“El poder no necesita gritar; cuando grita, ya está en problemas”.

Byung-Chul Han

La gota que derramó el vaso de la presidenta Claudia Sheinbaum fue la protesta contra una planta recicladora en San José Chiapa. En lugar del aplauso coreografiado, el “pueblo bueno” decidió protestar. Y lo que siguió no fue escucha, sino irritación.

No es la primera vez, y ahí está el punto. No estamos ante un arrebato aislado, sino frente a un patrón que empieza a delinearse: Zacatecas a finales de marzo, San Quintín al arranque del año —regaños a legisladores y operadores por su ineficacia territorial—, los señalamientos a la CNTE por sus formas de protesta, o aquel episodio, ya icónico, cuando siendo precandidata marcó con el dedo al gobernador de Sonora, Alfonso Durazo, ante las demandas de “piso parejo”.

No son episodios desconectados. Son síntomas. Y como advertía Albert Hirschman, el poder se revela más en sus reacciones que en sus decisiones. Lo que vimos no desmiente la crítica; la confirma.

Porque en política el cuerpo comunica antes que el discurso. Y cuando una presidenta señala con el dedo y regaña en público, no está ejerciendo firmeza: está perdiendo control. El gesto traiciona a la investidura. El dedo acusador sustituye al argumento. Cuando falta control, sobra gesticulación.

Se dirá —y con razón— que al menos no banaliza ni trivializa como lo hacía Andrés Manuel López Obrador. Pero entre la guasa permanente y la irritación pública hay un punto medio: la contención. La capacidad de absorber presión sin devolverla en forma de enojo, y menos aún contra quienes protestan porque, en muchos casos, es su ÚNICA vía de interlocución con el poder.

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La autoridad no se impone; se reconoce. Y cuando necesita alzarse la voz o apuntar con el dedo, es porque ha entrado en fase defensiva. La irritación es el lenguaje del poder cuestionado.

Lo que vimos en Puebla no fue gobierno: fue escenificación. Un intento de performar control cuando este empieza a resentir fisuras. La sobreactuación del mando suele ser inversamente proporcional a su solidez real. Se actúa autoridad cuando ya no alcanza con ejercerla.

Y aquí conviene incorporar otra lectura: cuando el conflicto no se gestiona, no desaparece. Como explicaba Niklas Luhmann, el conflicto mal procesado se transforma en deslegitimación. Es decir, lo que no se contiene institucionalmente termina erosionando la autoridad que pretende sostenerse a golpe de gesto.

Y ahí aparece algo más profundo: la fractura interna. Porque esto no es solo Claudia Sheinbaum; es el sistema hablando a través de ella. Tensiones acumuladas, presiones cruzadas, operadores que no operan, conflictos que no se resuelven. El regaño público no solo va hacia afuera; es también un mensaje hacia dentro.

Estoy convencida de que cuando el poder deja de controlar la narrativa, intenta controlar el tono. Antes había relato dominante; hoy hay reacción. Y el cambio no es menor: pasar de la hegemonía discursiva a la defensa temperamental implica reconocer —aunque no se diga— que algo se está desacomodando.

Una estadista administra crisis, baja la temperatura, contiene. Lo que estamos empezando a ver es otra cosa: personalización del conflicto, elevación del tono, irritación visible. No es pérdida total de control —no exageremos—, pero sí una señal de desgaste en la forma de ejercerlo.

El riesgo es la normalización. Si el regaño sustituye al argumento, si el gesto reemplaza a la política, entonces se devalúa el estándar del liderazgo. El poder se vuelve temperamental, impredecible, más cercano al impulso que a la institución. Y cuando eso ocurre, gobernar deja de ser conducción y pasa a ser reacción.

Además, hay un dato político que no debería ignorarse: el “pueblo bueno” ya no es un coro automático. Empieza a incomodarse, a reclamar, a exigir. Y cuando eso sucede, la respuesta no puede ser el regaño. Porque el poder que se irrita frente a la crítica termina revelando más de sí mismo de lo que quisiera.

Lo que vimos no fue una presidenta “fuera de sí”. Fue algo más sutil —y por eso más inquietante—: una presidenta que, ante la presión, empieza a mostrar los límites de su control. Y en política, los límites, cuando se hacen visibles, dejan de ser anecdóticos.

Giros de la perinola

(1) Si Byung-Chul Han tiene razón, el problema no es el volumen, sino lo que lo provoca: cuando el poder eleva la voz, es porque ya no logra imponerse en silencio.

(2) Uno de los multifamiliares inaugurados en Puebla: a medio terminar, sin cortinas, con frutas de plástico. La escenografía del Bienestar también empieza a fallar. Y cuando falla la escenografía, solo queda la realidad.

(3) “Igualita que López Obrador”, le gritaron. Lo que antes era herencia política, hoy empieza a sentirse como carga. Y quizá por eso incomoda tanto.

(4) Si de enojos se trata, tal vez convendría redirigirlos: no hacia quienes protestan, sino hacia quienes no están operando, no están resolviendo y, peor aún, están erosionando —¡y robando!— desde dentro. Gobernar también implica cortar lastre. Sí.