En el pasado, gobernadores, periodistas y empresarios deseaban fervientemente que los presidentes del PRI y del PAN los incluyeran en sus giras internacionales.

El caso de los pocos mandatarios estatales de izquierda era distinto: no anhelaban tales invitaciones, pero de recibirlas, les resultaba imposible declinar. La rebeldía se pagaba mediante el recorte de apoyos y recursos federales.

Juan Sabines, exgobernador de Chiapas, me ha compartido su experiencia en la gira de 2008 de Felipe Calderón a España —testimonio que publicará este domingo en SDPNoticias—. De su relato, destacaré aquí los puntos especialmente valiosos en el contexto de la política exterior de la presidenta Claudia Sheinbaum.

Aclaro algo que Sabines comprensiblemente subrayó: él ganó la gubernatura en 2006 como candidato de la misma coalición que ese año tuvo como abanderado presidencial a Andrés Manuel López Obrador —PRD, PT y Convergencia—. Sabines derrotó a los candidatos del PRI y del PAN.

A pesar de haber apoyado a AMLO, Sabines no estaba en posición de rechazar la convocatoria de Calderón. En aquella visita, el presidente espurio buscaba proyectar una imagen de estadista incluyente mediante una estudiada selección de acompañantes: un gobernador de izquierda (Sabines, de Chiapas), uno del PRI (Enrique Peña Nieto, del Edomex) y uno del PAN (José Guadalupe Osuna, de Baja California).

Las columnas más leídas de hoy

Pablo Salazar Mendiguchía presume hoy haber sido un gobernador chiapaneco ciento por ciento de izquierda, pero su origen electoral lo refuta: llegó al poder postulado por una amalgama que incluía al PRD, sí, pero también al derechista PAN. Lo cierto es que durante el sexenio de Vicente Fox, Salazar se veía de lo más complacido en las giras por España. No me lo cuentan; yo mismo fui testigo de su entusiasmo en eventos en Madrid, donde lucía plenamente integrado al entorno del primer presidente panista.

De la gira de Calderón en 2008, rescato un detalle revelador: el enorme avión presidencial iba a tope. Además de los tres gobernadores, muchos otros acarreados acompañaban al esposo de Margarita Zavala: empresarios, decenas de periodistas y hasta el cantante Pepe Aguilar para amenizar los eventos del espurio. Eran las típicas jornadas del derroche, sellos distintivos del priismo y el panismo, donde nunca faltaban los gorrones que se emborrachaban en la aeronave oficial pagados el whisky y el tequila con recursos públicos.

Al ingresar al espacio aéreo español, relata Sabines, fueron escoltados por aviones de combate de la Fuerza Aérea de ese país. Un despliegue falsamente marcial, bastante cursi, para impresionar a un mandatario más bien acomplejado que no solo había cometido fraude electoral, sino que acababa de sumergir a México en una guerra absurda contra el narco, cuyas consecuencias sangrientas seguimos padeciendo. Ya en Madrid, la agenda incluyó una cena de gala ofrecida por el rey Juan Carlos I, entre otras ridiculeces de un protocolo diseñado para alimentar el ego del poder.

Cuánto hemos cambiado para bien en México. Lo demuestra el solo hecho de comparar aquel recibimiento —con aviones caza gastando combustible a lo puro tarugo y contaminando el aire sin propósito alguno—, con la recepción maravillosamente espontánea y popular que ayer tuvo la presidenta Claudia Sheinbaum en Madrid y en Barcelona.

La presidenta no llegó en avión oficial, sino en una aerolínea comercial, y no en clase ejecutiva, sino en los asientos más económicos: no está dispuesta a gastar recursos del pueblo en su propia comodidad. Su vuelo no fue directo a la Ciudad Condal, sino que hizo escala en Madrid. ¿Quién la recibió? El personal del aeropuerto, como a cualquier otro pasajero. No hubo escolta aérea de guerra, pero sí los aplausos de la gente, tanto en la escala madrileña como en su destino final: el hotel Catalonia frente a la Pl. d’Espanya de la bella Barcelona.

En contraste, el presidente de España, Pedro Sánchez, utilizó un Falcon 900 para el trayecto Madrid-Barcelona. Frente a la austeridad de Sheinbaum, el gesto resultó terrible para su prestigio; tiempo le sobraba para haber volado en Iberia o, mejor aún, haber tomado alguno de los trenes de alta velocidad, que últimamente han fallado bastante. Su pueblo habría agradecido que el presidente viajara como cualquier ciudadano, enfrentando las mismas realidades que el resto de los españoles.

Por su parte, Luiz Inácio Lula da Silva aterrizó en El Prat en una aeronave todavía más ostentosa: un Airbus A319CJ. El líder brasileño, de la izquierda, se vio mal al recurrir a semejante despliegue de lujo, alejándose de la sobriedad que ha exhibido Sheinbaum.

Gustavo Petro, de Colombia, hizo lo propio; aunque con una comitiva reducida para sus estándares, no renunció a la comodidad de su Boeing 737-700 BBJ. Su pueblo habrá de cuestionarlo por gastalón, especialmente al quedar bajo la sombra de la austeridad de la presenta mexicana.

El contraste es absoluto y explica por qué la prensa internacional y círculos culturales globales colocan a la presidenta Sheinbaum entre las líderes más importantes, un lugar que hoy los otros mandatarios mencionados no alcanzan. Es una realidad adversa para España, Brasil y Colombia, pero sumamente favorable para el prestigio de México.

Posdata: Que La Vanguardia, el diario de mayor peso en Barcelona, subraye la austeridad de la mandataria mexicana no es un dato menor. Se trata de un hito histórico: es la primera vez que la máxima autoridad de una nación del tamaño de México —con una economía ya del mismo tamaño que la española— cruza el Atlántico en aerolínea comercial… y en los asientos más sencillos. Es una lección de humildad y congruencia que Petro, Sánchez y Lula deberían empezar a estudiar.