Hoy, en un aniversario luctuoso más de Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, la mirada se vuelve inevitablemente hacia el oriente, hacia esa silueta imponente del Iztaccíhuatl y el Popocatépetl. Como mexiquense que conoce las entrañas del Edomex, no puedo evitar sentir un escalofrío al recordar cada recorrido en la región de los volcanes, que hacía como directora de Promoción Turística del Gobierno del Estado de México. Es allí, donde el aire frío y la tierra fértil forjaron el espíritu de la mujer que se convertiría en la Décima Musa.

Visitar San Miguel Nepantla o Amecameca no es solo un ejercicio de turismo convencional, es una peregrinación hacia las raíces del pensamiento crítico femenino. En mi labor de promoción turística, conocí de cerca esa región mágica y reconozco que la Ruta de Sor Juana es mucho más que un itinerario: es el mapa vivo de una resistencia. Sor Juana no nació en un vacío, creció entre las bibliotecas de su abuelo y el susurro de los volcanes, demostrando desde niña que el hambre de saber no conoce fronteras de género.

Sor Juana fue, con una convicción absoluta, una de nuestras primeras feministas. Fue la mujer que, en un siglo XVII asfixiante, decidió que el hábito no la hacía monja, sino libre. Ella no entró al convento por un llamado divino al silencio, sino por un llamado humano al estudio. Rompió los techos de cristal de la época con la pluma como martillo, recordándonos en su Respuesta a Sor Filotea que el entendimiento no tiene sexo. Ella fue la adelantada que se atrevió a ser antes de que le “tocara” ser.

Hoy, este mensaje es vital para nuestras niñas, adolescentes y jóvenes. La educación sigue siendo la herramienta de empoderamiento más disruptiva que existe. En un mundo que aún intenta dictar qué lugares debemos ocupar, Sor Juana nos grita desde la historia que nuestro lugar es aquel donde nuestra inteligencia nos lleve.

Impulsar turísticamente la región de los volcanes es un acto de justicia y de identidad. No podemos permitir que su imagen se diluya; necesitamos que la gente camine por donde ella caminó, que respire el aire que inspiró el Primero Sueño.

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Conocer sus raíces mexiquenses es entender la magnitud de su grandeza: una mujer que nació en la periferia de un imperio y terminó conquistando el centro del pensamiento universal. Recorrer estos lugares nos transporta a su historia y asegura que la Décima Musa siga viva en nuestra memoria colectiva.

Hagamos que su legado siga vibrando en cada aula, en cada viaje y en cada joven que se atreve a cuestionar la “necedad de los hombres”. Que la cultura y el turismo sean el puente para que nadie olvide que en el corazón de México nació la mujer que nos enseñó a pensar.