La democracia no es una estructura inmóvil. Es un sistema vivo que se transforma con las exigencias de la evolución de la sociedad.
Hoy en San Lázaro se vota, en el pleno, la iniciativa de reforma electoral llamada “Decálogo por la Democracia”, presentada por la presidenta Claudia Sheinbaum.
No se trata de un simple ajuste institucional: es un paso profundo hacia la deselitización del poder público y hacia el reconocimiento de deudas históricas que el Estado mexicano aún tiene con su ciudadanía.
Esperemos que las y los legisladores hoy voten por conciencia y no por consigna.
Hay muchas razones para hacerlo.
La triple vulnerabilidad: mujer, indígena y migrante
El último eslabón de la protección institucional tiene rostro: mujeres y niñas indígenas migrantes.
Ellas viven una triple condición de vulnerabilidad que muchas veces ni siquiera aparece en las estadísticas. Son mujeres en contextos de profunda desigualdad; además de ser mujer o niña, son indígenas en un país que aún arrastra discriminaciones históricas, y migrantes en territorios donde con frecuencia son perseguidas y su voz no es escuchada.
Por eso la creación de una representación migrante federal no es una concesión política. Es un acto de justicia.
Hace quince años, en Chiapas, fuimos pioneros al crear la primera diputación migrante. Una mujer chiapaneca migrante fue electa por la ciudadanía chiapaneca residente en el exterior. Aquella conquista, aunque posteriormente fue revertida, dejó sembrada una idea poderosa: quienes sostienen a México desde fuera también deben participar en sus decisiones.
Hoy esa semilla vuelve a germinar con una visión más amplia de Estado.
Del legado de la “Ley Lope” a la voluntad ciudadana
La pluralidad política en México suele atribuirse con justicia a Don Jesús Reyes Heroles por la histórica reforma política de 1977. Sin embargo, también se debe reconocer que fue el Presidente José López Portillo quien tuvo la visión de promulgar la llamada Ley Lope, abriendo espacios institucionales para integrar a la vida política a fuerzas que durante años habían permanecido en la clandestinidad.
Aquella reforma permitió incorporar a la toma de decisiones a partidos que no tenían representación ni reconocimiento institucional. Hoy el país es distinto: no hay partidos clandestinos ni excluidos del sistema político.
Mi padre, Juan Sabines Gutiérrez, fue parte de esa LI Legislatura, la primera realmente plural. Compartió la tribuna con figuras como Beatriz Paredes, Arnoldo Martínez Verdugo, Abel Vicencio Tovar, Pablo Gómez, José Murat, Fidel Herrera y Hernández Juárez Pliego, entre muchas personalidades que marcaron la vida política de las décadas posteriores.
Pero el México de hoy es distinto al de 1977.
La propuesta actual evoluciona ese modelo: plantea que la representación proporcional deje de ser una lista de jerarquías impuesta por las élites y se convierta en espacios para la minoría mejor votada.
Ni las democracias más avanzadas otorgan tanto valor a la primera minoría como lo plantea esta reforma. En Estados Unidos, por ejemplo, no existen curules de representación proporcional ni espacios para segundas minorías.
El modelo que se propone se acerca más al de Brasil, donde existe un sistema de lista abierta en el que la ciudadanía vota directamente por la persona, y ese respaldo determina quién de ese partido obtiene el escaño.
La lógica cambia de fondo. Las cúpulas podrán proponer, pero será la ciudadanía quien decida quién ocupa un asiento en el Congreso después de pedir el voto.
Es pasar de la democracia de gabinete a la democracia de territorio.
El fin de los cacicazgos
Gaetano Mosca, el padre de la teoría de las élites, advertía: “El caso más frecuente de decadencia ocurre cuando la clase política se vuelve cerrada y hereditaria.”
Por ello otro aspecto fundamental de esta reforma es la prohibición del nepotismo.
Durante mi gobierno en Chiapas impulsamos en 2011 una ley para evitar que los cargos públicos se heredaran entre familiares. Aquella reforma buscaba algo muy simple: impedir que el poder se convirtiera en patrimonio de unas cuantas familias.
Cuando esa norma fue derogada, vimos lo que ocurre cuando el poder vuelve a concentrarse: municipios completos quedaron atrapados en redes familiares que bloquean la alternancia y la participación ciudadana.
Elevar esta prohibición a rango de ley significa blindar la libertad política de los pueblos frente a los intereses de sangre.
Y para quienes temen verse afectados, su aplicación está prevista hasta 2030.
La hora de la convicción
Hoy se trata de saber si la representación pública seguirá dependiendo de listas cerradas y acuerdos de élite, o si volverá a nacer donde siempre debió estar: en el territorio, en la gente y en el voto.
Esta iniciativa impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum abre una oportunidad democrática que México había postergado por décadas: cómo devolverle a la ciudadanía el poder de decidir quién la representa.
Las reformas políticas más importantes de nuestra historia han surgido cuando el país ha tenido la valentía de abrir las puertas de la democracia.
En 1977 se integró a quienes estaban fuera del sistema.
Hoy el desafío es distinto: no se trata solo de abrir la puerta, sino de evitar que vuelva a cerrarse.
Porque cuando la representación pública se aleja del territorio, la democracia se vuelve una conversación entre pocos.
Y cuando la política se vuelve un espacio cerrado, deja de ser servicio y comienza a parecerse al privilegio.
El voto de hoy dirá si el Congreso quiere seguir administrando el poder desde las élites o si está dispuesto a devolverle a la política su raíz más antigua y más exigente: caminar el país, escuchar a su gente y pedir su confianza.
En ocasiones la historia no se anuncia con estruendo. A veces se presenta en forma de reforma.
Hoy puede ser uno de esos días.






