos cuantos días—, esta misma semana Carlos Marín dos veces y, desde luego, no podían faltar Sergio Sarmiento y Héctor Aguilar Camín.
Todos los mencionados han realizado la rutina de nado sincronizado que les preparó un abogado panista famoso, Fernando Gómez Mont.
Esa rutina de ballet acuático es la del llanto a coro con toda clase de gesticulaciones melodramáticas por la caída en prisión de quien fuera el primer gobernador del PAN, Ernesto Ruffo, de Baja California.
No será tan inocente Ruffo puesto que un tipo de escasa calidad ética, pero con información, como Felipe Calderón, lo acusó de haber entregado la entidad bajacaliforniana al narco, lo que de alguna manera comprueba una nota de Milenio en la que se recuerda que el Chapo Guzmán, en declaraciones ante el ministerio público en 1993, afirmó que ese exgobernador protegía al Cártel de los Arellano Félix.
Más allá de si Ruffo es culpable o no —lo decidirá el poder judicial mexicano, que me parece hoy, con la 4T, más confiable y menos corrupto que en los tiempos del PRI y del PAN—, estamos presenciando un tremendo lloradero en las columnas políticas de los diarios y en los noticieros de la radio.
Me recuerda aquella telenovela famosísima de Verónica Castro, Los ricos también lloran. En esta, al ver las lágrimas de Ciro, Marín, Gómez Mont, Castañeda, Sarmiento y Aguilar Camín, solo se me ocurre sintetizar tanto drama con una frase parecida a la del quizá más famoso culebrón mexicano: “Los que se sabían intocables también lloran”.
No sé si sigue activa Lolita de la Colina, autora del tema musical de la telenovela de Verónica Castro. Podría reeditar su clásico Aprendí a llorar para consolar a la comentocracia tan lastimada solo porque una jueza encontró que hay razones legales válidas como para mantener en la cárcel a alguien como Ruffo acusado de encabezar una enorme red de huachicol fiscal.
Nomás no pueden creer los y las comentócratas que tanto gozaron durante los sexenios del PRI y del PAN que a un panista famoso le haya caído encima, como guion politizado de Los ricos también lloran, todo el peso de la ley.
Quienes hoy se lamentan en las columnas de los diarios dirigidos por el abogado panista más famoso podrían también cantar a coro aquello de Lolita de la Colina: “Por amor (a los privilegios perdidos) aprendí a llorar, aprendí a llorar... pero no aprendí a olvidarte (a esos privilegios, desde luego)”.
También podrían gritar, dirigiéndose al patrón Gómez Mont en sus columnas y programas de debate, como quizá gritó Verónica Castro en la TV: “¡Dime que no es verdad, por favor, dime que esto es solo una pesadilla!”.



