Hay países que tienen petróleo y son pobres. Otros tienen grandes mercados y no crecen. Algunos poseen universidades, empresarios, trabajadores capaces y una ubicación geográfica privilegiada, pero pasan décadas administrando la mediocridad. Y hay naciones que, después de guerras, crisis o periodos de pobreza extrema, consiguen transformarse en una generación. ¿Por qué?

La explicación tradicional apunta a las instituciones, la inversión, la educación, la infraestructura, el comercio, la tecnología y la estabilidad macroeconómica. Todo eso importa. Muchísimo. Pero falta una variable que rara vez aparece en las estadísticas económicas: la capacidad de una sociedad para imaginar un futuro común y ponerse de acuerdo para construirlo.

Tal vez uno de los activos más poderosos de un país sea precisamente ése: tener una gran idea de sí mismo. No hablo de nacionalismo, propaganda gubernamental ni unanimidad política. Tampoco de eliminar diferencias. Hablo de algo más sofisticado: construir un consenso suficientemente amplio sobre lo que queremos llegar a ser como nación. En tiempos de polarización, esto parecería una idea casi revolucionaria.

Antes del PIB está el “nosotros”

Benedict Anderson escribió uno de los libros fundamentales de las ciencias sociales contemporáneas: Imagined Communities. Su tesis fue que una nación es, antes que nada, una “comunidad imaginada”. Millones de personas que nunca se conocerán personalmente desarrollan, sin embargo, la convicción de que forman parte de una misma comunidad.

Esa palabra —nosotros— tiene enormes consecuencias económicas y políticas. ¿Por qué aceptar impuestos para construir escuelas que utilizarán hijos de desconocidos? ¿Por qué financiar infraestructura que beneficiará a generaciones futuras? ¿Por qué empresarios, trabajadores, universidades y gobiernos deberían cooperar en proyectos cuyos resultados tardarán años? Porque existe la percepción de que pertenecemos al mismo proyecto.

Las columnas más leídas de hoy

Francis Fukuyama llevó esta idea al terreno económico en su libro Trust. La confianza, sostiene, no es solamente una virtud moral. Es un activo económico. Las sociedades donde las personas pueden cooperar más allá de sus familias o pequeños círculos construyen organizaciones más complejas, reducen costos de transacción y emprenden proyectos colectivos de mayor escala.

Robert Putnam llegó a conclusiones relacionadas en su libro Making Democracy Work. Las instituciones funcionan mejor cuando existe detrás de ellas una cultura de cooperación, reciprocidad y participación cívica.

Hoy sabemos que esto tiene consecuencias muy concretas. La OCDE señala que la confianza reduce costos de transacción, facilita el cumplimiento de las políticas públicas y permite generar respaldo para reformas difíciles. También advierte que los ambientes de baja confianza deterioran la cohesión social y limitan la capacidad de los gobiernos para responder a problemas complejos.

Por eso podríamos formular una primera ecuación política: sin un “nosotros” creíble es muy difícil construir un “mañana” compartido.

El consenso no significa pensar igual

Aquí aparece una objeción inevitable. Las sociedades modernas son plurales. ¿Cómo construir una visión nacional sin imponer una sola visión? John Rawls ofrece una respuesta extraordinariamente útil con su concepto de overlapping consensus. No necesitamos estar de acuerdo en todo.

Un empresario y un sindicalista pueden tener ideas diferentes sobre los impuestos. Un conservador y un progresista pueden discrepar profundamente sobre cuestiones sociales. Gobierno y oposición competirán siempre por el poder. Pero todos podrían coincidir en que un niño debe recibir educación de calidad; que quien trabaja debe tener posibilidades de prosperar; que las empresas necesitan certeza; que la ley debe cumplirse; que la corrupción destruye valor; que la ciencia y la tecnología importan; que debemos reducir la pobreza; y que nuestros hijos deberían recibir un país mejor que el nuestro.

La democracia no exige eliminar el conflicto. Exige construir un piso común debajo del conflicto. Ésa puede ser una de las grandes tareas políticas de nuestro tiempo.

De la idea a la misión

Mariana Mazzucato acaba de publicar su libro The Common Good Economy. Su argumento llega en un momento oportuno: las economías necesitan recuperar propósito y orientar capacidades públicas, privadas y sociales hacia objetivos colectivos. Su propuesta profundiza una idea desarrollada anteriormente en Mission Economy: los grandes desafíos pueden convertirse en misiones capaces de movilizar innovación, inversión y cooperación.

El ejemplo paradigmático es el programa Apollo. John F. Kennedy no presentó a los estadounidenses un plan burocrático de miles de páginas. Les dio una misión: llevar un hombre a la Luna y traerlo sano y salvo antes de terminar la década. La Luna era el destino visible. Pero la verdadera transformación ocurrió en la Tierra.

Gobierno, universidades, científicos, ingenieros, empresas y trabajadores tuvieron que resolver miles de problemas. Se desarrollaron tecnologías, materiales, sistemas de cómputo y nuevas capacidades industriales.

Una misión extraordinaria convirtió inteligencia dispersa en esfuerzo coordinado. Ahí está la diferencia entre slogan y estrategia. El slogan busca aplausos. La misión organiza capacidades.

Cuando un país decide avanzar

La historia económica ofrece ejemplos extraordinarios.

Alemania occidental construyó después de la Segunda Guerra Mundial una economía social de mercado alrededor de reconstrucción, estabilidad y productividad.

Japón hizo de la modernización industrial y tecnológica un proyecto nacional.

Corea del Sur apostó durante décadas por educación, exportaciones, industria y tecnología hasta convertirse, en una generación, de país pobre en potencia económica.

Singapur construyó su proyecto alrededor de competencia, educación, apertura, infraestructura y eficacia gubernamental.

Finlandia convirtió educación, conocimiento e innovación en pilares nacionales.

Irlanda logró a finales de los años ochenta acuerdos entre gobierno, empresarios y trabajadores que ayudaron a estabilizar la economía y sentaron bases para una transformación posterior.

En España, los Pactos de la Moncloa de 1977 no significaron que izquierda y derecha dejaran de ser adversarios. Comprendieron que existían objetivos superiores a sus diferencias inmediatas.

La gran lección es: las sociedades exitosas no necesariamente eliminan sus conflictos. Logran ponerse de acuerdo un nivel por encima de ellos.

El peligro de la falsa unidad

Pero también hay una advertencia. Una gran idea nacional puede convertirse en instrumento de exclusión. La historia está llena de gobiernos que confundieron unidad con obediencia, patriotismo con lealtad al gobernante y consenso con silencio.

Andreas Wimmer, en su libro Nation Building, nos dice: la construcción nacional funciona cuando es incluyente. La pregunta decisiva es quién forma parte del “nosotros”. Una visión nacional que dice “este país nos pertenece a todos” puede generar cooperación. Una que dice “este país nos pertenece a nosotros y no a ustedes” terminará produciendo división.

También necesitamos instituciones. Daron Acemoglu y James Robinson lo explicaron en su obra Why Nations Fail: las sociedades prosperan sostenidamente cuando desarrollan instituciones capaces de ampliar oportunidades en lugar de concentrar permanentemente poder y beneficios.

Podemos entonces plantearlo así: propósito nacional sin instituciones puede convertirse en propaganda. Instituciones sin propósito nacional pueden convertirse en burocracia. Una sociedad próspera necesita ambas.

De “¿qué me toca?” a “¿qué podemos construir?”

Hay otro autor indispensable: Mancur Olson. En su obra The Rise and Decline of Nations explicó cómo las sociedades pueden ir acumulando grupos organizados dedicados a proteger intereses particulares. Poco a poco, la energía nacional deja de concentrarse en crear riqueza y comienza a concentrarse en distribuirla.

Todos preguntan: “¿Qué me toca?” Pocos preguntan: “¿Qué podemos construir?”

Una gran visión nacional puede modificar temporalmente esa lógica. No elimina intereses particulares —ninguna sociedad puede hacerlo—, pero crea objetivos suficientemente importantes para que empresarios, trabajadores, universidades, gobiernos y organizaciones sociales descubran zonas donde cooperar.

Ésa es la diferencia entre repartir el presente y construir el futuro.

México necesita una conversación sobre el futuro

Aquí es donde todo esto adquiere relevancia para México. Nuestro debate público está obsesionado con el presente y, todavía más, con el pasado. Discutimos quién tuvo la culpa. Quién traicionó a quién. Qué gobierno fue mejor o peor. Quién pertenece al pueblo y quién a las élites. Quién es conservador, neoliberal, populista o reaccionario.

La política necesita conflicto. La democracia necesita oposición. La crítica al poder es indispensable. Pero un país no puede construir su futuro mirando permanentemente por el espejo retrovisor.

México necesita comenzar otra conversación: ¿Qué país queremos ser en 2040? ¿Queremos convertirnos en una de las plataformas industriales y logísticas más competitivas del mundo? ¿Queremos aprovechar nuestra integración con América del Norte para construir empresas mexicanas globales? ¿Queremos que nuestros niños tengan una educación comparable con la de las economías más avanzadas? ¿Queremos convertirnos en potencia energética, digital, agroindustrial y tecnológica? ¿Queremos construir un sistema de salud verdaderamente universal? ¿Queremos reducir radicalmente la violencia? ¿Queremos que cualquier mexicano, independientemente de dónde nazca, tenga posibilidades reales de ascenso social?

Ninguna de esas aspiraciones debería pertenecer a un partido. Podrían pertenecer a México.

El nuevo capital nacional

Durante siglos medimos la riqueza de los países por sus tierras, minas, fábricas, infraestructura y capital financiero. Después comprendimos la importancia del capital humano. Putnam y Fukuyama nos ayudaron a comprender el capital social.

Creo que debemos agregar otro concepto: “capital de propósito”. Es la capacidad de una sociedad para imaginar un futuro deseable, generar suficiente confianza alrededor de él y coordinar recursos para construirlo.

Un país con alto capital de propósito puede pensar a veinte años aunque sus gobiernos duren seis. Puede emprender infraestructura que atraviese administraciones. Puede mantener políticas educativas durante décadas. Puede atraer inversión porque existe certidumbre sobre la dirección general. Puede asumir sacrificios presentes porque la sociedad comprende hacia dónde va.

Un país con bajo capital de propósito vive atrapado en ciclos políticos cada vez más cortos. Cada gobierno comienza de nuevo. Cada elección redefine el país. Cada adversario se convierte en enemigo. Cada reforma destruye la anterior. Y cada generación vuelve a discutir las mismas preguntas.

La gran idea

México no necesita unanimidad. Necesita algo mucho más inteligente. Necesita acordar el futuro sin tener que estar de acuerdo en todo lo demás. Ésa podría ser una de las grandes ideas políticas de nuestro tiempo.

Gobierno y oposición seguirán compitiendo. Empresarios y sindicatos seguirán negociando. Izquierda y derecha continuarán discrepando. Los ciudadanos seguirán criticando a quienes gobiernan. Así debe ser. Pero debajo de todo ello podría existir una convicción compartida: México debe convertirse, durante los próximos quince años, en una sociedad más próspera, segura, educada, innovadora y sostenible.

Y entonces convertir esa aspiración en diez misiones nacionales medibles. Porque las grandes transformaciones comienzan cuando una sociedad deja de preguntarse solamente qué gobierno quiere y comienza a preguntarse qué país quiere ser.

Una nación cambia cuando millones de personas descubren que sus sueños individuales pueden formar parte de una ambición colectiva. La prosperidad comienza con inversión, educación, instituciones y productividad.

Pero antes de todo eso puede haber algo todavía más elemental: una idea suficientemente grande para que un país vuelva a creer en su futuro.