Rumbo a 2027 la oposición está haciendo de todo para no perder, incluso dejando sus valores ideológicos con tal de unirse y derrotar a Morena, dejando de lado incluso, la historia de su partido.
Por un lado, tenemos al PRI, un partido que durante buena parte del siglo XX se movió bajo el nacionalismo revolucionario, abogando por un Estado fuerte, empresas públicas y una economía mucho más intervencionista. En los ochenta, dio un giro hacia el neoliberalismo y la apertura económica. Y hoy, al menos oficialmente, vuelve a definirse como un partido socialdemócrata, progresista y de centroizquierda. Es decir, el PRI ha recorrido más espectro ideológico que muchos votantes en toda su vida.
Por otro lado, el PAN, que desde su fundación en 1939 ha tenido una identidad bastante más consistente con el humanismo cristiano, propiedad privada, libertad económica, familia, democracia y un Estado menos intervencionista. Con los años se consolidó como el gran partido de centroderecha mexicano, aunque últimamente algunas de sus propuestas parecen mirar con bastante cariño hacia la extrema derecha latinoamericana, ya que este mismo año el PAN propuso penas de hasta 140 años para narcopolíticos y una megacárcel de máxima seguridad inspirada en el modelo de Nayib Bukele.
Asimismo, Movimiento Ciudadano oficialmente se define como socialdemócrata, pero en realidad, políticamente todavía está terminando de construir una identidad nacional propia más allá de sus liderazgos locales, sus gobiernos estatales y el branding naranja
Después están los nuevos partidos, donde la cosa se pone todavía más interesante. “Somos”, por ejemplo, ha dicho en innumerables ocasiones que no quiere definirse ni de izquierda ni de derecha, su propia dirigencia dice que quiere ser una “casa común” para la derecha, el centro, la izquierda democrática o para quienes no tengan idea de lo que está pasando en el país y les guste el rosa.
Y finalmente están los partidos más pequeños. El PT todavía se define como un partido de izquierda, con raíces socialistas, aunque desde hace años su identidad electoral está íntimamente ligada a Morena. El Partido Verde se dice ecologista, pero en la práctica ha sido aliado del PAN, del PRI y ahora de Morena, demostrando que su ideología más consistente quizá sea estar cerca del poder. Y ahora aparece PAZ, heredero político del viejo Partido Encuentro Social, comparte buena parte de sus cuadros y arrastra también su tradición socialmente conservadora, particularmente en temas como aborto, familia y adopción homoparental.
Sin embargo, con independencia de qué nos parezcan ideológicamente estos partidos algo podemos asegurar que tienen todos en común: no tienen un proyecto de nación.
La desesperación del PRI en aliarse con todo el mundo y del PAN (partido ideológicamente antagónico) de si quiera considerarlo, llevando a Vicente Fox a las oficinas del PRI con Alito Moreno es, sin duda, la prueba más clara de que la única propuesta contundente de la oposición es sacar a Morena sin un plan B para después.
Entonces, si los partidos están dispuestos a dejar sus valores, su historia y su ideología de lado con tal de “derrotar” a Morena, ¿En verdad lo hacen por y para los ciudadanos o solo para regresar ellos al poder? Porque lo que el ciudadano quiere es certeza de cómo se le va a gobernar y cómo se tomarán las decisiones respecto del acceso a los programas sociales, a si van a poder terminar de pagar su casa, si tendrán medicinas cuando las necesiten, si sus hijos van a encontrar trabajo, si el salario les va a alcanzar, qué va a pasar con la seguridad, con los impuestos, con la educación pública o con el precio de la gasolina.
Y para responder todo eso, no basta con decir “somos la oposición”. La política no puede reducirse a una suma de partidos unidos por aquello que rechazan. En algún momento también tienen que decir qué defienden, qué están dispuestos a negociar y, sobre todo, qué país quieren construir.
Porque “Nosotros no somos ellos” no es un proyecto de nación, por eso, la oposición antes de descubrir cómo derrotar a Morena, necesita resolver algo bastante más básico: para qué quiere ganar.





