Paco Calderón no es un personaje cualquiera. Por el contrario, es tal vez el más destacado caricaturista mexicano. A lo largo de muchos años ha ofrecido a la sociedad su visión picaresca, crítica, ácida y mordaz de los aconteceres de la política nacional y extranjera. Posee un extraordinario talento que lo ha colocado como un monero de referencia. Sus caricaturas en Reforma son amadas y odiadas por muchos.
Los caricaturistas incomodan a cualquier gobierno, pues pintan la interpretación del autor con un ingrediente mayor o menor de una realidad tangible. Es un ejercicio auténtico de libertad de expresión. Desde la cola de rata de Delfina, hasta la silueta delgada de Claudia Sheinbaum, las orejas de burro de Lenia Batres, la monstruosa mandíbula de Vicente Fox, la expresión cadavérica de Adán Augusto López o las moscas que sobrevuelan la figura de Noroña, los trazos de Calderón son únicos, inconfundibles e irrepetibles.
No es un sujeto particularmente simpático. Al revés. Se observa como un hombre reservado, altivo y un tanto pedante. Estos adjetivos le han generado un sinnúmero de malquerientes entre la autoproclamada 4T.
Sin embargo, la animadversión hacia la figura de Calderón se ha exacerbado en los últimos años. Un buen número de los secuaces del obradorismo le han descrito como racista, machista, como un criollo desubicado que desdeña a las civilizaciones prehispánicas y hasta como sionista, por sus comentarios en relación con la crisis en Palestina. Cada uno podrá tener su propia interpretación de las caricaturas y expresiones del dibujante.
Hace unos días algunos de los detractores de Calderón filtraron en X que el colaborador de Reforma había acudido a hacer su trámite para obtener la pensión de adultos mayores. Ha sido severamente criticado, pues Paco hace apenas unos años, llamó dádivas a las aportaciones del gobierno.
Este asunto tiene, a mi juicio, dos lecturas. En primer lugar, el monero, como todo mexicano mayor de 65 años de edad, tiene el derecho constitucional de recibir el apoyo. El hecho de ser beneficiario de este recurso no conlleva una contradicción.
Recibir el dinero no resta legitimidad al razonamiento alrededor de la utilización de los recursos del Estado como método para la compra de voluntades. Calderón, en tanto que analista de la realidad nacional -lo que expone en sus caricaturas- puede ejercer el derecho de percibir el recurso que proviene del dinero de todos los contribuyentes, y a la vez, repudiar los objetivos políticos que el régimen obradorista persigue con su utilización. El dinero público no es propiedad del gobierno, sino de todos, incluido el vilipendiado Paco Calderón.
La segunda lectura consiste en la crítica de la universalización de los programas para los adultos mayores. Calderón, al igual que muchos mexicanos mayores de 65 años, cuyos ingresos por su trabajo en el diario Reforma deben seguramente ser más elevados que las percepciones de millones de compatriotas, no necesita apoyos del Estado. El hecho del trámite de su pensión ha puesto en evidencia que las aportaciones a ese grupo social favorecido es una política parcialmente regresiva, pues favorece también a los estratos más acomodados de la sociedad mexicana. Debería revisarse, en mi opinión, para que el dinero público estuviera mejor dirigido al alivio de un mayor número de pobres.
En suma, Paco Calderón es hoy claramente identificado como un miembro más de la maldita “derecha” mexicana, y deberá lidiar con los que repudian su manera de escribir, hablar y dibujar. Sin embargo, lo que es un hecho es que el caricaturista incomoda con sus creaciones, y ese es, al final, el objetivo de todo monero.





